MAYO 2010






 

EN FOCO
TEXTO: PABLO MARINI (*1) | ILUSTRACIÓN: GASTÓN LENTINI
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"Es la Historia, estúpido" (*2)

La celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810 constituye una oportunidad para repensar nuestros orígenes y nuestros destinos. Una ocasión ideal para que preparemos a nuestros hijos para el futuro.

(*2) Parafraseamos la frase “La economía, estúpido” (the economy, stupid), muy utilizada en la política estadounidense durante la campaña elec toral de Bill Clinton en 1992 contra George H. W. Bush (padre), que lo llevó a conver tirse en presidente de los Estados Unidos. Luego la frase se popularizó como “Es la economía, estúpido” y su estruc tura ha sido utilizada para remarcar los más diversos aspec tos que se consideran esenciales.

Mesa de examen en la universidad. Febrero de 2010. Calor. Menos mal que ahora hay aire acondicionado. Frente a nosotros, “aterrado”, uno de los tantos alumnos de primer año que se presenta a rendir. Parece que estuviera sentado en una especie de “silla eléctrica”. Pero en realidad sólo está por dar un examen oral. ¿Materia?: una de las que dictamos en Formación: Filosofía. Carrera: una de las tantas que no tienen relación directa con la Historia. La cosa viene peliaguda. Le estamos sacando las respuestas “con un sacacorchos”. Y por ahí se me ocurre preguntarle –nada que ver con el tema del examen, pero a veces lo hacemos para evaluar cultura general– si sabía “por qué se festejaba este año un Bicentenario en la Argentina”. No puedo describirles la “cara de nada” que nos puso (creo que al lado de este alumno, Van Damme, Steven Seagal y Keanu Reeves son actores para un Oscar). Ante su silencio, elevo un poco la voz: “¡Ehh, señor! –le digo con contenida impaciencia–, lo único que tiene que hacer es restarle a 2010 doscientos años a ver qué le da”. El otro seguía en Babia. Insisto: “Señor, es 1810. ¿Qué pasó en 1810 en la Argentina?”. Y la respuesta, sin demasiada vergüenza: “No sé”. “¿Puede mencionar algún hecho histórico de relevancia del siglo XIX?”, repregunto. Como si le hubiera interrogado sobre el proceso de cristalización del cuarzo, mueve la cabeza de lado a lado negativamente.

Y no son casos aislados. Ante esto uno no sabe con quién agarrársela (¿la familia, el Estado, los maestros…?). Daban ganas de preguntarle: “Dime, querido, ¿dónde estuviste los últimos doce años de tu vida?, ¿en un frasco de formol?”. Pero, no, no, sabemos bien dónde estuvo: en un colegio donde se supone que estas cosas que le preguntamos tienen que ser el pan de cada día.

Con sus más y sus menos, podríamos decir que la mayoría (y estoy hablando de más del 80%) de los alumnos que llegan a la universidad, en cualquier carrera, sufren de lo que yo llamo “mutilación histórica”. Es decir, una tremenda incapacidad para situar su entorno y lo que a ellos les ocurre en un contexto histórico con sentido, ubicarse en una tradición que los conecte con el pasado. Y lo que más desespera es que ni siquiera se dan cuenta de esa discapacidad.

La falta de “ideas generales”, la falta del “universalismo a través de las diferencias” es un déficit crónico que nos hipoteca como sociedad. Esto se refleja en la actitud espiritual de buena parte de nuestros compatriotas que han perdido –o están en camino de perder– todo deseo y toda expectativa de pensarse a sí mismos no sólo como individuos, sino también como integrantes de una comunidad provista de un destino y leal a un pasado histórico.

El hombre como ser histórico
El hombre está incrustado incuestionablemente en la historia. Pero no sólo está en la historia, sino que también, y por el lado que más precisamente lo define, es historia. Su herencia peculiar no es biológica (como en el animal), sino la psíquico-espiritual, condensada en la cultura, tesoro común en trámite de un continuo enriquecimiento.

Conocer el curso efectivo y real de la historia, de nuestra historia individual, de nuestra historia como comunidad política, es, por lo tanto, esforzarse por reconstituir intelectualmente aquella realidad última y fundamental en que ha ocurrido y ocurre todo: lo que hacemos, lo que pensamos y sentimos, lo que queremos e imaginamos.

Si esto es así, ¿se entiende lo que implica que nuestros hijos, ahogados en información que les es imposible procesar o “divertidos” en el mundo virtual de sus computadoras, ignoren lo más elemental de nuestro pasado? ¿Se capta la terrible orfandad de instrumentos de comprensión en la que caen, lo que evita que ellos puedan ubicarse plenamente en una Historia nacional? Porque la historia de nuestra Patria no es una mera continuidad en la duración, sino una herencia que se entrega, una tradición (de “traducere”, entregar) en el más pleno sentido de la palabra. Este pasado no es una herencia amor fa y plana, sino un conjunto valorizado. Y, ante el cual, el hombre con su libertad puede caer en el error de una aceptación exagerada de ese pasado, convirtiéndolo en ídolo; o también en su opuesto, el repudio del pasado, llegando al fetichismo de creer que lo nuevo es siempre y absolutamente mejor que lo viejo.

Aprovechemos este año del Bicentenario para que nuestras familias reflexionen en torno a esta herencia, para que ella sea una base para continuar el proceso creador. La reelaboración expositiva que cada generación de hombres se ve obligada a realizar no significa destrucción o abandono de lo que las generaciones anteriores consiguieran, sino, al contrario, enriquecimiento. Un proceso que debería apuntar a sentirnos cada vez más dueños de nuestro destino

  PARA PENSAR  
 
En un programa de televisión, el conductor invitaba a políticos del pasado inmediato para reflexionar sobre nuestra Patria. Al final, confrontaba al personaje de turno, generalmente una persona ya mayor, con una foto de la libreta de enrolamiento o cédula del propio invitado, y el anfitrión instaba al político a que le hablara al “joven de la foto” como si lo tuviera enfrente. Me gustó lo que dijo uno de los entrevistados, ya anciano, dirigiéndose a la foto que mostraba el típico joven de la década de los años 40 del siglo pasado, peinado “a la gomina”: “¿Qué le diría? Pues, que no lo he traicionado”. ¿Podríamos, nosotros, decir lo mismo?
 

(*1) Pablo marini El autor es Lic. en Filosofía. Profesor de Teología, Filosofía y Moral , y docente del Doctorado de Historia de la Universidad del Salvador.

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