Lange, conviviendo con sus vientos

Desde su debut en Seúl 88, Santiago Lange se perdió unos Juegos Olímpicos por un cruce con la federación nacional, estuvo cerca de representar a otro país, se retiró, volvió, tuvo cáncer de pulmón, se operó y a las dos semanas retomó la navegación. Con 54 años, ganó la medalla de Oro en Río 2016.

Texto: Francisco Arcuri – Fotos: cortesía Capizzano

En carrera
Antes de Sydney, hubo un Lange olímpico: debutó en Seúl 88, a donde arribó un día antes del inicio de la competencia con barco y velas prestados. Para Barcelona 92, vivía en España, costeándose su carrera, y desde la Federación Argentina no lo dejaban representar a nuestro país por no poder controlar sus entrenamientos, por un lado, y, más adelante, por otras excusas. Un mes antes de los Juegos, lo habilitaron: “Yo dije que no porque me parecía que no estaba preparado”.

Luego, Atlanta 96 estuvo cerca de verlo con la camiseta española: “Estaba haciendo los trámites de nacionalidad. Mis amigos se enteraron y me llamaron…”. El aporte de sus amigos sumado al de un espónsor privado le permitieron correr para la Argentina, aunque la falta de dinero condicionó su participación: “Navegué en Láser porque era el barco más económico, pero no era mi perfil de deportista. Equivale a competir como defensor cuando uno es delantero. Cada Juego tiene su historia”, dice entre risas este arquitecto naval de 55 años y padre de Yago (29), Klaus (22) y los mellizos Theo y Borja (25).   


Para los JJOO de 2000, los vientos tampoco jugaron a su favor: “Empecé a prepararme para Sydney en catamarán, junto con Mariano Parada. Me separé, renuncié a un trabajo en una distribuidora de productos congelados, en donde llevaba un año trabajando, y me fui a Australia a intentar clasificar, y lo hicimos. Tenía un gran compañero e hicimos un desempeño bastante bueno”. (N.de R.: terminaron décimos).

“Me llevó veinte años llegar a un Juego Olímpico, con las herramientas para enfrentar a los países grandes”, relata Lange, y hace referencia a Atenas 2004 cuando formó pareja con Carlos Mauricio (Camau) Espínola. “Fue muy duro, porque cuando empezamos, vino la crisis de 2001. Camau venía de ganar dos medallas, tenía muchísimo más apoyo de la Secretaría de Deportes y tuvimos muchos espónsores por su prestigio en la Argentina. Fue una preparación sacrificada: yo tenía que seguir trabajando en equipos profesionales para mantener a mi familia, pero pudimos lograr tener buenas velas, buen equipo y hacer cuatro años intensos”. En Grecia, la dupla se quedó con la medalla de Bronce en Tornado. A los 42 años, nuestro entrevistado se colgaba su primera presea olímpica.

Otra clase de viento movió el camino de Lange en su próxima preparación: “Camau se quería retirar; los austríacos, que eran nuestros compañeros de equipo, se querían retirar. Yo propuse hacer algo diferente y no retirarnos”. Esa planificación incluyó un arreglo con su compañero: “Uno de los pactos para ir a China era que Camau no fuera al gimnasio. No quería entrenar más, tenía la cabeza quemada. Yo sabía que podíamos llegar y ganar una medalla sin que Camau fuera al gimnasio”.

En ese proceso, para Pekín 2008, Lange y Espínola corrieron juntos únicamente en el Mundial Argentina 2006, que los vio subcampeones. Luego se clasificaron en Portugal a los JJOO.

¿Se instalaron en China antes de la fecha?

“Pasamos como siete meses en China. En la semana olímpica francesa, que es a fin de abril, quedamos últimos. De abril a agosto, pasamos de estar últimos a ser candidatos a ganar una medalla”. En Pekín, la dupla volvió a quedarse con el Bronce…

¿Se venía el final?

Después de esos Juegos, se retira Camau…

“Yo también me retiro”.

En ese momento, ¿pensaste que no volverías a correr?

“Estaba convencido. Me dediqué a mi profesión, que es correr regatas en equipos profesionales, pero me había retirado del olimpismo”.

¿Por qué?

“Porque estaba grande, sacaron el Tornado de los JJOO, no había más catamarán, tenía que trabajar. Había llegado el momento de retirarse”.

Santiago Lange no corrió en Londres 2012, convencido de que los JJOO formaban parte de su pasado.

¿Cuál fue el guiño para volver?

