“Qué necesitan nuestros hijos hoy”

CHARLA MARITCHU SEITÚN EN COSTA ESMERALDA

El pasado viernes 26 de julio estuvimos en Costa Esmeralda en una charla de Maritchu Seitún. El día gris, la lluvia y el frío no amedrentaron a las más de cincuenta personas que se acercaron al house del sector deportivo para escucharla. “¿Qué necesitan nuestros hijos hoy?” fue la pregunta y el puntapié para hablar de algo gigante que nos compete a todos los padres: que los chicos necesitan de un vínculo de apego seguro para hacer frente a la vida, con la autoestima alta y una sensación de poder que les permitirá tomar decisiones y recurrir a nosotros siempre que lo necesiten.

Texto: Rosario Lanusse

De los varios temas que mencionó Maritchu ejemplificando la importancia de generar un vínculo seguro con nuestros hijos, les dejamos algunos “bullets”:

  • «Los hijos deberían vernos como los marineros miran al puerto: ellos salen desde esa “base segura”, el puerto, se abastecen de combustible y víveres, forman la tripulación y de ahí enfrentan el mar abierto. Y saben que si hay tormenta el lugar más seguro será regresar a ese puerto». Así comenzó Maritchu la charla explicando que tomó prestado este concepto de «Puerto y base segura» de Inés Di Bártolo, con quien escribió su último libro «Apego y crianza». Entonces, como padres, tenemos que trabajar día a día para que nuestros hijos tengan herramientas para salir al mundo, sabiendo que siempre seremos puerto seguro para ellos cuando nos necesiten. Somos base desde la cual pueden salir al mundo y también puerto al que pueden regresar. Contundente.

  • Cuando vamos a un cumpleaños con nuestro hijo pequeño no podemos pretender que ni bien llegue se enganche con la animación y vaya a jugar, forzándolo a despegarse de nosotros. Al principio, ese chico no querrá saber nada. En cambio, si dejamos que se tome su tiempo y que se vaya despegando a medida que se siente seguro, lograremos un doble objetivo: que se sienta seguro para dejar de depender de nosotros y parta a jugar, y que sepa que puede volver cuando lo necesite, porque allí estaremos esperándolo. Debemos respetar sus tiempos y dejar que se suelte cuando él esté listo para alejarse, confiando y sin sobre protegerlo.
  • La sobre protección encierra el siguiente mensaje: el mundo es peligroso, quedate conmigo, yo te protejo. De esta manera, jamás lograrán seguridad ni deseos de independizarse.
  • El vínculo de apego es este gran ingrediente que los chicos necesitan para independizarse y que está muy bien ilustrado en el cuento del puerto. Base segura para salir al mundo y puerto seguro al cual regresar. Entonces, tenemos una doble tarea.

  • Es muy importante que nuestros chicos sientan que los padres somos puerto seguro también para acercarse a contar esas cosas graves que les están pasando. Las situaciones de abuso son un claro ejemplo. Qué valioso es que puedan hablar con nosotros y que no se queden en silencio; que sientan que pueden traer a casa cualquier problema y que nosotros seremos siempre ese puerto incondicional.
  • En nuestra relación, iremos regulando y abriendo puertas de contacto y de comunicación con el mundo que a veces funcionarán y a veces no. “Yo veo a mi mamá que comprende a mi hermana cuando se lastimó, entonces cuando mi amiga se lastima en el recreo yo la ayudo a levantarse”. Esto va ocurriendo sin que nosotros veamos que ocurre. Nosotros los regulamos a ellos, después ellos aprenden a regularse a sí mismos y, desde ese lugar, aprenden a regular a otros.

  • El camino en la crianza va en tres capítulos: “Soy atendida, me puedo atender, puedo atender a otros”.
  • De la valoración de papá y mamá, a valorarnos a nosotros mismos.
  • Del amor incondicional de papá y mamá, a nuestra capacidad de amar.
  • De la empatía y la comprensión recibida, a poder ser empáticos con otros.
  • Del ser respetado, a respetar y poder decir que no.
  • De ver que confían en mí, a confiar en otros y poder entregarme.
  • De que papá y mamá se entreguen a mí, a la generosidad y a la abundancia.
  • Así descubren la obediencia con amor, la integración de la persona y aprenden a compartir.

