MARZO 2010






 

EN FOCO
TEXTO: MARIUQUI MAGRANE
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Ring matrimonial
Respiramos el clima que construimos en familia. Las discusiones, aire tóxico en la casa, que impregna de “mala onda” el ambiente.

Pregunta: Estoy casada hace 8 años. ¿importa que los chicos vean cómo me peleo con mi marido? Nuestros hijos tienen 2, 4 y 7 años, nuestra casa es chica y es difícil que no nos escuchen.

Respuesta: ¿Te puedo contar? Fui a visitar a unos tíos por sus cincuenta años de casados. Mientras tomaba un café con ella, le pregunté si en todo este tiempo juntos se habían peleado mucho. Ante mi gran asombro, me contestó que nunca habían discutido. A mí se me escapó un “qué aburrido”, ¡era imposible imaginármelos siempre de acuerdo!

La realidad es que casi todos los matrimonios nos peleamos (todos menos estos tíos, diría). Alguna vez o muy seguido. y, si bien es algo natural, debemos cuidarnos para no hacerlo frente a los hijos.

Si alguna vez se gritan con tu marido ante los niños, deténganse a observar sus caritas; verán cómo sufren. Cuando son chiquitos, les duele ver discutir a sus padres porque los consideran un todo inseparable. Cuando son un poco más grandes, sin querer, suelen tomar partido por uno u otro, y eso los tensiona y desgasta.

Por supuesto que es difícil encontrar el lugar para discutir en la intimidad y, más aún, en una casa chica. Quizá es cuestión de buscar el momento oportuno. Esperen a estar solos. Además, sin testigos somos más sinceros, porque no estamos pensando en la tercera persona que nos observa. y si los arrebata el conflicto delante de algún hijo, ¡ténganlo en cuenta! Alguna pelea por año no marca a los hijos, pero las discusiones continuas y violentas les duelen profundamente.

Los casados sabemos que una discusión matrimonial nos permite conocer más las realidades de cada uno y pone sobre la mesa lo que está incomodando. Es casi inevitable. Pero sí es evitable el espectáculo frente a los chicos. Quizás podemos salir (a un bar o a caminar) y, así, no queda el mal tono de voz flotando en el living. Tratemos de cuidar los espacios familiares para que no terminen decorados con feos recuerdos.

Si aprendemos habilidades para decirnos mejor las cosas, sin gritarnos, buscando los buenos momentos para la crítica constructiva, sin descalificar al otro, vamos a encarar la discusión como algo más sano. En lo posible, pensemos cómo esa pelea puede mejorar la relación, cómo hacer para que los dos salgamos ganando. Así, aprendemos a ver nuestras dudas y nuestros miedos, y vamos transformando nuestro vínculo; sobre todo si perdonamos con grandeza de corazón.

Algo que puede ayudarnos a cambiar es considerar que si bien nuestros hijos nos escuchan o nos ven pelear, pocas veces presencian nuestra reconciliación. Quizás ésta se dio en la cama y el los piensan que seguimos peleados, ¡no entienden nada! Esto les da una gran inseguridad. Cuando son algo más grandes y tienen amigos con padres separados, ya se imaginan la separación de los suyos sólo porque discuten.

Todos podemos quitar vientos a la tormenta si callamos comentarios agresivos o evitamos enumerar listas negras de años anteriores, agrandadas con el tiempo, que sirven para empezar otra nueva pelea… una que difícilmente tendrá final feliz.




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