Tigris Live: El cuerpo no calla

La historia de @marina_lassen es la de alguien que recibe la noticia inesperada de una enfermedad con la que deberá convivir para siempre. Silencio, negación, enojo… Pero Marina no se queda allí, se convierte en escritora, y viaja a Rusia, al país de su abuela. EL CUERPO NO CALLA, de @notanpuan es un libro que nos interpela a todos. Y su historia puede ser la de cualquiera. Un testimonio alucinante.

Marina Lassen es arquitecta, autora del libro “El cuerpo no calla” de @notanpuan. A los 35 años le diagnosticaron Parkinson y desde ahí comenzó a recorrer un nuevo camino. Primero de negación, de querer esconder su enfermedad, de intentar ser alguien que no era, pero en ese proceso descubre el increíble poder que le da la escritura. En su libro, ella hace un paralelismo con la historia de su abuela, y nos interpela a todos. Cada uno puede decidir vivir una enfermedad como víctima o como protagonista. 

Con el diagnóstico de Parkinson, Marina tuvo que empezar de vuelta. Empezó a mirar hacia atrás en la historia de su familia. Ella desciende de cuatro abuelos extranjeros que escaparon de sus países de origen por diferentes motivos, y en el libro, Marina se identifica mucho con su abuela Esperanza que huyó de Rusia escapando del comunismo, y que llegó a un país en el que se sintió muy extranjera por la limitación del idioma. Escribiendo, ella descubre que eso mismo le pasaba a ella cuando ingresó al “país del Parkinson”. 

La contratapa de su libro dice así:

“En aquella oportunidad, mi cuerpo me lo advirtió a gritos pero yo no percibí lo que quería decirme. Todavía no sabía observarme, lo único que hacía era callar. Especialmente si se trataba de sentimientos. Que no se notara nada era mi obsesión, ni miedos, ni dudas, mucho menos la tristeza. Y de debilidad era mejor ni hablar. Hasta que un día, en el silencio y en la soledad de mi vida empecé a oír la voz que me hablaba”

Con este gran don de poner en palabras los sentimientos más profundos, ya va por la tercera edición de su libro. Un libro atrapante por la sensibilidad con la que se relata lo que ocurre en el cuerpo, pero sobre todo, en el alma de Marina. 

El País del Parkinson

Cuando Marina llegó al “país del Parkinson” se sintió exiliada, miraba la vida desde la vereda de enfrente. Tenía 36 años y dos hijos muy chiquitos (uno de 4 años y otro de 6 meses) cuando le dieron el diagnóstico. Y como todo mortal, eligió callar, hacer silencio. 

“Era lo que me salió, lo que había aprendido en una familia en la que una parte eran nórdicos, vikingos, y en la que había ciertos temas de los que no se hablaba”, empieza. Por eso, mostrarse vulnerable no era una opción para Marina. Ese párrafo, extracto del libro que se relata en la contratapa, cuenta que lo escribió a la noche, tarde, mientras tenía insomnio. En ese momento, se había sumado a un foro de enfermos de Parkinson de todo el mundo. “Esa voz que uno escucha adentro es el alma que no se calla, es el pedacito de Dios que tenemos adentro que quería despertar”.

Mirar la vida con el corazón

En el libro, Marina cuenta que al cuerpo no le gustó que al principio ella callara sus sentimientos, sus miedos, sus tristezas. “Tuve esa sensación porque, como el Parkinson es progresivo, al principio se expresa muy despacio, muy de a poco, y sentía que mi cuerpo me decía ´avivate´”. Está convencida de que esta enfermedad la volvió más humana y le enseñó a mirar la vida con el corazón.

“Esto también nos está pasando a todos, en cierta medida, con la cuarentena. Tenemos obligación de estar en casa, pero también tenemos la gran posibilidad de meternos dentro de nosotros mismos si estamos más quietos, con menor ruido”, reflexiona. Tenemos tiempo de mirar a una hoja que se cae de un árbol, una flor que se va abriendo de a poquito, si frenamos podremos captar todo eso.

Igualdad de condiciones

En cierto modo, y por insólito que parezca, la cuarentena, de alguna manera, nos igualó a todos. Y Marina sintió más palpable esta nueva realidad. Con un marido que no trabajaba tanto en su casa, y sus hijos que iban y venían, este tiempo les enseñó a estar más juntos.

