Formar gente es lo más grande que hay

Una historia ejemplar se está viviendo en la Fundación Oficios, en Benavídez. Rodolfo, un hombre de 60 años sufre un severo grado de Parkinson y, sin embargo, terminó de construir su casa y asiste a los cursos de la fundación.

Rodolfo casi no puede caminar sin ayuda. Su cuerpo temblequea con violencia de pies a cabeza, sin descanso, sin un segundo de tregua, día y noche. Sin embargo, llega a la Fundación Oficios en bicicleta para asistir al curso de instalación sanitaria. Vive a dieciséis cuadras con su mujer Rosa Eva, con quien tiene tres hijos adoptados y seis nietos, que son la alegría de su vida. Además, llegó a ser jefe de distrito de los Scouts -movimiento al que asiste desde los siete años y al que llevó a sus hijos-, es auxiliar de enfermería por la Cruz Roja, artesano de la madera, y fervoroso aprendiz de cualquier tema que le interese. “Me gusta mantenerme activo” dice Rodolfo. Y nada lo detiene.

Fue días atrás que un vecino se acercó a la fundación conmovido. “No puedo creer encontrar a Rodolfo acá. ¿Ustedes saben que ese hombre terminó de construir su casa, los techos, los pisos…? ¡Y ahora estudia! Es un ejemplo”.

El relato era todo cierto. Además, Rodolfo es un hombre de profunda fe. “La fe es mucho para mí; yo creo que si uno no tiene fe, está vacío por dentro, no importa si sos cristiano, judío, católico… Dios es uno solo. Y la fe mueve montañas”.

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“Veía el pasto largo y lloraba”
Desde el año 2003 la enfermedad comenzó a postrar a Rodolfo. “Al principio tuve un bajón tremendo -recuerda-. No quería salir de mi pieza. Miraba por la ventana el pasto largo y lloraba. Lloraba porque ya no lo podría cortar. No me podía ni atar los cordones. Se me vino el mundo abajo…”. La mirada de los demás tampoco ayudaba. “En la calle me gritaban ‘borracho de m…’ por mi forma de caminar”.

Hoy Rodolfo no sólo puede cortar el pasto, atarse los cordones, limpiar y manejarse con bastante autonomía, sino que además tiene su taller donde trabaja con madera. Ha tallado tres imágenes de San Francisco de Asís, y algunas Vírgenes. Cuando lo hace, le gusta escuchar Mozart, Los Beatles o la radio. Cumbia no.

Lo más impresionante del testimonio de Rodolfo es que en los últimos años terminó de construir su casa. “En su momento le habíamos pagado $4000 a un albañil y el tipo no apareció más. Nos faltaban paredes, techos, pisos… Un día le dije a mi yerno ‘¿y si lo hacemos nosotros?’”. Del modo en que el Parkinson sacude a Rodolfo, el relato parece imposible de creer, pero es cierto. “Cuando estoy en movimiento, tengo más control de mí que si me quedo quieto; por eso estoy siempre activo”. Efectivamente, con su yerno hicieron los techos, y después Rodolfo se animó solo a colocar los cerámicos del piso. “Empecé con los de abajo de mi cama, ¡por si quedaba mal! Pero quedaron bien”. Y siguió con el comedor, el baño y la cocina. Invita orgulloso a visitar su casa.

Abrir la mente
Rodolfo llegó a la fundación hace pocos meses por un aviso en el diario de Benavídez. Está muy contento, la pasa bien y aprende mucho. “Hay gente muy macanuda y me ayudan mucho”, dice. “Hace poco se me pinchó la rueda de la bici y entre varios me acompañaron a mi casa”. Además del curso de instalación sanitaria, se acaba de inscribir en el de carpintería de muebles. “Formar gente, y de manera gratuita, es lo más grande que hay”, asegura. Termina la entrevista y Rodolfo vuelve a su curso. No pretende serlo, pero, sin duda, es un ejemplo para todos.