UNA VISITA AL MUSEO XUL SOLAR

Difícil ordenarse ante ese vendaval de sutileza y sentido que es Alejandro Xul Solar (1887-1963). Difícil también imaginar, al ver su obra, que se trata de un artista autodidacta, que sólo cursó un año de Arquitectura y que se nutrió para hacer arte de todo lo que se le cruzó. Y salió al cruce de todo: la arquitectura, la pintura, la música, los estudios lingüísticos, las reli-giones comparadas, la astrología y la cábala. Y lo plasmó en forma de color, signo, símbolo y microcosmos.

Con la témpera como medio de expresión predilecto, el artista argentino explora magistralmente las posibilidades del color. No le interesa imitar la realidad, pero sí perforarla para poder reinventarla y transmutarla. Recrea así ciudades haciéndolas voladoras, inventa alfabetos sirviéndose de los existentes, como el “neocriollo” -una mezcla del portugués y el español con el que titula varias de sus obras-. Modifica un órgano coloreando sus teclas y texturándolas para que un ciego pueda también tocar. En medio de la creación de Xul, uno tiene la impresión de estar en el patio privado de un niño que tiene la particularidad de haber vivido doce años en Europa (desde 1912 hasta 1924), impregnándose de todas las vanguardias del Viejo Continente.

Las obras que integran la colección permanente del Museo Xul Solar y que el mismo Xul eligió suman un total de ochenta y cuatro y siguen un orden cronológico. En su mayoría son pequeñas y en acuarela, sobre papel o cartón humedecido. La acuarela le permite lograr transparencias y diluir el afuera y el adentro, inquietud importante para un ser tan preocupado por lo trascendente. A veces, el artista recurre a la aplicación del lápiz y de un contorno con tinta, y se deshace siempre del claroscuro para reemplazarlo por colores planos. Ataca con símbolos y signos muchas de sus obras; soles, lunas, cometas y serpientes atestan sus universos.

Xul es profundamente espiritual y este rasgo atraviesa toda su vida. En varias obras hay banderas que intentan fomentar el cooperativimso en América Latina. Como meditador discipli-nado, tiene a menudo visiones que vuelca en sus acuarelas. Y de aquéllas dice: “Yo pinto la realidad de mis visiones y por eso mi arte es realista”. Para él, “un hombre mejor es un hombre que está más cerca de Dios”. Se define como “catrólico” (es decir, católico, astrológico, liberal y cooperador), y elige su pseudónimo tomando partes de sus apellidos paterno y materno (Schulz y Solari respectivamente). Xul invertido significa “lux”, es decir, “luz”. “Luz solar” resulta un nombre apropiado para un astrólogo confeso y, sobre todo, para alguien que intenta iluminar el mundo. El Museo Xul Solar está situado en parte de lo que fue la casa de Xul en la calle Laprida. Se inauguró treinta años después de su muerte, en 1993, y para la remodelación del espacio, el arqui-tecto responsable se basó en la obra Palacio de las almas, profusa en mástiles, escaleras y símbolos que promueven el ascenso. Borges lo visitaba allí con asiduidad y Marechal lo incluyó como personaje en su obra maestra Adán Buenosayres. En su sección Gente Imprescindible del 30 de abril de 2016, Clarín publicó un croquis de Xul hecho por Sabat. Y sí, Xul es imprescindible para comprender el mapa ciudadano argentino, además de imposible de encasillar por lo universal.

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