Cuando uno se cría en una familia de muchos hermanos, cuenta con la ventaja de tener, en un universo limitado, un panorama muy amplio de la raza humana. Una misma situación puede ser interpretada y vivida de las formas más diversas; aunque el hecho sea objetivamente el mismo para todos.
Cuando suena el despertador, por ejemplo, durante los días de semana, uno a uno van reaccionando y comienza una exposición clarísima de personalidades y genes sin filtro alguno. Salir de la cama, pedir permiso para cepillarse los dientes, buscar la ropa en el placard con una hendija de luz porque otro duerme, intentar no hacer ruido y hacerlo igual, y buscar la forma de llegar a la cocina primero para adueñarse de la sección principal del diario (a pesar de que haya que soportar a los parientes que “cogotean” por sobre nuestra cabeza para llevarse un panorama de los principales títulos), son moneda corriente, pero cada uno vive esta rutina a su manera. Con sentarse frente a frente a los demás y mirarles la cara, vemos que algunos siguen en sus sueños a pesar de estar despiertos (siempre, indefectiblemente), y es recomendable no dirigirles la palabra hasta que hayan terminado su segunda taza de café (caso contrario, el riesgo de recibir un “ladrido” en lugar de palabras es altísimo). Y están los que se despiertan con ganas de cantar, charlar, charlar y charlar… la vida les sonríe a las siete de la mañana, una realidad difícil de comprender, por cierto. O los que llegan a la mesa del desayuno sin siquiera lavarse la cara (porque parece que lo que los despabila es ingerir alimentos), con expresión de “nada” en la mirada, pelos parados y la marca de la almohada; para enfrentarse a los que pensamos que el tiempo es oro, que estar “siempre listos” es positivo para empezar el día de otra forma y que arrancamos con las llaves en la mano para encarar la calle. Es obvio que el que está en off side, invariablemente, es el otro, porque los inentendibles son los demás, jamás yo.
Y la historia se repite con los cónyuges, hijos y los hijos de nuestros hijos: unos se despiertan solos, se visten y en cinco minutos están listos. Y otros, que heredaron los genes de la familia política (comentario inevitable), no reaccionan ni aunque les pase un tren por encima (a esos hay que llevarles algo para tomar a la cama, acompañarlos al baño, vestirlos y hablarles pausadamente y sin apuro para que no hagan “ebullición”). Una cosa es segura, la rutina familiar se vuelve interesante cuando nos dejamos extraer y nos convertimos en observadores. ¿Y por qué no empezar por el primer momento del día?
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Rosario Lanusse
Directora |
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