  • La autoestima se construye desde la mirada de papá y mamá. “Yo soy como mis papás me dicen que soy”. Y entonces soy divino, increíble; o soy insoportable, irresponsable e inquieto. Qué importante es que predominen las primeras y no las últimas. Un consejo: usar menos adjetivos y más verbos.
  • Cada vez que uso un adjetivo estoy juzgando a la persona entera. Es distinto decir “sos insoportable”, a “hoy te estás portando de manera insoportable, no me interrumpas que necesito hablar con tu papá”. En el primer caso asocio a su persona entera y la catalogo como “insoportable”, en la segunda le estoy diciendo que en ese momento necesito que no me interrumpa y que me deje hablar; así rescato a la persona y dejo en claro que la quiero un montón en muchos ámbitos a pesar de que en ese momento me esté interrumpiendo.

  • La sociedad habla con adjetivos, nuestros padres nos criaron con adjetivos y a los adjetivos habría que borrarlos del planeta en la crianza.
  • Adjetivo es juicio: toda tu persona es maravillosa o tremenda por un acto puntual. Si logramos cambiar esto lograremos cambiar esa mirada hacia los chicos, la misma que ellos internalizan.
  • La autoestima de los chicos chiquitos está ligada a que elogiemos todo eso que ellos hacen y nos muestran: “Mirá papá cómo me tiro de cabeza”, “mirá cómo me vestí solo”. De a poquito tenemos que lograr que ellos pasen de “me siento valioso porque papá, mamá, la maestra o la abuela me valoran” a “me siento valioso porque yo me siento valioso”. Miles de veces, sin querer, les estamos diciendo que está mal lo que hacen. Si ponen mal la mesa, tratemos de no marcarles el error, dejémoslo pasar y digámosle: “Qué bueno que pusiste la mesa, ¡cuánto me ayudas!”. Y después, sin que vean, corregimos los cubiertos.

  • Para que un hijo se sienta contento con sí mismo primero debe haber visto que mamá y papá están contentos con él. Y esto es muy importante que ocurra durante la escolaridad primaria. Porque en secundaria los chicos vuelven a tener mucha necesidad de la mirada del otro, pero el otro ya no somos nosotros, sino los pares. Entonces, si ese chico no tuvo varios años de “me miro en el espejo y estoy contento conmigo”, cuando otro le diga que algo le queda horrible le creerá. Pero si se siente valioso, no le importará lo que el otro diga. Para proteger esa adolescencia donde vuelven a depender mucho de los demás, es importante que haya habido una primaria donde se sintieron valiosos.

  • Trabajando con Inés Di Bártolo sobre la teoría del apego y a partir de unos videos donde observan a madres con bebes pequeños, Maritchu cuenta que llegaron a la conclusión de que las mamás toman veinte decisiones por minuto: una decisión cada dos segundos. Y se equivocan el setenta por ciento de las veces. Y aun así, con ese alto nivel de equivocación, ese bebé puede tener un vínculo de apego seguro. Con lo cual, con padres suficientemente buenos, más ese treinta por ciento de hacer las cosas bien es suficiente.
  • Y los padres suficientemente buenos también dicen que no. Si digo que sí a algo y después tengo cara de perro, no sirve. Es mejor decir que no y seguir sonriendo, aunque ellos estén enojados. Su enojo es controlable, el nuestro, no tanto. Nuestro objetivo debe ser seguir sonriendo hasta las nueve de la noche y querer seguir estando allí mañana por la mañana.

  • Pensemos en nuestra autoestima: si me va bien en el trabajo, si cocino bien, si hay algo en lo que me destaco, si tengo amigos, no voy a necesitar que mis hijos me den identidad y autoestima. Es muy importante que los padres tengamos otras fuentes de satisfacción, para que no pongamos toda la responsabilidad de sentirnos valiosos en nuestros hijos. “Si mi hija se altera porque mi nieto no me quiere saludar y ella necesita que me salude porque quiere demostrarme lo buena mamá que es, y considera grave que no salude, entonces ese momento se convierte en una tragedia. Pero si en cambio, me dice que no saluda porque está re arisco y las dos nos reímos, entonces se acabó el problema”. Lo que uno hace también provoca. “Si ella le dice que me salude porque sino yo no lo voy a llevar al cine yo me voy a subir a ese pony y le voy a decir que no lo voy a llevar al cine”. Hay que tener cuidado en qué caballito nos montamos.
  • Es importante que nosotros estemos sólidos para tolerar que los chicos no sean la mejor versión de sí mismos todo el tiempo.

