JUNIO 2010






 

ESPECIAL SUDÁFRICA
Texto: Pilar Santillán | Fotos: Pilar Santillán y gentileza Cape Winelands
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Apuntes de Sudáfrica


Impresiones de un viaje de siete días. El relato de lo que se puede hacer en el país de Mandela (además de ir al Mundial).

El oficial de migraciones de Ciudad del Cabo observa los pasaportes argentinos y sonríe. Tiene una sonrisa amplia y blanca, que contrasta con su tez chocolate. “¡Argentina!”, se sorprende. Claro, el continente americano queda lejos, bien lejos de aquí (entre Buenos Aires y esta ciudad, hay 6775 km de distancia, que se recorren en nueve horas de vuelo a la ida y once a la vuelta, haciendo escala en Johannesburgo). Enseguida comienza a entonar en un inglés cerrado Don´t cry for me Argentina… y, sellando los documentos, nos da oficialmente la bienvenida a Sudáfrica, “la América” del continente africano.


Adaptarse sin anestesia
Subirse a un auto aquí es una experiencia distinta. Por empezar, ocuparemos el asiento izquierdo, en calidad de acompañantes, mientras la persona que maneja se asoma por la ventana derecha para pagar el peaje, utiliza la mano izquierda para realizar los cambios de marcha, y conduce el automóvil por el carril izquierdo. La sensación de ir contramano es constante, por lo menos hasta que luego de un rato comprobemos que está todo en orden y que ningún auto aparecerá repentinamente de nuestro lado (en cambio, los baboons, unos pequeños monos salvajes, no pedirán permiso para cruzar la ruta). Por otro lado, la gran cantidad de Hummers, BMWs o Audis parece algo habitual aquí, donde el parque automotor es muy moderno.

Luego de viajar 40 minutos desde el aeropuerto internacional, hacemos nuestra primera parada en Stellenbosch, un pueblo rodeado de montañas que forma parte de la región de las Cape winelands, en la provincia de Western Cape, tierras de viñedos donde se pueden encontrar bodegas del siglo XVII. Además de su fama por ser el corazón de la industria vitivinícola (hay más de 106 bodegas), Stellenbosch es conocida por el cultivo de frutillas.

Casi sin tiempo de adaptarnos al nuevo entorno, visitamos una reserva de chitas, ubicada en el predio del Hotel Spier. Acariciar uno de estos felinos cuesta unos 100 rands para los adultos y la mitad para los niños (se calculan 7 rands por dólar americano). Y, como llegar hasta acá no deja lugar a temores, cada uno hace la prueba de tocar el suave pelaje moteado, intentando no despertar antipatías.

En Moyo, no hay jet lag que valga
Cinco horas de diferencia horaria se convierten en un cansancio arrollador cuando sobreviene la primera noche en el continente africano. Ha refrescado y, aunque el restaurante al que nos dirigimos es al aire libre, no hay por qué preocuparse, según lo que comentan los lugareños. El carrito de golf que nos ha traído desde el hotel estaciona, allí está Moyo. Tras los frondosos árboles, surge un mundo de película. Carpas distribuidas entre la vegetación exuberante, caminos iluminados por luz tenue, numerosos grupos de negros charlando animadamente, trago en mano, y con un fondo de tambores y alegres cantos tribales. Nuestra mesa es bien especial, por lo menos para quienes no habíamos comido nunca antes “en las alturas”. Hemos subido una escalera construida al lado de un árbol, para poder llegar a un entrepiso, cuyo techo son ramas, luna y estrellas. La cena de lujo incluye un facepainting con toque regional —pintitas blancas que convierten a las mujeres del grupo en reinas zulúes— y un coro nos da la bienvenida con sus voces. La elegancia que amerita el contexto dura hasta que el frío obligue a hacer uso de las frazadas que descansan en el respaldo de cada asiento. De todos modos, al tener un sistema buffet, el ir y venir hace que nos olvidemos de la temperatura, y nos concentremos en lo exótico de la comida: antílope, gacela (más conocida como springbok, ícono del rugby sudafricano) y bobotie (un pastel de carne de cordero picante), entre otros platos más conocidos.



