MARZO 2010






 

EN FOCO
TEXTO: PABLO MARINI | ILUSTRACIÓN: GASTÓN LENTINI
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Pasión por educar
Ante los desalentadores resultados de nuestro sistema educativo, algunos apelan al viejo recurso de echarle la culpa al pasado, otros a las “metodologías” y otros, tozudamente, pretenden seguir usando a nuestros hijos como cobayos de experimentos pedagógicos de dudosa eficacia. ¿No será hora de volver a las fuentes y preguntarnos seriamente sobre la esencia de la labor de enseñar?



En nuestros años de estudiantes, todos nosotros hemos experimentado la obligada influencia de nuestros maestros y profesores. Haya sido benéfica o nociva, no se puede uno sustraer a esos efectos. Seguro que recordamos a “la bruja de Química” o al “plomo de Historia”, pero también es seguro que llevamos en nuestra memoria la huella impresionante que nos han dejado otros maestros: más o menos severos o exigentes, más o menos cordiales, todos ellos tenían algo en común. Tenían entusiasmo por lo que enseñaban, tenían pasión.

De tanto en tanto recuerdo con agradecimiento y cariño a estos profesores que me marcaron en la juventud.

El entusiasmo por educar
Derivada del griego entheos y enthusiasmós (que significa “poseído o inspirado por un dios”), la palabra entusiasmo designa una inspiración divina, una inspiración fogosa y arrebatadora del escritor o del artista, del poeta o del orador, una adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño. Curiosamente hemos sido educados para ver el entusiasmo como algo pasajero, infantil y hasta peligroso. Pero notemos cómo los antiguos relacionaron el entusiasmo con una fuerza de origen divino.

Todo esto viene a cuento al mirar los resultados de los estudios que miden la calidad educa- ti va en l a Argenti na. El úl ti mo i nforme Pi SA, de 2006 (programme for International Student assessment), que cada tres años mide la calidad educativa, nos colocó, sobre 57 países, en el puesto 52 (matemáticas), 53 (comprensión lectora) y 51 (ciencias). De este estudio surge que el 58% de los jóvenes argentinos prácticamente carecen de capacidad de comprender lo que leen. Es preciso tener presente que se trata de jóvenes que están asistiendo a la escuela, ya que la investigación se realiza en ese ámbito. El porcentaje equivalente en países como Finlandia o Corea es de 6%.

Sabemos que no hay una sola causa de esta debacle. Se podrá o no coincidir en la incidencia de tal o cual razón. Pero todos coincidimos en que así no se puede seguir. Como decía un colega amigo, pareciera que nos queremos suicidar educativamente. ¿En qué estamos fallando? Uno de los tantos aspectos que podríamos considerar tiene que ver con la propia actitud docente. Decía el Dr. Jaim Etcheverry respecto de la decadencia de la enseñanza que “no pocos de sus responsables carecen de real pasión por lo que deberían transmitir. Muchos docentes parecen estar bastante preocupados por ser expertos en pedagogía, pero no tanto por conocer lo que deben enseñar. por eso, al no trasuntar genuina pasión por eso que se supone que les interesa tanto como para compartirlo con sus alumnos, no logran interesarlos”.

Como bien se ha dicho, sin entusiasmo podemos transmitir información, pero nunca educar, porque esto implica de alguna manera transformar la vida y para eso hay que convencer desde adentro, hay que movilizar, hay que ayudar a crear compromisos, hay que crear gozo de aprender basado en el gozo de vivir. Pero para todo esto el mismo docente tiene que estar convencido. y se me ocurre que uno de los grandes obstáculos que encuentra hoy este maestro es el ámbito de relativismo y escepticismo imperante. Si no hay grandes verdades, si no hay certezas mínimas, si todo cambia y lo que ayer valía hoy ya no lo vale y lo que hoy vale mañana puede cambiar radicalmente, si esto es así, ¿con qué grado de convicción puedo enseñar? ¿Cómo puedo formar sólidamente si uno mismo está encerrado en su propia confusión?

El papel movilizador que cumple el entusiasmo es evidente en muchos ámbitos de estudio, pero especialmente en el terreno de las materias de formación que dictamos hace veinte años en la universidad. No desprecio las técnicas de enseñanza. Al contrario, me gustaría ser más aplicado en ellas. Pero siempre supe que cumplen un papel secundario cuando aparece la pasión en la enseñanza. ¿Cuántas veces alumnos al principio apáticos se encuentran con la agradable sorpresa de una enseñanza entusiasmante y entusiasmada? Se produce, entonces, lo que los expertos llaman “analgesia escénica”, un estado de “insensibilidad” donde todos los padecimientos (físicos y psicológicos) se ven momentáneamente apartados del ánimo de todos (no sólo de los alumnos). y por eso la clase “se pasa volando”. Son momentos “mágicos” que compensan con creces los inevitables sinsabores que podamos vivir en la apasionante aventura de enseñar.

 
Para pensar

“Me enfurece la idea de que la gente de mundo crea con más apasionamiento en las cosas del mundo que los creyentes en las cosas de la fe. ¿por qué un cura ha de vivir su ordenación con menos pasión o menos gozo del que sienten dos enamorados? ¿Cómo puede un teólogo hablar de Dios con menos entusiasmo que el esposo de la esposa o el padre de sus hijos? ¿por qué los creyentes gozan menos en las iglesias que los espectadores en el cine? ¿Es, acaso, que Dios es más aburrido que la televisión?

¡Qué difícil es, sin embargo, encontrar creyentes rebosantes! ¡Y qué gusto cuando alguien te habla de su fe con los ojos brillantes, saliéndose Cristo por la boca a borbotones!

Confieso que lo que más me molesta de un sermón es que sea aburrido. Y no por razones literarias, sino porque todo el que aburre cuando habla es que no siente lo que dice. Cuando, en cambio, me encuentro con un cura que a lo mejor habla mal y dice cosas poco novedosas, pero las dice con pasión, con gozo de decir lo que predica, entonces uno respira porque yo nunca podré aceptar la fe de alguien que no es feliz con ella.”

Martín Descalzo
 

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