  • Del amor incondicional recibido, a la capacidad de amar. La incondicionalidad es fabulosa: “te quiero siempre, te quiero aunque, te quiero a pesar de”. La incondicionalidad los potencia muchísimo. Y esa incondicionalidad también los potencia en sus noes. Porque si uno se siente amado incondicionalmente, con mucha más fuerza puede decir que no quiere esto o que no quiere aquello. Pero el precio que pagamos por esto es increíblemente inferior al gran beneficio que provoca que ese chico se sepa amado incondicionalmente, porque sabrá volver a puerto seguro. Y para que ese chico vuelva algún día a puerto seguro tiene que estar garantizada nuestra incondicionalidad.
  • Los adultos narcisistas (todo ya, todo yo) seguramente de pequeños no tuvieron atención en sus necesidades narcisistas. Los chicos están en edad de ser escuchados. Un chiquito que tiene padres que atienden esta necesidad, y, por ejemplo, escuchan con paciencia el relato de una película eterna, cuando sea grande no necesitará que lo atiendan. Caso contrario, salimos a pedir esa incondicionalidad a nuestras parejas y no la encontraremos, simplemente porque no es su tarea. La incondicionalidad la ofrecen mamá y papá a los hijos, para que el chico la tenga adentro y sea incondicional consigo mismo.

  • Lo mismo pasa con el adulto egoísta-egocéntrico. El adulto egoísta tiene necesidades de egocentrismo que no fueron suficientemente bien atendidas de chiquito. Esto no quiere decir que le daremos todo, sino que lo acompañaremos en el sentimiento, comprendiéndolo, enseñándole a compartir; y no lo retaremos por ser egoísta. Los niños son egocéntricos, pero no por eso le vamos a decir a todo que sí. “Comprendo tu deseo, pero te la tenés que bancar”. Lo complicado de todo esto es que nuestros caminos neuronales dicen estas cosas porque son las mismas que recibimos de chicos. Y Maritchu nos viene a proponer hacer otras cosas, es más difícil, pero a nivel futuro vale la pena porque los hará sentir valiosos.

  • Cuando nosotros éramos chicos recibimos el mensaje de “aprendé a escuchar, escuchando”. Y nos hacían callar la boca. Y hoy decimos “aprendo a escuchar siendo escuchado”. Al ser escuchados, los chicos se llenan con la empatía recibida y aprenden a comprender. Cuando un chico no entiende algo, no le sirve que le digamos “callate y escuchame”. Le sirve que le digamos “qué mala suerte, o cuánto mal humor nos provoca esta situación, pero…”.  El mensaje que le damos es “te comprendo tantas veces, que vos un día aprenderás a comprender”. Porque de esta manera le estamos diciendo que confíen en su fuero interno, que nosotros los entendemos y así cultivarán su autoestima y confiarán en su criterio interno. Y cuando lo necesiten allí estará.
  • La primera empatía consiste en eso que el adulto le da al niño hasta que el chico tiene esa capacidad de ponerse en el lugar del otro. Y en esto, comprender no significa estar de acuerdo. Podemos no estar de acuerdo, pero sí comprender. Entonces aceptamos lo que piensan, lo que sienten, lo que imaginan, lo que piden; pero regularemos palabras y acciones.

  • Hay un trío inseparable: la capacitación emocional o empatía, el buen límite y el duelo. Te acompaño en lo que sentís. Si puedo te digo que sí, o te acompaño en el dolor de que no puedo decirte que sí. La empatía y el buen límite son inseparables. A pesar de que comprendo, aprendo a decir que no. El duelo es una nueva empatía de que te acompaño en el dolor de lo que está pasando. Los chicos procesan muchos duelos, uno tras otro: el duelo de salir de la panza de mamá, el duelo de dejar de dormir en el cuarto de mis padres, el duelo de dejar la cuna para pasar a la cama, el duelo de dejar el chupete o la mamadera, tener un hermanito, mudarse de casa. Los duelos son infinitos.
  • Tenemos que tener mucho cuidado con que nuestros hijos no quemen etapas. Ellos se fortalecen para enfrentar el mundo contra nuestros “noes”. Son como los pollitos dentro de la cáscara de huevo. Ellos fortalecen su cuerpo y su pico contra la cáscara, le dan, le dan y le dan. Y la cáscara no se rompe hasta que el pollito no tiene el pico y el cuerpo lo suficientemente fuertes como para enfrentar el mundo. Si el criador del pollito decide romper la cáscara para traer al mundo antes a ese pollito, ese pollito termina muriendo porque no está preparado para salir solo. Lo mismo pasa con nuestros hijos, con sus salidas, con tener celular cada vez a épocas más tempranas. Ellos necesitan fortalecerse contra nuestros límites antes de estar preparados para salir solos al mundo. Aprendiendo a esforzarse y aprendiendo a sufrir se van haciendo fuertes para la vida. Y de eso se trata ser papá y ser mamá.

