Tigris Live: El que quiera oir que oiga

Jorge Luis Valdés nació en Cuba, y cuando tenía diez años él y su familia tuvieron que huir del país porque el comunismo les pisaba los talones. Creció en Miami aspirando a convertirse en millonario antes de los 30 años. Y lo logró. Fue el cerebro financiero de un grupo de narcotraficantes, reunidos bajo el nombre de “Cartel de Medellín”. Pero cuando alcanzó la cima, se dio cuenta que allí no había nada. Estuvo preso, entregó todo y hoy da testimonio sobre la verdadera felicidad que nos hace hombres libres. Charlamos con él, y acá dejamos la entrevista por escrito.

Su historia está relatada en el libro “Cerebro Narco”, escrito en conjunto con Victoria Álvarez Benuzzi (@contame_que_lo_escribo_) y editado por @edicioneslogos. Se puede hablar de tres grandes partes de esta obra. En la primera, relata su infancia, el momento cuando huyen de Cuba y se instalan en Miami. Sin su madre que no la dejaron viajar, él tenía diez años y era el único que sabía hablar inglés. En la segunda, su éxito en Estados Unidos está marcado por mucho sacrificio y un talento increíble. Movido por la avaricia y esa búsqueda de querer tener más y más, se propone ser millonario antes de los 30 años. Su inteligencia despierta la admiración de mucha gente y llega a la cima del poder en muy poco tiempo. Y en la tercera, encuentra lo que verdaderamente le da sentido a su vida, dona todo lo que tiene y reorganiza sus valores y prioridades. Su lema es “El que quiera oir que oiga, y el que oiga que no pierda el tiempo”

Una infancia corta

“Me despertaron en mitad de la noche para decirme que nos íbamos a Miami”, es lo que recuerda Jorge de aquel día cuando tenía 10 años. Vivía con lujos y riquezas en Cuba, pero la revolución los fue desplazando. Cuando llegaron al aeropuerto para huir, a su madre no la dejaron salir del país por un problema de papeles. Con su padre, que no había estado muy de acuerdo con la decisión de buscar suerte en Miami, partieron él y sus dos hermanos. 

“Mi padre era muy callado. Hasta ese entonces, yo solo había cruzado un par de palabras con él”. Aunque nunca le faltó nada, su padre debió dejar el orgullo de lado y ponerse a limpiar baños para poder sobrevivir. Al principio, su única comida al día eran dos yemas de huevo y leche. 

Tenía un amigo cubano que residía en Estados Unidos hacía ya unos años y se dedicaba a vender estampillas. Le propuso esta idea a su padre para tener una nueva fuente de ingresos, pero él respondió que eso era para gente pobre, y ellos no eran pobres, simplemente estaban atravesando un momento sin dinero. Desde chiquito, Jorge se levantaba a las 4 de la mañana para ver la forma de llevar plata a su casa. “Éramos 11 personas en un departamento diminuto, con un solo baño. Yo creía que mi mamá estaba loca, Dios no podía existir”, nos cuenta.

Ambición insaciable

“Al segundo día de estar en Miami, a mi primo que ya llevaba viviendo allí 3 años, lo vinieron a buscar en un auto que era una preciosidad. Cuando yo lo vi, pensé que ahí estaba la felicidad. Y me prometí alcanzar esa riqueza”, relata. Trabajaba duro, muy duro, siempre con los principios y valores que sus padres le habían inculcado. “A los 17 años empecé a trabajar en la Banca Nacional. Estudié en la Universidad de Miami y me gradué en Contabilidad a los 20 años. Hasta ese momento, cada vez que olía droga en alguna reunión, donde era bastante habitual ya en ese entonces, me alejaba. Solo me importaba trabajar y estudiar. Trabajaba de 7 de la mañana a 4 de la tarde, y de 5 a 11 de la noche estudiaba. Estaba enfocado”.

En la facultad conoció a un profesor que no hablaba castellano, y lo invitó a trabajar en su bufete. “Me contrató, me puso una secretaria y mi primer cliente fue un almacén muy pequeño por el que me pagaban 1000 dólares. Una fortuna”, recuerda. El primer día que fue a ver el mercado, se encontró con una bolsa en su oficina de 100 mil dólares. 

