Otro ladrillo en la pared

El sistema educativo está en crisis. Los actores somos todos, y de cada uno depende alcanzar un cambio que favorezca a los alumnos.

Texto: Eduardo Cazenave

 

La educación está estancada, encerrada entre muros. Sabemos que este sistema ya no funciona, pero nuestra propia inercia nos deja quietos, cómodos, igualándonos a costa de limitar nuestra individualidad, nuestra creatividad y, peor aún, la de nuestros alumnos.

Ordenados por edad
Los alumnos aprenden juntos según la fecha de nacimiento, infiriendo que todos maduramos de manera pareja acorde al documento de identidad. Supone también que a los chicos de la misma edad les interesan las mismas cosas y tienen las mismas capacidades.

No quiere decir que no haya buenos momentos en que convenga que los chicos estén aprendiendo junto con los de su edad. Pero de ahí a que ése sea el criterio de todos los días, durante los quince años que dura la formación escolar, resulta la primera pared a derribar. Es necesario que puedan unirse por intereses. Que aprendan los más chicos de los más grandes y viceversa. Que colaboren, se ayuden, se esperen.

Tu banco, tu aula
Hoy, los espacios de trabajo se han modernizado y son colaborativos, dinámicos. Se busca generar creatividad y estimulación cerebral. Pero en el caso de los alumnos, no funciona así. Les damos su banco, tienen su aula, y allí estarán el 90% del tiempo, sentados, pasivos, porque si se mueven mucho, se les llamará la atención o se les diagnosticará hiperactividad.

Escuchan, levantan la mano para contestar, pocas veces para preguntar. Como son flexibles, se adaptan a lo que los adultos les pedimos, y logran quedarse callados, quietos. Responden al modelo del “buen alumno” que aprende sin molestar, que acepta todo lo que el maestro dice, que sabe de memoria la lección que aprendió del libro. Durante las horas que pasa en el colegio, deja de ser el niño que es para ser el niño que el sistema educativo le pide que sea: otro ladrillo en la pared.

Materias que no se conectan
Los horarios se dividen por materias que no se conectan entre sí. El cerebro debe ponerse en modo Geografía durante una hora, para luego pasar al modo Matemática, Historia, Lengua. Y el aprendizaje se divide en contenidos aislados.

Pero no es así como pensamos. En nuestras cabezas, todo el saber se conecta logrando una gran ensalada condimentada con las emociones. Si la persona no logra conectarlo, no quedará fijado en su memoria. Hay que conectar las materias, hacer que el saber sea significativo para la vida de cada uno.

¡Saquen una hoja!
Aprendemos para pasar, estudiamos para la nota. Básicamente porque los mismos docentes enseñamos pensando en los cierres de trimestres, en la calificación. Éste es uno de los muros más difíciles de romper, porque está encarnado en el alma de los que enseñamos.

Debemos evaluar el proceso de aprendizaje para revisar nuestro proceso de enseñanza. Lograr que aprendan todos, a su ritmo y a su manera, y que aprueben como consecuencia, pero no como objetivo principal. Dejar que se equivoquen y aprendan del error, no con una nota que los congele, sino con una mirada que los acompañe hasta que hayan aprendido. El muro más difícil…

Los padres
Todos los padres fuimos educados en un sistema anterior, y como sentimos que salimos más o menos bien, es el que tenemos como referencia. Aceptar el cambio, “soltar” a nuestros hijos y al colegio para que prueben nuevos métodos requiere también de una gran confianza por parte de los padres. Vemos que los chicos se aburren, que el colegio no funciona, y, sin embargo, le seguimos pidiendo más de lo mismo.

Animarnos a que hagan las cosas de manera distinta será el único modo para que esto cambie. Los padres tienen que entender que el colegio somos todos. Debe reinar un clima de confianza, de críticas constructivas, de propuestas, de diálogo permanente. Así se forma una comunidad que aprende.

Los docentes y directivos
Al igual que los padres, fuimos educados en un sistema que prescribió. El paradigma de hoy exige un cambio. Un docente que durante la hora de clase habla más de quince minutos no es un buen docente. Aquel que enseña las respuestas, pero no a hacerse preguntas, no es un buen docente. El que sólo entiende de su materia sin integrarla con la actualidad, con otros temas, con las emociones y la vida de sus alumnos, no es un buen maestro.

Enseñar es un arte que se aprende en el mismo ejercicio de la enseñanza, pero que cambia todo el tiempo, cada día, con cada alumno. Un docente abierto es aquel que ama lo que hace, pero, sobre todo, que ama a sus alumnos y entiende que no sólo enseña, sino que aprenden juntos. Ese docente es el que el siglo XXI necesita. Directivos abiertos, humanos, líderes, llenos de entusiasmo, en diálogo permanente con los padres, alentando a los docentes al cambio.

El corazón: los alumnos
Ellos son el centro de todo. Están encerrados entre muros, forzados a un sistema que no les da las herramientas que hoy necesitan. Se adaptan, pero si los miramos como el corazón del sistema educativo, entonces es hora de romper las paredes y enseñarles a volar. Al principio podrá parecer que es un caos. Pero pasado el proceso de adaptación, nos encontraremos aprendiendo a ser cada uno una mejor versión de sí mismo. Habremos aprendido a seguir aprendiendo. Habremos aprendido a ser más felices.

 

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Eduardo Cazanave
El autor es filósofo, rector general del colegio San Juan el Precursor y profesional en Fundación Padres.

 

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