  • Los chicos de los padres permisivos tienen la autoestima por el techo, pero poca fortaleza yoica, porque no saben esperar, no saben esforzarse. Los adultos les resuelven todo, y todo se complica. Hoy la crisis vocacional se da cuando los chicos se dan cuenta de que deben estudiar para los parciales, porque hasta ese momento sus mamás les resolvían todo.
  • Para poner límites hay que borrar del vocabulario la palabra “convencer”. Si lo convenzo el chico se sentirá un tonto porque se dejó convencer; y si no lo convenzo, lo hago sentir pésimo y un mal hijo. Yo decido, soy mala, y no le doy a elegir. El chico está enojado, yo no. Me voy a enojar mucho más si el chico elige la opción que yo no quiero que elija. Y la desilusión y el enojo me durarán mucho. Y como la propuesta pasa por una mirada enamorada y una incondicionalidad para nuestros hijos, somos nosotros los que tenemos que lograr, con nuestra fortaleza interna, que todo esto vaya ocurriendo.

  • La buena obediencia es por amor. Nuestra obediencia era por sometimiento, por miedo a perder el amor. Estos chicos que se saben queridos, a la larga terminan diciendo muchos “noes” porque saben que nos causarían un disgusto. Un ejemplo sería a los diecisiete años cuando diga: “no me voy a subir al auto de mi amigo si está borracho”. O sea, nuestra mirada y nuestro objetivo está puesto en lograr ese “no” a los 17, es un objetivo que está lejos. Y para lograrlo, tengo que hacer muchas cosas chiquitas para que ellos, despacito, vayan primero entendiendo y después querernos y obedecernos por amor.
  • Los chicos tiranizan porque son naturalmente tiranos. Y lo siguen haciendo hasta que confían. En un entorno de mayor confianza, no necesitan tiranizar. Ser tirano es ser inmaduro, es necesitar confianza. Y si yo al tirano lo reto y lo aprieto y me enojo, lo que consigo es más tiranía. Tenemos que lograr que no nos obedezcan por miedo a perder nuestro amor.

  • Digamos no a la obediencia ciega, porque ésta lleva a que los chicos le hagan caso a personas que no deberían. Como es cierto que nosotros, los padres, mandamos; también es cierto que debemos escuchar sus noes y tolerarlos. Eso los prepara para la vida, porque si mis papás aceptan mis noes, ellos después podrán decir que no al profesor de tenis, al tío abuelo o al jardinero. Es súper importante que los chicos puedan decir que no; y el no se practica primero en casa. Si me inclino demasiado sobre el autoritarismo, les estoy enseñando a decir siempre “sí señor” a cualquier adulto.
  • Busquemos “conexión”. Los problemas de conducta son problemas de desconexión. La conexión no es tarea del niño, es tarea del adulto. Y acá entra en juego la empatía. Si yo elijo las palabras y trato de decir lo que el chico piensa, él abrirá sus orejas y lograremos conversar en conexión. Si gritamos y nos enojamos el chico interpretará que no le interesa escucharnos porque cree que con nosotros no se puede llegar a un acuerdo. Conectar es el mejor camino. El del sometimiento no nos lleva a ningún lado.

