EL ARTE DE CUIDAR

Personas de vocación auténtica que pasan horas pendientes de otros que necesitan una caricia, palabras de aliento o simplemente una sonrisa. La enfermería es esa profesión que demanda corazón en cada decisión.

Afinar y pulir el cuidado hasta hacerlo perfecto, animar y ayudar a darle sentido a una enfermedad, escuchar y procurar conocer en profundidad al paciente, esos serían los principios básicos y las reglas de oro de este trabajo tan comprometido. Con una visión global de la persona, la familia y la comunidad, la enfermera se dispone a renunciar un poco a sus propias comodidades para ponerse al servicio de los pacientes y ayudarlos a transitar por la enfermedad encontrándole un sentido a tanto sufrimiento.

Inclinación por los demás

Magdalena Ducós es enfermera hace cuatro años y trabaja en FUNDALEU, la clínica especializada en leucemia. Desde chiquita, cuando la escuchaba a su madrina enfermera contar a qué se dedicaba, supo que su camino iba por ese lado. Siempre fue muy servicial en su casa y tenía ese impulso dentro por el que naturalmente le gustaba interesarse por las personas de su alrededor.

El contacto con los pacientes, conocer sus historias de vidas, sus miedos, sus sufrimientos y poder ser apoyo y confidente, tratando de aliviar la carga de su enfermedad es lo que más le gusta de su trabajo. La frase que tanto le remarcaron durante la facultad le quedó grabada como si se la hubiesen tatuado: “La importancia del CUIDAR cuando no se puede CURAR”.

Pasan mucho tiempo con los pacientes y, como la mayoría son recurrentes, el vínculo que se genera es muy profundo, tanto con ellos como con su familia. La enfermera pasa a ser una figura clave en el estado anímico del paciente, sobre todo cuando el peligro de muerte es real.  “A la muerte nunca nos acostumbramos, pero sí aprendemos a convivir con ella y a aceptarla”, nos cuenta esta enfermera de actitud cálida y gran sonrisa.

El cariño, la mejor medicina

Cuando Guadalupe Espinosa se planteó, al terminar el colegio, qué carrera seguir, supo que debía ser una combinación entre lo humanístico y las ciencias naturales. También, al ser una persona tan práctica y resolutiva, esta profesión le permitiría volcarse a las personas, sobre todo a las más vulnerables, para ser apoyo y sostén.

Su rutina depende dónde le toque estar: en el piso de internación, en el hospital de día o coordinando el equipo de enfermeros. Cuando le toca atender los consultorios, que son pacientes que vienen regularmente para aplicarse antibióticos, recibir quimioterapia o cualquier otra medicación, es importante transmitirle al paciente confianza y afecto, ya que está comprobado que los pacientes pueden recuperarse gracias al cariño recibido.

“Me parece que la confianza y la empatía que podemos generar con los pacientes es una característica muy innata en las enfermeras. Por supuesto que uno elige explotarlo, pero también creo que depende de la vida interior de cada uno y de cómo enfrenta la crisis ajena”, relata Guadalupe que tiene un don especial para el trato con las personas y sus pacientes son una parte importantísima de su vida.

Ser sostén en las dificultades

Al terminar la carrera de Historia, Belén Ossorio Arana sentía que todavía le faltaba algo, que su entrega no era completa y su búsqueda empezó a insistir. Trabajó un tiempo con médicos y pudo darse cuenta que brindarse a los demás era lo que realmente la hacía feliz y plena. Se fue a estudiar Enfermería a la Universidad de Navarra en Pamplona, España y en su interior iba creciendo ese amor grande por cada paciente que pasaba por su vida.

Hoy trabaja en el Hospital de Día de la Universidad Austral donde se administran tratamientos, generalmente de quimioterapia para personas con cáncer, en forma ambulatoria. “Lo que más me gusta de mi profesión es saber que esa persona puede ver en mi un momento de alegría, de paz o de compañía, que pueda ver alguien dispuesto a escuchar sus miedos, preocupaciones y gozos. Es un constante intercambio que nos enriquece mutuamente y da sentido y plenitud a lo que hacemos” nos cuenta.

Según Belén, los momentos de más estrés son cuando deben atender a pacientes que saben que sufrirán, que les dolerá o les molestará tal tratamiento o tal medicación. “Yo le digo que me cuesta saber que le va a doler pero pienso que así, juntos, podrá aguantar mejor ese sufrimiento. Es acompañarlo con la mirada, con un gesto cariñoso o con un apretón de manos tanto al enfermo como al familiar que está por derrumbarse” termina Belén y sus palabras emocionan.

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