“Me pareció raro que un almacén tan pequeño facturara semejante cantidad de plata. El lunes siguiente ocurrió lo mismo. Me sorprendió pero no sospeché de nada. Era muy ingenuo. Al tercer lunes, ya siento que tenía que averiguar qué ocurría. Yo había revisado los libros de contabilidad de la empresa, y ese dinero no era producto de las ventas del almacén”. Inmediatamente se comunicó con el dueño, y le informaron sin tapujos que eran narcotraficantes. Se quedó helado. Nunca se lo esperó. “Nunca me había drogado, ni tomaba alcohol, ni siquiera sabía diferenciar las drogas. En ese momento, la cocaína la consumían solamente ricos y famosos. Desde ese momento me quise convencer que yo simplemente les llevaba la contabilidad”. 

Sus nuevos jefes sabían que había trabajado en el banco y que era experto en abrir cuentas bancarias en el extranjero. Jorge les pasó un valor desorbitante por ese trabajo, que ellos aceptaron. Empezó a manejarles las cuentas, y todo esto escaló muy rápido.

“La ambición ciega, que es una fuerza enferma que te hace creer que nunca es suficiente”

Pasar la línea

En su libro, Jorge deja muy en claro que cruzar las líneas que nos marcamos alguna vez en la vida es muy difícil. Nos cuesta ir en contra de nuestros valores. Pero una vez que se da ese primer paso, la línea queda difusa y es fácil volver a cruzarla una y otra vez. 

Al poco tiempo, su jefe le presenta a un señor que necesitaba un estudio de factibilidad para abrir una empresa bananera. Era un hombre muy rico y de buenos modales, y supo convencerlo de que realmente se trataba de una empresa bananera. Le ofrecieron ser el presidente, pero él sólo aceptaría por una oferta ridícula, que estaba seguro que la rechazarían: 7000 dólares por mes. Pero aceptaron. Se mudó a California, y se hizo un amigo que le insistía en que en ese barco traerían cocaína y no bananas como él creía. Se trataba del Cartel de Medellín, nombre con el que los americanos estructuraban a un grupo de narcotraficantes de América del Sur. 

Lo tenía todo

Con 21 años en 1977, Jorge ganaba 80 millones de dólares al mes. Tenía todo, pero se sentía miserable y quería morir. En uno de sus viajes a Bolivia para entablar un negocio lo detuvieron acusándolo de ser el jefe de la organización de narcotraficantes más grande del mundo. Fue a prisión, pero cuenta que para él eso fue un paraíso. Tenía un ejército trabajando para él, ganaba lo mismo y gastaba la mitad. Desde funcionarios hasta guardias, todo lo podía comprar a través del dinero. “Salí de prisión después de pagar una altísima fianza con rabia, porque yo sentía que me habían encarcelado injustamente porque no me habían juzgado. Pero cuando salí, volví a lo mismo”. 

Una madre con grandes valores

Su madre se enteró de su actividad en la Corte. “Le rompí el corazón. Me dijo que lo que yo hacía no agradaba a Dios. Que ellos habían hecho muchos sacrificios para darme un futuro, y yo, en cambio, había sacrificado mi futuro por la riqueza. Le decía que no creía en Dios. Y ella rezaba para que la Virgen me ablandara el corazón”.

Cuando tuvo el accidente de avión, su madre estaba en su casa con amigos, y antes de enterarse de lo que había pasado, les pidió que se fueran porque su hijo no estaba bien. Ella de algún modo misterioso sabía que algo le había pasado a Jorge.

El quiebre

Jorge andaba con guardaespaldas por todos lados, y según cuenta, empezó a dejar de ver emoción en las cosas materiales. Para ese entonces, tenía una hija que pasaba unos días con él y otros con su madre. Tenían días asignados, y cuando tocaba su turno se organizaba para pasar todo el día con ella.