Habla mucho de la “nostalgia del exilio” y de que buscó refugio en esos foros donde se reunía con otras personas con Parkinson. Hoy Marina se convirtió, de alguna manera, en referencia para aquellos a los que les diagnostican esta enfermedad. También, reflexiona, que se siente mucho más integrada en comparación a cuando escribió el libro. Y eso, también es igualdad de condiciones.

Todos cargamos con una mochila

Al principio del libro, expone que lo que le estaba pasando a ella era lo peor que le podía pasar a alguien, que nadie podía sufrir más que ella porque se sentía muy sola, aún en medio de la gente. Como en el libro “La bailarina de Auschwitz” de Edith Eger, en donde la sobreviviente habla de que nadie maneja esa vara de la gravedad de la situación personal de cada uno. Allí dice que cada uno considera que lo que le está pasando es lo más grave y eso hay que respetarlo. 

“Todos hemos vivido o estamos viviendo alguna situación que nos interpela, que nos cambia los parámetros, como por ejemplo una pandemia”. Cuenta que al principio del diagnóstico pensaba que a nadie le podía ocurrir algo peor que lo que le estaba ocurriendo, pero con el tiempo se fue dando cuenta que todos estamos en la misma, y que siempre estamos adaptándonos a lo que la vida nos pone enfrente. 

“Son cosas que llegan que son para aprender, y que muchas veces no se entienden, como por ejemplo la muerte. Yo me di cuenta que hay como un programa hecho para cada uno y que lo podemos transitar peleándonos con eso o amigándonos y aceptándolo”. 

Dejarse ayudar

Al principio, se sentía incomprendida y sola, pero después la ayuda de los demás fue dando sus frutos. “Todas aquellas personas con las que yo trabajaba en actividades de recuperación me enseñaron a entender a los demás. Y acá, uno empieza por uno. Uno no puede amar a los demás, si no se ama y se acepta a sí mismo”. De su lado izquierdo del cuerpo, aquel que se le afectó primero, aquel más débil, más torpe, aprendió que no debía compararlo con el derecho. 

El trabajo de aceptación de la enfermedad, de su nueva vida, es un trabajo de todos los días. Por ejemplo, para esta entrevista, nos cuenta, debió calcular cuánto tiempo le llevaba vestirse y arreglarse para estar lista puntual. Y eso es parte de la aceptación. 

Escribir como terapia

Con la escritura empezó a abrir su corazón, y gradualmente empezó a anotar que hay cosas de la vida que no podemos manejar: la salud, el nacimiento, la muerte. En su libro dice que escribiendo se siente más libre que nunca, y que sus palabras se mueven más que sus músculos. Esta es una de las partes más emocionantes de su libro: 

“Me iba escuchando y vi que había mucho más de lo que me podía imaginar en mi mundo interno. Escuché sonidos, ideas, emociones, recuerdos y proyectos. Sueños en forma de palabras. Oír la música de esas palabras que tengo adentro y sacarlas generando una nueva música me apasiona. Es una sinfonía en la que puedo variar intensidad, generar un ritmo en el que nado o bailo. Ahí tengo todas las posibilidades de moverme como quiero. Esa libertad no la voy a perder, las palabras me mueven más que los músculos. Y si eso lo puedo compartir se produce otro milagro más grande. De ahí mi satisfacción por publicar.”

“Cuando empecé a escribir, no me había dado cuenta de que iba a escribir un libro. Lo que sentía, lo asocié con el exilio de mi abuela. Y mi profesor del taller literario de ese momento me dijo que considere esas primeras palabras como mi primer capítulo”. Eso dio origen al libro El cuerpo no calla. Fue una manera de desahogarse y comunicarse. Esa mezcla entre comunicarse y esconderse era lo que sentía. “Quería contarles a mis hijos, a mi marido, a mis padres qué sentía y qué llevaba adentro”. 

Un viaje en el tiempo

En el libro, Marina va a su infancia, cuenta la vida de sus abuelos, se traslada a su infancia en Noruega y Rusia, cuenta cómo llegan a la Argentina, cómo se conocen entre ellos. Es una historia muy rica, que más allá del testimonio de vida de Marina, es interesante de por sí. 

“Hoy no me imagino no escribiendo. Cualquier cosa que me pasa, siento la necesidad de contarla”. Tiene una novela escrita que todavía debe pulir y revisar, y publicó un libro de microficciones llamado Palabras pintadas junto con la artista Kira Mamontoff.

