“Adolescer” es crecer y eso no duele

Solemos asociar la adolescencia con una etapa de dolor, pero el concepto es erróneo. La guía de los padres en este momento de la vida es muy importante para que los hijos puedan transitarlo con alegría.

Durante años hemos relacionado la palabra “adolescente” con el dolor, por un error en la etimología. Lo creímos tanto, que sufrimos de antemano pensando en esa etapa de nuestros hijos. Cuarto desordenado, materias a diciembre, salidas nocturnas, despertar sexual, malas contestaciones, y la lista continúa. “Adolescer” viene del verbo latino “adoleceré”, que significa “crecer”. Sería algo así como “adultecer”, “madurar”. O sea que adolescente es “el que está creciendo”, y no “el que está sufriendo”. Para transitar la adolescencia de nuestros hijos con alegría y no con sufrimiento, pensemos algunas cuestiones que tal vez puedan ayudarnos.

Grandes y chicos al mismo tiempo
Para algunas cosas ya no son chicos y para otras todavía no son grandes. El problema es que, por lo general, ellos (los hijos) y nosotros (los padres) tenemos la valoración inversa. Ellos creen que son grandes para lo que nosotros creemos que son chicos y viceversa. Y ahí radican el conflicto y los límites. Según ellos mismos, son grandes para la diversión, para salir hasta tarde, para tomar alcohol, pero son chicos para ordenar, ayudar en la casa, asumir responsabilidades. Al revés de lo que los padres consideramos. La culpa no es ni de ellos ni nuestra. No son chicos, pero tampoco grandes. Viven una edad contradictoria, y juntos tendremos que buscar el equilibrio, aclarando que donde no haya acuerdo, decidiremos los padres, porque somos los adultos.

Madre hay una sola (padre, también)
Muchas veces tenemos la tentación de ser los amigos de nuestros hijos, pero ahí perdemos todos, especialmente ellos. Amigos tienen muchos; padres, sólo a nosotros. Debemos ocupar nuestro lugar con cercanía, empatía, ternura, sin confundirnos de rol. Debemos entender sus códigos, hablarles de manera tal que nos entiendan, siendo padres cercanos, pero distintos a ellos. Si nosotros somos sus amigos, ganaron un amigo más, pero perdieron al único padre que tenían. Es esperable que los adolescentes se pongan caprichosos e inquietos. Que se comporten a veces como adultos y, otras, como niños. Es esperable que contesten mal, que sean desordenados, poco agradecidos. Y por eso no debemos engancharnos con esas actitudes. Tampoco es bueno aceptarlas como tales, sino simplemente marcar el error. Que los adolescentes sean ellos, no nosotros. Debemos mantener la calma y los modos. Tratar de evitar los gritos y la autoridad impuesta con violencia. Gritar es violento, no hace falta. Van a ser muchas las veces que nuestra paciencia se ponga a prueba y otras veces en las que, sin duda, la perdamos. Pidamos perdón. Somos humanos, no perfectos. Admitir nuestros errores es también una enseñanza.

Barrilete
El Dr. Claudio García Pintos me enseñó una vez que educar a los hijos cuando crecen es como remontar un barrilete. Voy soltando la soga para que pueda volar, pero no la suelto toda porque si no, no vuelve. Debo conocer bien al barrilete y saber leer los vientos. Si hay tormenta, no sale. Si hubo roturas, hay que guardarlo y repararlo. Pero el barrilete fue hecho para volar y el “barriletero”, con mano artesanal, amor incondicional y conocimiento de su barrilete, será quien sepa cómo tirar y aflojar con cada uno de sus hijos. Todos son distintos, pero todos están llamados a volar su propio vuelo.

Preguntar aunque no haya respuesta
Cuando empiezan a salir, a dormir hasta el mediodía, sin darnos cuenta dejamos de hacer las dos o tres preguntas clave: “¿qué hicieron anoche?”, “¿dónde y con quiénes?”, “¿cómo te fue?”. Muchas veces la respuesta es un sonido gutural incomprensible. Por eso dejamos de preguntar. El problema es que preguntar es importante; significa que te importa. Te contará algo, mucho o nada. Pero que nunca falte la pregunta porque eso marca nuestro interés y, por ende, nuestro lugar de padres.

“Hay que besarse más”
Roberto Galán, conductor de televisión, tenía un programa en el que cantaban “hay que besarse más”. En el mundo de hoy en que todo pasa por una pantalla, falta el contacto físico amoroso. Abrazo, beso, caricia en la cabeza, palmada en el hombro. Es lógico que a medida que crezcan, lo rechacen. Pero sepamos que lo necesitan y que les gusta. Nosotros estamos presentes “realmente”, no “virtualmente”. El contacto físico marca nuestra presencia. Y créanme, aunque protesten, es de las mejores medicinas emocionales que les podemos dar. A hacerle caso a Roberto, a los hijos hay que besarlos y abrazarlos más, especialmente a los adolescentes.

Modelos vivos
Uno educa primero con lo que es, segundo con lo que hace, tercero con lo que calla y cuarto con lo que dice. El orden es intencional. Los padres somos los que tenemos que mostrarnos como entusiastas portadores de los valores. Si nos ven amargados o cansados, no estamos siendo un modelo que dé ganas de seguir. Ser padres no es decirles cómo tienen que ser, sino más bien mostrarles cómo somos nosotros. Humanos, con errores, fuertes y a veces débiles. Pero sobre todo, somos sus padres. Seamos modelos vivos de cómo queremos que sean ellos, con sus propios matices y decisiones.

Consejo final
Tengamos siempre a mano una foto alegre de nuestros hijos cuando eran chicos. Una foto de ésas que nos emocionan al verlas. Cuando un día nuestros hijos tengan un ataque adolescente, respiremos hondo, busquemos la foto, sonriamos y recordemos que son los mismos que nos hicieron caso y comieron toda la comida. Solamente están creciendo y eso solo ya es motivo de alegría.

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Eduardo Cazanave
El autor es filósofo, rector general del colegio San Juan el Precursor y profesional en Fundación Padres.

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