Pero, en una ocasión, su ex esposa dejó a su hija en la guardia sin avisar, mientras Jorge estaba con prostitutas en su casa. Le pidió a su empleada que la llevara a su cuarto, y él se ocuparía cuando terminara. Pero sorteando a guardaespaldas, su hija empezó a tocar la puerta de la habitación donde se encontraba. “Yo me sentí sucio. Saqué a las mujeres por la ventana, me fui a duchar y empecé a temblar. Cuando pensé que se había ido, ella seguía ahí. Desde ese día decidí cambiar”, recuerda.

Abandonó Miami por miedo a que lo mataran, y se retiró a su rancho. Allí decidió aprender karate, y su profesor cumpliría un papel clave en su conversión.

Conociendo a Tim

Su profesor de karate fue la primera persona que se le acercó y le dijo que él tenía algo para darle que no lo podría pagar ni con todo el dinero del mundo. Le entregó una Biblia y le aseguró que ese libro sería su mejor arma. “Durante tres años Tim fue mi Biblia. Yo hacía de todo para pelearlo, pero él nada. Además me daba bronca que pueda ser tan feliz y que esté enamorado cuando estaba casado con la misma mujer desde hacía 25 años, ¿cómo era posible? Cuando la conocí, pensé en todas las modelos con las que acostumbraba a salir, y no podía entender que Tim realmente amara a la misma mujer desde hace tantos años”, rememora.

“Estas enfermo”, fue la respuesta de parte de Jorge cuando conoció a la mujer de su profesor. Pero Tim no se inquietaba, y lo único que le contestaba era que la base de su felicidad estaba en la relación íntima que tenía con Jesucristo. Jorge no entendía. cómo podía ser que tuviera una relación con alguien que no sabía si existía. Y Tim, paciente y sin sobresaltarse, le explicaba que así como él no podía ver el aire, pero sabía que existía, así también él sabía que Jesucristo era real.

Todo esto resonaba en la cabeza de Jorge, que por ese entonces estaba en búsqueda del sentido de su vida. Estaba convencido de que si realmente Jesús existía, seguro pensaba que él era tan malo que no lo iba a querer. Entonces le pidió que si era real, que lo mate o que lo salve. Necesitaba una señal.

En prisión

A los tres meses lo arrestaron. Justo en ese momento, a su padre le habían diagnosticado cáncer con poco tiempo de vida. El único testigo de su causa había muerto la noche anterior, y los fiscales buscaban quitarle todo lo que había ganado a través de negocios sucios. “Hable con mi padre y me dijo que les diera todo, y así fue. Llegué a mi celda pobre, habiendo entregado todo al gobierno. Me querían sentenciar a cadena perpetua pero no me importó, yo quería que Dios cambiara mi vida y que Cristo ocupara el vacío que yo sentía”.

“Libre o condenado, pero en paz conmigo mismo, con los demás y con Dios”.

“Decidí que pasaría mi condena como si estuviera en un monasterio. Leí la Biblia durante doce horas al día y hasta obtuve una licenciatura en Biblia estando encerrado. Después hice una maestría, donde conocí a mi esposa. Y luego un doctorado en Biblia y ética”, resume.

Modificación de su condena

Su abogado le dijo al juez que Jorge se había entregado antes de que lo arrestaran y que, además, había cedido todos sus bienes al gobierno. A los diez meses, el juez admitió que venía pensando en su condena durante noches y noches, porque le llamaba mucho la atención que el hombre que iba a sentenciar, no era el mismo que había cometido los delitos. 

Cuando muere su padre, cuenta Jorge que lo estaba extrañando mucho, pero que no entendía porqué, dado que no había sido un padre muy cariñoso. Y entendió que le había dado su presencia. Entonces dejó de lado su sueño de ser profesor, para ser padre full time. Tenía seis hijos, pero lo conocían poco, dado que había estado diez años preso. Dejó la compañía que había fundado, y se mudó a México para que se criaran lejos de la cultura de millonario en la que habían vivido hasta entonces. Quería que buscaran a Dios aun cuando no vivieran rodeados de lujo.

El mensaje final: “¿Queres cambiar? ¡Cambia! Dios te abrirá el camino. Nuestros hijos no necesitan nuestra riqueza, sino nuestra presencia. Hay que vivir en el amor de Cristo. El tiene el control de nuestra vida”. 

¡Escuchá la entrevista completa!

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