El tipejo del estacionamiento

Texto: Agustín Seijas

Por todas esas veces que hacemos la vista gorda y nos quedamos en el «yo no fui», una reflexión que nos interpela y nos impulsa a tomar un rol proactivo.

El tipejo planta su auto descaradamente en el espacio reservado para embarazadas. Está solo y acaba de llegar al supermercado. El telefonito pegado a la oreja mientras termina de maniobrar, muy a su aire, aligerado de todo tipo de carga, listo para ir a hacer sus compras, más que listo, listillo. Estoy enfrente, a punto de tomar un chango rebatible para que mi hijo se acomode a gusto, dispuesto a la aventura. Mi auto está un poco más allá, tampoco es que está muy lejos, tenemos la suerte y el supermercado está a medio llenar. Saco el chango, lo hago girar sobre su eje porque a Ramón le gusta la gracia cuando emulo la fuerza centrífuga. El tipejo sigue ahí, dándole cháchara a alguno por su telefonito.

Dudo un segundo. Ya tengo la cosa pronta para enfilar para la puerta de entrada. Reflexiono y respiro hondo, como dispuesto a sumergirme en la zona más contaminada del Riachuelo con una bandera de Greenpeace. Mi hijo me mira, no sabe por qué cambiamos el rumbo, pero pronto lo sabrá, en realidad, no terminará de asimilar el tema pero pienso que en el ejemplo estará la salvación y no el «sálvese quien pueda». Será un pequeño detalle pero supongo que algo cambiará después, que me sentiré aliviado y no aligerado.

Me acerco a la ventanilla del conductor y le doy dos golpecitos suaves con los nudillos de la diestra, llamando su atención. Parece decirle a su interlocutor que aguarde, que un salame lo requiere. Cuando baja el vidrio le suelto un: «Disculpame, pero me parece que estás dejando tu auto en un espacio que está reservado para embarazadas». La escena podría terminar como Relatos Salvajes, pero por fortuna finaliza medianamente bien. El fulano me mira con un par de ojos irónicos, quizás con ganas de relajarme a insultos o dispensarme un cross a la quijada, pero se contiene y mete reversa entre dientes, mientras mi hijo empieza con sus ya clásicos «¿por qué papá?». Es que Ramón tiene cuatro años y quiere que le expliquen todo.

Entonces, como mi mujer me pasó varios libros que compró estando embarazada, algo me quedó de cómo educar a mis hijos y no morir en el intento, le empiezo a ilustrar el cuento, una historia que bien podría compartir con ustedes, empezando por aquello de «Nos, los representantes de los pueblos unidos”. Porque en definitiva, los que nos representan podrían no ser más que la viva imagen de éste que clavó su auto sin reparos en donde no correspondía hacerlo. Le explico a mi hijo que también hay otros asuntos que vamos a ir tratando día tras día, a medida en que él vaya creciendo y yo envejeciendo. “Tenemos tiempo” le comento, no mucho porque yo ya voy por los cuarenta y el estrés me está matando, pero algo hay como para compartir un par de charlas mientras jugamos al ping pong.

Ya le hablaré de los que vamos por la banquina cuando el tráfico apremia, de los que dejamos los lácteos en la caja, arrepentidos por la elección pero olvidándonos de la cadena de frío, de los que compramos pelis truchas porque tampoco es que Hollywood se va a venir a pique si lo hacemos, de los que sacamos la basura el sábado, de los que dejamos el auto en doble fila en la puerta del colegio, de los que aprovechamos para hacer una diferencia vendiendo el dólar blue, de los que pasamos por la caja de quince productos con dieciséis entre las manos, de los que hacemos mutis por el foro cuando se olvidaron de cobrarnos un cafecito en la adición, de los que en menor o mayor medida integramos ese Nos del Preámbulo que memoricé estando en el colegio, porque todos nos quejamos pero un granito de arena aportamos al médano.

Tengo un amigo (en realidad tengo cinco, el resto son de Facebook), pero uno me repite que en países lejanos y fríos todo anda de mil maravillas, claro, me dice él, los impuestos son altísimos pero tenés de todo, la vida resuelta, nada de prepaga, nada de colegios privados, nada de llevarlo a fútbol, todo te lo brinda el Estado. “Eso es porque tienen gobernantes dignos y no estos corruptos que nos gobiernan hace cien años”. Lo miro, siempre lo miro, con mi mejor cara de «b……» (la editora me pidió que pusiera «asombrado», pero mi cara es de «b……» y dista enormemente de parecerse a la de un asombrado), y le contesto, como cada vez que me explica su reflexión geopolítica: «Debe ser porque los marcianos les traen políticos dignos a una sociedad de corruptos, qué lástima que nunca aterrizan acá».

A ver, la cosa es sencilla si frenamos la pelota, estamos donde estamos porque todos somos (nota mental: me veo en la obligación de ge-ne-ra-li-zar, eso que se hace cuando uno habla de una muestra universal) argentinos de pura cepa. Ahora bien, ¿qué significa ésto? Quiere decir que el típico ser nacional que nos representa como sociedad no es el Papa Francisco (rezo por él) o San Martín, porque incluso siendo argentinos no son sinónimo de que la media sea así de santa. Nosotros, si sacamos la media -a no confundir con el promedio- entre los más y los menos, siempre hablando de valores y responsabilidades, mediamos para abajo.