Hijos como maestros

Cuenta Marina que los hijos llegan para doblegar nuestra omnipotencia. Uno deja de ser individual para pasar a tener “sucursales”. Con dos hijos de 22 y 18 años, le costó un poco al principio porque necesitaba que ellos le enseñen, justamente, a salir de ella misma, del ego. Ese fue su primer aprendizaje. Se dio cuenta que en la maravilla de dar vida, ella era sólo un instrumento de alguien más. 

De nuevo, aceptación y entrega

En el 2015, le hicieron una operación que no era curativa pero que sí le prometía retroceder en el tiempo hasta llegar al primer estadío de la enfermedad. Fue una operación sumamente riesgosa. Pero en el momento en que entró al quirófano, fue la primera vez que no tuvo que hacer nada, que se entregó por completo porque nada dependía de ella. ¿Qué papel jugó su fe en Dios, sus hijos, su marido, y los audios del Padre Rodrigo Aguilar?

Una vez que el neurólogo Marcelo Merello, su médico de cabecera, le comunicó que era candidata para la operación, ya que reunía las condiciones y ya no respondía a los remedios, la decisión estaba en sus manos. Era ella la que tenía que decidir qué hacer. Si arriesgarse o no. Su caso catalogaba a la perfección, su movilidad era casi nula, no tenía fuerza, y con los remedios tenía efectos colaterales muy adversos. Con esta operación podría disminuir la cantidad de remedios y retroceder la enfermedad.

“Tenía una confianza interior impresionante en ese momento. Me acuerdo que mi cuñada Mercedes encaró una cadena de oración y fue ella quien me transmitió mucha fe. Me llevó de la oreja a una misa de Pancho Peña. Después de un retiro en el que yo había decidido operarme, en la última misa antes de la operación, sentí cómo ese miedo a la muerte se había esfumado”. 

Durante todo este proceso, Marina venía escuchando al Padre Rodrigo Aguilar, de Algo del Evangelio y en las últimas meditaciones sentía que le hablaba a ella en particular. Más allá del impulso de su familia, de la confianza de su marido, que fue un tesoro para ella, estos audios fueron el empujón final para terminar de decidir si se operaba o no.

Una mano en la cabeza y la otra en el corazón

La frase más común de todos los inmigrantes cuando desembarcaban en la Argentina era decir que llegaban “con una mano atrás y otra adelante”. Marina describe a su abuela como una persona de mucha fe y decía que llegaba con una mano en la cabeza y otra en el corazón, y eso representaba lo que nadie le podía sacar: lo que traía en su corazón y en su cabeza. 

No sólo heredó de su abuela rasgos físicos, sino también el tesón, la voluntad y las ganas de vivir. Ella le enseñó a pensar en el próximo paso, y no mucho más allá. La vida son pasos, decía, y con sólo pensar en el siguiente ya es suficiente. 

Puede ver en sus hijos personas que ven a los demás con empatía, que buscan la paz a toda costa, como su abuela. Tratar de conciliar, ser abierto y humilde. 

Vivir expectantes y vivir con expectativa

Si esperamos para vivir la vida cuando tengamos plata, cuando tengamos auto, cuando viajemos a tal lugar, nos hacemos mal a la larga, nos cuenta. Porque es bueno tener sueños, pero no atarnos tanto a eso que nos haga olvidar lo que estamos viviendo en ese momento. En cambio, si estamos expectantes, vamos viendo qué pasa y aplicamos el “sólo por hoy”. Y así se logra ser mucho más feliz.

En vez de preguntarnos por qué nos pasa lo que nos pasa, Marina nos invita a preguntarnos para qué. Tratar de encontrar un sentido y aprovechar la situación para hacer lo que sí se puede para crecer, para ser feliz. ¿Qué quiere Dios de mi aquí y ahora? Fue una de las preguntas que a ella le sirvió para amigarse con su realidad. Y al intentar responderla, se dio cuenta de que Dios quiere que seamos felices. 

Seguir escribiendo es uno de las cosas que proyecta para el futuro. Antes el Parkinson era para ella una excusa, además de una limitación, y con el tiempo se fue dando cuenta que debía dejar de victimizarse. 

Al principio, ella veía al silencio como un castigo, como algo aburrido, y a partir del retiro que hizo, se dio cuenta de la riqueza que podía encontrar allí. 

 

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Libro “El cuerpo no calla”

Edición impresa:

Notanpuan, Chacabuco 459, San Isidro

@notanpuan

Para descargar el PDF: bit.ly/elcuerponocalla

 

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