Martillo y Esperanza

Dos días de trabajo intenso, a pleno sol, se convirtieron en un recuerdo que merece ser contado para que muchos más conozcan lo que propone Un Techo Para Mi País.

Texto: María José Campos Arbulú

Lo primero que me hizo dudar de si había hecho bien al sumarme al equipo de voluntarios de Eidico en Un Techo Para Mi País fue mi indisimulable torpeza, ésa que muchas veces justifico con un “perdón, soy zurda”. No podía imaginarme siendo útil con un martillo en la mano; tampoco tengo mucha fuerza, y mis aportes en materia arquitectónica son nulos. Para colmo, ni siquiera preparo buenos mates como para apropiarme del rol y mantener al equipo motivado. Finalmente, no me acuerdo bien por qué, el primer día de la construcción no fui, sino que me incorporé a la cuadrilla (nombre con el que se llama a los equipos de trabajo) el segundo y último día. Así fue como me uní al grupo de seis empleados que queríamos conocer de qué se trataba eso de “Un Techo”.

19 de noviembre de 2013. Me desperté temprano para sumarme al pool que salía desde Boulogne. Nos saludamos con cara de dormidos y fuimos mateando y charlando durante un viaje que, siendo largo, se hizo corto rumbo al destino: Vista Linda, un barrio del partido de Ezeiza. Primero nos reunimos con otros voluntarios en una escuela próxima a la calle asignada. Buscamos algunas herramientas, nos encontramos con la encargada de nuestro grupo y, al cabo de unos minutos, llegamos hasta la casa de la familia Alegre. Horas después comprobaría que nunca existió un apellido más acertado.

Una familia especial
Una pareja joven nos recibió con un beso a cada uno, mirándonos a los ojos. Ella, con una sonrisa enorme; él, un poco más tímido, pero con un rostro que de alguna manera transmitía calidez y confianza. Detrás se asomaban tres chicos, dos varones de tres y seis años y una mujer de menos de uno. Yo era la única que no había estado allí el día anterior, por lo que me resultaba difícil desenvolverme tan naturalmente como veía que lo hacía mi cuadrilla. Es que no podía dejar de mirar-disimuladamente, clarola casita en la que vivían. Piso de tierra (y barro), paredes de chapa y un solo cuarto donde dormían los cinco. Al lado, podía verse una platea de madera nueva que yacía en el terreno. Esa estructura era lo que habían dejado construido el día anterior. Me acuerdo que me pareció un espacio demasiado chico para ser la superficie donde levantaríamos las paredes de una casa. Sin embargo, la familia miraba lo mismo que yo, pero con otros ojos; la miraban contemplando, imaginando, sonriéndole a su futuro hogar. Tal como había pensado, no encontré muy fácilmente un rol apropiado, pero en ese momento todo esfuerzo cuenta: sostener tornillos, asistir a quién se trepa a colocar las vigas, servir agua, indicar si lo que se está clavando está derecho o hay que corregir. Ese día, la temperatura debe haber llegado a los treinta grados porque cada dos horas nos tirábamos un balde de agua en la cabeza. Los dos chicos contemplaban la construcción de su casa desde una Pelopincho minúscula que llevamos de regalo; estaban fascinados con su pileta. Al mediodía compartimos un almuerzo reparador. No voy a olvidar cómo los chicos nos ofrecían su comida, agradecían si les servíamos jugo o si les alcanzábamos un poco de papas fritas. Una educación y un respeto nada común en chicos de esa edad. Después de comer volvimos a trabajar. La platea ya tenía paredes y techo, faltaba colocar los marcos de las ventanas y pintar el exterior. Me acuerdo de que no fue fácil armar las ventanas, que las colocamos al revés y luego tuvimos que corregirlo. Pero frente a estos errores, nunca un reto o un insulto, sólo risas y ganas de terminar muy bien el trabajo. Nos esforzamos mucho convencidos de que nadie más vendría a supervisar la construcción, sino que de nuestro trabajo dependería el resultado final.

Color cielo
La mejor parte fue la de la pintura exterior; un rodillo es un elemento bastante sencillo de utilizar. “Ahora sí”, me dije vanidosamente, “es el momento de lucirme”. En esta tarea participó la cuadrilla entera. Con pinceles de todos los tamaños fuimos pintando delicadamente el exterior de la casita. Los bordes de las ventanas y de la puerta quedaron de color blanco, y las paredes pasaron de color madera a un celeste cielo que representaba perfectamente el color que podría tener la esperanza. Me acuerdo que cuando terminamos dimos unos pasos hacia atrás, sin perder de vista a la casa del color de nuestra bandera. No podíamos dejar de mirarla y sentir una profunda satisfacción. La familia Alegre estaba feliz. Nosotros estábamos agotados, pero con una paz profunda. La superficie de la platea ahora no parecía tan pequeña, y la oportunidad de pasar del monoambiente a una casa con dos cuartos la hacía inmensa. Contemplamos nuestra obra durante aproximadamente una hora y media, sentados en el jardín con la construcción en frente. Con jugo y alfajores nos divertimos con los chicos, jugando a adivinar qué ruido hacían los animales. Y ellos entraban y salían de la casa fascinados. Luego llegó el momento de la foto -que la familia aún tiene colgada en el interior de su casa- y de la despedida. Nos abrazamos y entramos al auto para emprender la vuelta. Los cinco se quedaron despidiéndonos moviendo los brazos hasta que el auto desapareció de la vista.

Volver a casa
¿Qué se siente volver a una casa con living, cocina, cuartos, baños y tecnología luego de dejar a una familia viviendo bajo un techo con cuatro paredes? Es extraño. Una combinación de sensaciones. Sentir que les dejamos muy poquito, que nos hubiera encantado darles más, pero a la vez, una chispa de esperanza porque esa familia fortaleció su dignidad y encontró un motivo más para seguir luchando.

Lo que nos dejó Un Techo Para Mi País
Como suele pasar, al volver de la construcción se armó una cadena de mails entre los que formamos la cuadrilla. Éstos son algunos de los mensajes que se mandaron.

Las dos caras
“Por un lado, nosotros pudimos conocer la realidad que vive una familia, pero que es el reflejo de lo que vive una cantidad inimaginable de argentinos; y por otro, ellos vivieron la extraña experiencia de que un par de personas desconocidas vayan a visitarlos y a ayudarlos a armar su casa. Debe ser muy fuerte para ellos también”, Andrés (35)

¿Lo importante?
“(…) Si bien tenía muchas ganas de ir, en las últimas semanas había pensado en no hacerlo porque estaba lleno de cosas “importantes”
y esto era algo “secundario”… Por suerte no me dejé llevar por el impulso y pude compartir este fin de semana con ustedes y con la familia Alegre”, 
Juan (33)

Transformar
“Nunca había vivido una cosa así. Fue un fin de semana muy lindo. Gracias. Es muy fuerte que en tan sólo dos días le hayamos cambiado la vida a esta gran familia”,Jorge (29)

Privilegio y gratitud
“Fue increíble. Me quedo con la sensación de que somos unos privilegiados y espero me dure la sensación de gratitud que tengo a flor de piel”, Agus (40)

techo

 

 

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