  • De ser respetado a respetarnos, y luego respetar a los demás. Pasamos de que a los niños ni se los vea ni se los oiga, a que los chicos hagan lo que quieran. Pero hay un término medio razonable que es muy difícil de encontrar. Yo te respeto y aunque tengas ganas te explico, pero respeto tu deseo. Una vez que comprendí es fácil respetar, pero debemos arrancar por un camino de empatía. No somos empáticos cuando decimos “es una pavada lo que estás diciendo”. Respetar es decir “estaría buenísimo, pero te tengo que decir que no”. Cuando decimos que no, lo hacemos en el beneficio de nuestros hijos y en el nuestro propio. Porque cuidándonos a nosotros, estamos cuidándolos a ellos.
  • Considerar y honrar; o acatar, venerar y obedecer. Esta nueva crianza permisiva consiste en venerar al niño y hacer todo lo que él quiere. Respeto tu persona, pero no tus conductas y tus actos. Entiendo que te gusta el queso brie, por ejemplo, pero no te lo voy a dar porque es para los grandes y te voy a dar otro. No está mal que desee, yo puedo respetar ese deseo, pero no lo cumplo. Como yo me respeto, mi no es necesario.
  • Pensemos a los hijos como vasos que se van llenando. Con el vaso del amor recibido, y de entrega de mamá y de papá, los chicos empiezan a devolver. “Te cuido, te cuido, te cuido, te cuido hasta que estoy lleno de amor recibido, y luego tengo amor para dar. Te quiero, te quiero, te quiero hasta que aprendés a querer”. Nos entregamos lo máximo que podemos, pero lo que podemos de verdad, sin pasarnos. A veces tendemos a entregarnos de más, sobre todo las mujeres. Mientras el cuerpo aguante tendemos a decir que sí. Y eso no está bueno.

  • Ni la sobreprotección ni la súper exigencia permiten que este vaso se llene. Si quieren hacer las cosas, pero todavía no las hacen como nosotros queremos, es mejor tenerles paciencia. Así, luego se animan solos. Y si los sobreprotegemos y hacemos todo por ellos, luego de grandes nos exigirán todo y no podrán hacer nada solos. Para que se independicen, hay que llenarlos de muchas cosas, y también hay que poner un poquitito el freno.
  • Tenemos que ser sostén y dejarlos que se muestren vulnerables en casa, e invulnerables afuera. Para que puedan ser invulnerables afuera, deben poder ser vulnerables en casa. Tenemos que lograr ser tan confiables que vengan a nosotros y nos digan lo que no les gusta o lo que les da miedo, sabiendo que ese adulto no se burlará de él.

  • El amor que ofrecemos los padres es responsable, comprometido, considerado, seguro e incondicional. Nuestro amor tiene todos esos rasgos. El amor de los amigos es condicionado, interesado, se aprovecha del otro, inmaduro y jamás generoso. No porque los amigos sean malos, simplemente porque son inmaduros. Y porque se mueven por lo que les sirve y lo que no. Por ejemplo, querer ir a lo de mi amigo porque tiene play no está mal. Me sirve, yo no tengo, entonces quiero ir. Por eso, es tan necesaria la presencia de un adulto que hable de otra manera. Cuando los papás somos brújulas y somos figura de apego principal, el chico no necesita que su amigo sea su figura de apego, porque ya la tiene en casa. Los padres queremos que los chicos mejoren y hacemos las cosas en beneficio de ellos, cosa que el amigo tampoco hace. Si los padres no somos figura de apego para los chicos, los chicos la van a buscar en otro lado: en el compañero, y eso es importante que no ocurra.
  • Cuando tenemos hijos en primaria, que ya son independientes y se arreglan solos, es muy común que los dejemos de lado porque el adolescente o el recién nacido nos necesitan más, o eso es lo que parece. No es que los padres nos desapeguemos, pero les damos más rienda, y es muy común que ellos entonces vayan a buscar una figura de apego equivocada. No puede haber dos apegos: si me apego a mis papás, ya no necesito apegarme a mis amigos. Y si mi amigo me dice que algo de mi no le gusta, no pasa nada porque me siento muy querido y valorado en casa.

  • Hay dos modalidades de vivir: crecimiento o defensa. Cuando crezco es porque no necesito defenderme. Cuando me defiendo no puedo crecer. Si una mamá se va siempre sin avisarle a su hija, y se escapa por la puerta del costado, la chiquita no podrá jugar, porque estará siempre con la oreja parada esperando que su mamá no se vaya. Si la mamá le avisa que se va, la chiquita llora cinco minutos, pero luego cuando juegue va a jugar en serio, porque siente que puede estar jugando y sabe que cuando se vaya su mamá le avisará que se va. Nuestra tarea es que nuestros hijos estén predominantemente en crecimiento y no en defensa, que nosotros no seamos la fuente del estado de alerta. Que sepan que mamá se acordará de su antibiótico, sin tener que ser ellos quienes se acuerden.