Lo digo con sincera frustración y poniéndole el pecho a las balas para recibir el primer tomatazo, pero con total franqueza. Por supuesto, hay personas honorables y de valor supremo en nuestra sociedad, pero no son la escarapela que llevamos en el pecho la mayoría, sino la medalla que nos gustaría llevar, aun a sabiendas de que no la merecemos.

Por lo menos, yo creo no merecerla. Bien podrían decirme que soy yo el que tira el promedio para abajo, pero se quedarían cortos si sólo fuese yo el que está opacando la pintura pues me estarían dando demasiada relevancia, la cual estoy convencido de no tener. Somos un pueblo complicado que durante siglos se viene peleando por el simple hecho del errado deber de tomar posiciones abruptas que le birlan al destino la posibilidad de encontrar un punto de consenso, aquel «equilibrio justo» del que hablaba Aristóteles.

Fijate vos lo que ocurre en el asado del domingo cuando se habla de política, de religión, de lugares de veraneo, de modelos de autos, de etiquetas de vinos o de lo que se te ocurra; en seguida quieren saber de qué lado estás, pues parece no interesarle a nadie que tires reflexiones sobre la carne en busca de un debate de ideas lógico y sopesado. No, no y no. Lo que quieren saber de manera inmediata es si te gusta tal o cual cepa, si el futuro presidente debería ser tal o cual, si todo es negro o es blanco, y en la realidad, la cosa tiende a ser gris, porque aunque tengamos sobre la cabeza aquella espada de que los tibios se van al infierno, debemos reconocer que el cruce de posiciones encontradas es fructífero.

Estamos en pleno año electoral, un nuevo momento histórico en el que todos se sacan chispas (siempre fue así, hacé memoria), donde el grado de tolerancia es igual a cero y la cosa se turbia, porque aparece un fiscal tirado, negociados por aquí y por allá, voces a favor y otras en contra. Viviendo en un país en el que el crédito está invernando, en el que la vivienda vuelve a convertirse en un sueño de inmigrantes recién llegados de Europa con una mano atrás y otra adelante, donde la inflación ya no se puede barrer bajo la alfombra, un país en el que pocos trabajan de lo que les gusta porque son muchos los que tampoco saben bien qué es lo que les gustaría hacer para ser felices.

Te matan por dos pesos y te entierran por diez mil, si querés coro y corona el precio sube considerablemente. Todos hablamos y opinamos pero, mayormente, de temas que tocamos de oído por el simple hecho de que no manejamos cinco fuentes sensatas, no somos omnipresentes. Existen excelentes periodistas que asumen un compromiso, que nos dicen cosas que parecen ser ciertas, puede que lo sean, otros que nos dicen lo contrario, pero completamente contrario, lo cual también puede ser cierto, pero no lo sabemos. Ni los unos ni los otros.

Recuerdo que el padre de un amigo, el cual tenía cinco hijos, asumía siempre que cuando algo se rompía en la casa pasaba a tener un hijo más llamado Nadie, porque todos sus hijos le decían que el objeto lo había roto Nadie. En Argentina parece que rige la máxima del Nadie, pero va llegando la hora de darnos cuenta de que fuimos todos. Y no todos y todas, porque esta reflexión no pretende asumir banderas partidarias sino ir al hueso, ahondar en la conciencia y la sensatez de cada uno de nosotros, incentivar la acción concreta.

En cierta oportunidad, entrevistando a Juan Carr le pregunté si para ser buen ciudadano alcanzaba con pagar los impuestos, ser buen padre y esas cosas tradicionales. Él me contestó de manera rotunda: «Doy por sentado que pagás los impuestos y que no le pegás a tu hijo, pero el día que necesites un trasplante de riñón vas a necesitar de alguien que asuma un compromiso mayor para salvarte». ¿Más claro? Agua.

No basta con hacer los deberes, acá hay que arremangarse y meterse donde a uno no lo han llamado, asumir un rol activo, ser, como proclaman todas las búsquedas laborales: «proactivo». Entonces, esa proactividad puede ser mínima, una cosita de hombre de a pie, acercarse al tipejo del estacionamiento y decirle que está dejando su auto en el espacio reservado para embarazadas. De a poquito, revertir el “sálvese quien pueda” para salvarnos juntos, porque sigo pensando que Argentina es un país grandioso con gente que vale la pena, buena de verdad, aunque la totalidad promedia para abajo, pero quizás un día nos despertemos y dejemos de echar culpas a diestra y siniestra, a un candidato o a otro, porque comprar un proyecto de país no es como sentirse atraído por una caja de cereales de colores.

Sino, a joderse y rezongar. Asumir ese papel en el juego es tomar coraje para el debate y no opinar copeteados, estado que nada tiene que ver con darle al pico sino con leer sólo los copetes, escuchar un poquito la radio en el auto y poner un canal de chimentos políticos en el prime time. La cosa se pone adulta y debemos dar la talla. Mi hijo me mira y se asusta, mi rostro parece haber cambiado su rictus, cree que estoy alienado, pero en realidad estoy pegándome una dosis de lucidez responsable que me hace temblar las rodillas.

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