“Inconsciencia. (Silencio). La linda locura y la linda inconsciencia. Venía de trabajar en la Copa América 2013 y Ceci (Carranza) me llamó para que la asesorara sobre seguir en Láser o cambiar a Nacra. Y le dije ‘¿Por qué no vas conmigo en el Nacra?’. Nos propusimos salir a navegar dos días en Buenos Aires. Salimos, y al minuto ya estaba entrenando, no estaba paseando. Ahí me di cuenta muy profundamente de que era lo mío y de que tenía muchas ganas de hacerlo”.

El obstáculo más grande
En 2015, un diagnóstico de cáncer se metió en su pulmón y en su vida. Lange tuvo que cambiar lo planeado: “Río pasó a estar en un plano secundario, navegar pasó a estar en un plano secundario. Lo único importante era la salud y ocuparme de eso”.

¿Cómo fue el proceso antes de la operación?

“Mi principal objetivo era saber por qué me tenía que operar, cómo me tenía que operar, quién me iba a operar. Estar seguro de que era la mejor solución al problema y después, teniendo esa decisión, asegurarme de que podía encontrar, con mis medios, al mejor doctor. Fue un proceso que corrió en paralelo: mientras trataba de asegurarme de que la operación era la única solución, busqué lo que era, a mi entender, el mejor médico que podía operarme. Para una persona normal es difícil saber quién es un buen médico. Te dicen ‘Éste es buenísimo’, pero de ahí a saber a ciencia cierta…”.

La operación se realizó el 22 de septiembre de 2015, día de su cumpleaños número 54. A las dos semanas, el foco regresó a la cita olímpica: “Había superado el obstáculo y había tomado las decisiones que tenía que tomar, y entonces ahí sí, mi prioridad indiscutida fue llegar a Río con la posibilidad de ganar una medalla. Fue un fanatismo absoluto y una carrera contra reloj: volvimos a la Argentina el 1° de octubre, empezamos a navegar el 3. Navegamos durante diez días en Buenos Aires y de ahí nos fuimos para Río”.

En la inauguración de Río de Janeiro, Lange entró al Maracaná con sus hijos Yago y Klaus, que competían por primera vez en los JJOO: “A veces las palabras quedan cortas”, se emociona al recordarlo. El 16 de agosto de 2016 Santiago y Cecilia Carranza ganaron el Oro en la categoría Nacra 17 Mixto.

Después de todo ese camino, ¿se dimensiona de otra manera el Oro?

“Lo que pasa es que el camino es espectacular. El otro día leí una frase que decía: ‘Prefiero dolor a la nada’. Está buenísimo tener desafíos, porque te hacen disfrutar más los momentos buenos: hay que estar triste para después estar feliz. No creo que se pueda vivir feliz todo el tiempo. Y uno, poquito a poquito, en nuestro deporte va disfrutando de los momentos adversos. El mar y el viento son muy caprichosos y te templan el espíritu, no hay vuelta de hoja. Si salís al mar a correr transoceánico, estás esperando que venga una tormenta que te pruebe. Si salgo a andar en bicicleta, no me gusta andar en lo llano, me gusta subir la montaña. Entonces, uno dice, ¿fueron momentos malos o fue lo que yo estaba buscando?”.

Dijiste que querés correr en Tokio 2020, ¿cuándo arranca la preparación?

“Ya arrancó, con Cecilia de nuevo. Al día siguiente de ganar la medalla, supe que quería seguir. Al principio no lo dije porque tenía que pensar, pero de todo lo que pensaba, empecé a gestionar cómo debía ser la planificación. Hay momentos para pensar, que ya pasaron, y hay momentos para empezar a entrenar, y ya empezamos”.

Tuviste un “camino del héroe”: con tu descenso a los infiernos, como ser los Juegos que no pudiste disputar o, de forma más literal, tu enfermedad; y luego, tu llegada a la “cima”, como fue el Oro en Río. No parece que te haya sobrepasado, no te creés un héroe y a veces da la sensación de que algunas cosas disparan el ego…

“Creo que tuve la suerte de lograr algo importante, como es la medalla de Oro para un deportista. Quizás, a cierta edad todo se empieza a relativizar; uno tuvo experiencias de vida que lo llevaron a darse cuenta de que todo es muy relativo. Realmente no siento que ganar una medalla de Oro me ponga por encima de nadie. El otro día estaba haciendo la cola para los pasaportes en Ezeiza y un señor adelante mío me reconoció, nos pusimos a hablar y me contó que cuida presos en una cárcel. Terminé la conversación y pensé ‘A este tipo lo tengo que felicitar, este tipo es sacrificado’. Debe ser mucho laburo ir todos los días a una cárcel a cuidar presos en la Argentina. Hay demasiadas profesiones, demasiadas historias de vida fascinantes. No creo que haya hecho nada del otro mundo”.

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