  • De la entrega de papá y mamá vamos a la generosidad y a la abundancia. Si tuve papás generosos de brazos, de amor, de persona, los chicos tendrán esa sensación. Cuando yo he recibido un amor generoso, estaré lleno de amor, y luego podrá dar un amor generoso en abundancia también. La actitud de entrega es muy diferente a la actitud que hace que midamos si me dieron más o menos que a mis hermanos. Si estoy ocupada midiendo eso, me estoy defendiendo en lugar de crecer.
  • Cuando los papás somos atentos, disponibles y confiables con los hijos, estos chicos tendrán estas mismas actitudes para los demás. Esto tiene que ver con disponibilidad. Y los momentos que eligen los chicos son los peores: estamos saliendo y nuestra hija nos dice que quiere contarnos algo. Entonces dejamos la salida de lado, llegamos tarde y la escuchamos, porque esa chica estuvo toda la tarde buscando el mejor momento para encararnos, y se animó justo porque sabe que nos vamos.

  • Que seamos papás abundantes, o quizás suficientes. Porque abundancia suena a mucho. Debemos lograr que tengan la sensación de tener suficiente. Es diferente sentir la suficiencia que sentir la escasez. Si logramos que tengan esa sensación de abundancia veremos que cuando necesitamos se irán a jugar solos y nos dejarán tranquilos. Cuando mi mamá “abunda”, la puedo soltar porque tengo la seguridad de que cuando vuelva ella estará ahí.
  • Si mis hijos no comparten, démosle a cada uno sus objetos. Porque primero la poseo a mamá y después la puedo compartir, pero para compartirla primero la tuve que poseer. Por eso deben tener sus cosas primero, no puedo pretender que compartan si antes no poseyeron. Y eso está bueno entenderlo porque cambia mi mirada sobre ellos.

  • En salud, decido yo. En ética, (lo correcto y lo incorrecto), decido yo. En seguridad, (el chico no puede decidir si cruza la calle solo o si me da la mano), decido yo. En bienestar general, con criterio lógico, decido yo. En todo lo que respecta al resto de las decisiones que no están en ninguna de estas categorías tratemos de decir la mayoría de las veces que sí.
  • Con el buen límite encauzamos energía: por este lado sí, por este lado no. Cuánto más seguros nos sentimos cuando la ruta está bien pintada. Es como el borde y la cáscara de huevo. El límite de papá y mamá los ayuda mucho.
  • Los chicos aprenden a perder, ganando. Una vez que siente la experiencia de haber sido un buen jugador ya sienten que pueden perder. Y en el juego uno a uno, está bueno darles hándicap. La experiencia de ganar los fortalece y les permite perder en el recreo con sus amigos.

  • Con el sentido de seguridad y confianza armado, dejémoslos experimentar, ensuciarse, ser creativos. Dejémoslos equivocarse en palabras y acciones. Si ponen mal la mesa y yo los reto permanentemente, se paralizarán y ya no la querrán poner más para que no los vuelva a retar. Si los dejamos jugar con la condición de que limpien y ordenen, los desalentamos a querer jugar. Está bueno dejar un rato de lado el orden extremo y disfrutar del estado de casa caótica para ayudarlos. Un esfuerzo que vale la pena.
  • Seamos cuidadosos con nuestra exigencia. Cuando uno exige menos a un hijo es como si nos sentáramos a nosotros mismos en nuestra falda, imaginándonos de niños, y nos dijéramos que somos queribles igual. Si lo ayudo a exigirse menos me estoy exigiendo menos a mí.

  • Con todo esto ofrecemos a nuestros hijos la paz necesaria para madurar y alcanzar personalidades más gananciadas para salir del egocentrismo, del infatilismo y de la impulsividad. Los chicos son infantiles, inmaduros, impulsivos y egocéntricos. “Quiero, luego hago”. Papá y mamá, que no lo son, enseñan un camino diferente en este entorno de quererlos y hacerlos sentir queridos. Y así les ofrecemos conciencia de ser. ”Yo no soy lo que siento, yo no soy mi enojo, no soy mi tristeza y tampoco mi alegría. Pero puedo sentir y no pierdo el amor de nadie, aunque me enoje con mi mamá o mi papá. Soy una persona a la que le pasan cosas y que aprende de la mano de mamá y de papá”.

“Si me domesticas seré para ti único en el mundo”, dijo Saint Exupery. Igual que la rosa de El Principito que necesita de la campana para protegerse del frío y, al terminar el libro, ya no la necesita más porque está llena y recibió todo lo que necesitaba para seguir sola, a nuestros hijos les pasa igual. Ojalá algún día no nos necesiten. ¡Gracias Maritchu por tanto!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *