Volver a nacer

La Navidad es, primero, un nacimiento, la llegada de un niño a nuestra casa. Y con éste, la oportunidad de renacer nuestro interior.

Texto: María Stellatelli | Ilustración: Aldo Tonelli

Se habla mucho de reciclar. De darle una nueva forma a algo. De combinar características anteriores con características nuevas. De volver a algo anterior pero con una cualidad renovada.

De todo esto se dicen muchas cosas. E históricamente, fin de año -particularmente la época de las Fiestas- es un momento en el que uno tiende a buscar cierta renovación, no sólo en el clima cálido y en los colores más vivos, sino también en el propio espíritu. El alma sufre (y sufrir no como algo negativo) cierto ánimo de renovarse, de descansar y de volver al ruedo “con más energía”.

Y esto no sólo se da por ser tiempo de reflexiones y balances. Pareciera que algo en el aire invita a cierta renovación. Será quizás la Navidad, aquel tiempo de nacer y de renacer. De dar lugar a algo nuevo, de dejarse transformar y de crecer.

Sobre nacer

Lo primero en el ser humano es nacer. Antes de eso no existía. Y después de eso, un mundo nuevo, un empezar a vivir. “Nacer es el comienzo de algo nuevo, es un nuevo despertar”, define Sofía Duwavran, psicóloga y preparadora integral a la maternidad. Definitivamente es una novedad para el ser que nace; pero también para los padres, para los hermanos, los abuelos, los tíos.

El nacimiento de un bebé “trae consigo sonrisas, muchas lágrimas, ilusión, encuentro, unión, esperanza”, reflexiona Carolina Orazi, obstetra. Y trae cambios, pero todos tienden a ser positivos. “Hay que adaptarse a los tiempos del nuevo integrante; es una reacomodación para todos, y es tiempo de aprendizaje, de volver a cuestionarse muchas cosas”, prosigue Sofía, “pero como toda crisis, es una oportunidad. Nacer es una nueva oportunidad de cambio, de crecimiento, es transformación, es apertura, es recibir, es entregar, es dar”.

Con el nacimiento de un bebé, el aire se renueva, cambia. El entorno se vuelve más alegre. Se encienden luces en el alma. Se sueña despierto con la llegada y con lo que traerá consigo. “El nacimiento es magia”, sintetiza.

Preparar el hogar

Para semejante acontecimiento, bien vale estar preparados. Pero no sólo la casa se prepara, sino también el corazón, aquel hogar intangible, pero tan tangible a la vez. “Se trata de un cambio importante que trastoca nuestras prioridades”, explica Maritchu Seitún, psicóloga. Cuánto más se prepare la familia para esta nueva llegada, mejor resultará. Maritchu asegura que al preparar esta bienvenida, también uno se va preparando. “Hacerle al bebé nuevo un lugar en el ropero, en el cuarto, en la casa, le va haciendo un lugar en nuestro corazón”.

Y resulta que la Navidad es un tiempo propicio para encontrarnos con el hogar preparado para un nacimiento que es inmensamente mágico. Árbol navideño, lucecitas, botitas de paño lenci. Pero también un pesebre. Un espacio (físico), preparado para recibir al niño que está por llegar. Y así también, el corazón. Aquel lugarcito que recibirá más profundamente al recién llegado; el hogar del alma. “El niño Jesús entra donde se lo deja entrar; está esperando que le hagamos un pesebre en nuestro corazón”, revela María Luisa Patrón Costas, catequista.

Preparar las Fiestas parte, primero, de preparar el alma para esta época tan alegre, época de nacimiento. Tal como “el milagro y la maravilla que implica que llegue ese regalo a nuestras vidas”, como expresa Maritchu, la llegada del Niño Jesús significa una fiesta de reflexión y también de júbilo. Y para eso, hay que tener el hogar preparado. Pues el que nace no es sólo un bebé, se trata del nacimiento de un grande. Y como bien explica Sofía Duwavran, “prepararse implica hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que esa bienvenida sea una fiesta”.

Un Belén para el alma

El júbilo de fin de año, de la llegada de alguien nuevo, genera ese “no sé qué” de renovación, esas ganas de querer cambiar el aire de algunas cosas en nuestra vida. Es como si quisiéramos reciclar un poco nuestra alma. Y es que de cierta manera, la Navidad es una invitación a ello.

VOLVER A LA NIÑEZ

Crecer trae aparejado el dejar atrás al niño que fuimos. La ingenuidad que alguna vez existió se lleva consigo una naturalidad muy propia del ser chiquito, y a veces nos olvidamos de aquel realismo mágico en el que vivíamos cuando creíamos que Papá Noel era quien traía los regalos y que los camellos de los Reyes Magos se comían el pasto que dejábamos al lado de nuestros zapatos.

Y entonces, al cruzarnos con un niño, nos vemos en jaque, interpelados, cuestionándonos dónde quedaron aquellas características de la niñez que alguna vez fueron nuestras y que nos hacen auténticos. Y reflexionando, asoman aquellas virtudes que forman una suerte de “acuerdo” de la niñez…

:: LA AUTENTICIDAD No hay nada más auténtico que un niño. La simplicidad con la que sus ojos miran el mundo que lo rodea lo exime de cualquier tipo de máscara. No tiene miedo de él mismo, y por eso, lo que uno ve en un niño es su verdadera esencia. En él no existe la idea de “mostrarse de tal forma o de aquella otra”. Hay una sola forma: la verdadera. Un niño nos hace reír con sus comentarios sinceros, sus preguntas curiosas, sus reflexiones sencillas. Y con esa ingenuidad pequeña, nos interpela en lo más profundo.

:: UNA MIRADA DESPREJUICIADA Es cálida, es luminosa, es transparente. La mirada que se desprende de los ojos de un niño es plenamente pura. Al mirar a su alrededor, aquellos ojos ven lo que tienen en frente tal y como es. Ven a la persona, la observan, la oyen. Le creen. El niño se para frente al otro y se sabe de igual a igual, y ese encuentro está libre de cualquier prejuicio, de cualquier preconcepto. No mira analizando, no desconfía ni desafía.

:: LIBERTAD MATERIAL El cajón de sus juguetes es el mejor cajón de juguetes que puede tener. Cada objeto allí dentro tiene un nombre, una historia, un lugar en el juego. No importa cuántos años tenga el juguete; no importa si es más o menos nuevo. El juguete es valioso porque es su juguete. Y de esa manera, el niño no repara en lo que le falta, no se angustia por tener un muñeco menos, ni se cree mejor que otro por poseer alguno más. Valora cada uno, pues cada uno tiene una identidad impresa por él.

:: CAPACIDAD DE ASOMBRO Todo es nuevo, todo es supremo. El niño conserva durante aquellos tempranos años la capacidad de asombrarse por las cosas que lo rodean. La primera vez que ve una montaña, su primer contacto con la nieve, el olor a comida casera. El fuego, el mar, los colores, el canto de un pájaro. Todas las cosas que Dios creó forman para él un escenario imperdible. No se sacia; siempre puede sorprenderse más. Y se emociona al ver todo lo que está a su alcance.

:: ABSOLUTA CONFIANZA EN QUIENES LO QUIEREN Aquellos brazos lo sostuvieron al nacer; los de ella, los de él. Las manos de ella, más suaves. Los brazos de él, más fuertes. Esos primeros contactos conforman el pilar de su confianza ciega. Para un niño, nada puede pasar si está bajo el cuidado de sus padres. Sabe que cualquier necesidad que tenga, ellos acudirán a socorrerlo. Primero lloró, después aprendió a hablar. Y a ambos idiomas sus padres respondieron. Estuvieron allí, y el niño sabe que estarán allí siempre para cuidarlo.

Entonces, esta Navidad volvemos a mirar nuestro reflejo en el espejo. A nuestro lado, los paternales ojos de Dios nos miran con calidez. Y entonces, la pregunta: ¿cuán niño es mi corazón?

“La Navidad es una oferta de salvación a una humanidad que vaga buscando la luz”, así lo explica María Luisa. Para que suceda, Dios necesita nuestros brazos abiertos, nuestro corazón disponible.

Una receta para ir preparando nuestro corazón y para que la Navidad no pase desapercibida entre regalos es mirar el pesebre, observar a sus personajes y ver qué le dicen a uno. Particularmente, los pastores son quienes “nos invitan a que demos el paso, que vayamos a ver, que tengamos el valor de creer y que escuchemos” lo que el Niño Dios nos quiere decir. Aquella luz que el Niño viene a traer puede entrar de lleno en un alma que está abierta, tierna, esperando un abrazo reparador, una tranquilidad renovadora.

La renovación de la Navidad, entonces, se encuentra en aquella capacidad que tiene Jesús de transmitirnos tranquilidad y paz, de animarnos a mirar el futuro sin miedo, con fe y confianza, sin las preocupaciones rutinarias que nos acechan. Como explica María Luisa, desde la pobreza de un establo, Dios nos muestra una manera de vivir. Con un nacimiento en medio de la noche, nos muestra que puede iluminar cada realidad envuelta en tinieblas; y con su sencillez nos pide que no seamos complicados.

“Dios pone un Belén en cada alma”, continúa. Y ésa es justamente la llama de esperanza que se enciende en nuestro corazón en Navidad. La esperanza de que Él siempre nos acompaña y nos ayuda a atravesar los momentos difíciles.

Reciclarse en Navidad

“Nacer es la oportunidad que nos damos de cambiar”, resume Carolina Orazi. Jesús nos invita a su nacimiento cada 25 de Diciembre. Todos los años. Cada fin de año nos ofrece una nueva oportunidad para contemplar su llegada al mundo, para acompañarlo, y, así, permitir un nacimiento en nuestro corazón. Para abrir nuestra alma, dejarnos transformar, crecer, tal como pasa con el nacimiento de un niño.

Entonces, la invitación para esta Navidad será hacer lugar en nuestra casita interior, prepararla, animarnos a confiar, a escuchar como hicieron los pastores, y abrirle la puerta a un renacimiento de paz, de fe en la compañía de Dios y de tranquilidad para el nuevo año que empieza.

NAVIDAD, TIEMPO

PARA RENACER

“En nuestro hemisferio, la Navidad nos llega en medio de un calor intenso y jornadas largas, cuando el sol está en su máximo esplendor y se toma más tiempo en retirarse. Tal vez por eso se nos pueda escapar el sentido de la Fiesta, ubicada en el calendario del Norte, donde los primeros cristianos quisieron ubicarla para que recordara el nacimiento del Salvador en medio de la oscuridad del solsticio de invierno.

Pero, aun así, es una excelente oportunidad para festejar. Celebramos un nacimiento: no sólo el de Jesús, sino también la posibilidad de nuestro nuevo nacimiento, de un compartir con Él este acontecimiento.

Los extremos de la vida son siempre oportunidad para la reflexión. Si la muerte nos ubica frente a la fragilidad de la existencia, a la necesidad de aprovechar el tiempo que tenemos y de no perder de vista las cosas fundamentales en medio de nuestros límites, un nacimiento nos recuerda la luz y el potencial de la vida, que se abre paso a pesar de todo, tantas veces en medio de circunstancias que nos harían dudar de su posibilidad. La Navidad es, por eso, oportunidad para agradecer el don de la vida y de intentar descubrir dónde esta vida hoy está creciendo. Si podemos contemplar con mirada limpia, mirada de niño, estoy seguro de que podremos descubrir en nuestro interior que algo está despuntando.

Que esta Navidad pueda ser para todos una chance, una ocasión para renacer, para ver nuestra vida con ojos esperanzados y descubrir en ella la posibilidad de seguir creciendo y abrirnos al don de Dios, que nos ilumina, nos hace crecer y nos lleva a la plenitud”.

Padre Eduardo Mangiarotti

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