Antes y después del terremoto
El año de la llegada a la luna tiene otro significado en Tulbagh. Sus habitantes arman los relatos en función del terremoto devastador que destruyó la ciudad en 1969, todo es un antes y un después de esa tragedia. Por ejemplo, la Church street, calle emblema de Tulbagh, fue completamente reconstruida y hoy se pueden ver en perfecto estado 32 casas de finales del siglo XVIII, de estilo Cape Dutch, declaradas monumentos de interés histórico-artístico. Una de ellas es el restaurante Readers, que funciona desde 1997 en una casa originaria de 1754. Carol Collins, su dueña y cocinera, va y viene con los pedidos del menú que se encarga de cambiar todos los días. El 26 de marzo de este año, por ejemplo, sugería filet de avestruz con salsa de grosella y amarula, strudel de cordero y budín de brandy (aguardiente sudafricano), entre otros riquísimos platos.

Afuera, los robles otoñales que bordean las calles, y las montañas, que en invierno se cubren de blanco, generan un ambiente romántico. No por nada a esta ciudad vienen los novios de todas partes del mundo a casarse. Lo pueden hacer en la iglesia de 1743 que da nombre a la calle o en el medio de los viñedos, ya que Tulbagh también es parte de la ruta del vino. El hotel boutique Rijk´s es especial para estos eventos por el lujo de sus habitaciones de campo, la belleza de las vides que lo rodean y la calidad de su bodega.

Otra curiosidad que ofrece esta ciudad es la celebración de la Navidad en junio (este año, durante el 26 y 27 de ese mes).

Manejando las killing machines
El frío y la lluvia finita amenazan con arruinar el programa de aventura. Camino a Ceres, en la reserva natural Matroosberg, nos abrigamos para enfrentar el clima a bordo de cuatriciclos. Didi, la encargada del lugar y quien nos guiará en el recorrido por la sabana africana, apela a un discurso algo exagerado para que no le tomemos el gusto a la velocidad. Habla de las killing machines (“máquinas asesinas”), de su padre “un experto conductor” que tuvo un accidente y terminó con un brazo en mal estado y de lo que cuestan los repuestos de los cuatriciclos. Por supuesto, nadie se anima a acelerar del todo. La visita incluye dos paradas en lugares estratégicos: un galpón que almacena toneladas de cebollas (los dueños de la finca comercializan 30 millones de unidades por temporada), que ancianos y mujeres provenientes de la zona este del país se encargan de seleccionar y embolsar, y un bosquecito de manzanos, tras cuyas ramas surgen decenas de personas que desde lo alto de escaleras eligen las frutas. Un perro ladra repentinamente, muestra sus dientes, mientras le gruñe a un joven. Los ojos del trabajador se desorbitan, lo domina el pánico. Didi ahuyenta al animal y, aunque es blanca y habla inglés, intercambia algunas palabras en khoza con el chico, un idioma incomprensible para nosotros (después nos enteramos de que en Sudáfrica se hablan más de 11 lenguas, aunque los idiomas oficiales son el inglés y el afrikáans). Ante nuestro desconcierto, la mujer nos explica con naturalidad: “Los perros ya los reconocen. Algunos de los que trabajan acá son los mismos que luego roban en tu casa, violan a las mujeres y matan”.



Ceres, de noche. Ceres, de día
Por primera vez, el color de piel cobra cierto peso. Es, más que nada, una actitud propia la que nos lleva a tener temor a lo desconocido. Hemos decidido lanzarnos a la aventura y apartarnos del itinerario turístico, caminando solos por las calles de una Ceres nocturna. Somos dos mujeres y un hombre. ¿Será este pueblo tan oscuro? Las calles no tienen luz. El alumbrado público hoy no funciona. Las personas casi no se distinguen. Algunos se amontonan en las esquinas. ¿Realmente es buena idea o nos habremos equivocado? Nuestra piel blanca marca una diferencia abismal. Pero ellos no nos miran. Parecieran no interesarse ni percibir nuestro miedo, que realmente es injustificado.

De día, Ceres luce distinta. Es una ciudad tranquila, ubicada a unos 150 km de Ciudad del Cabo, en un valle reconocido por sus cítricos y sus deliciosos jugos naturales, que desde arriba de la montaña luce imponente, haciendo honor a su fama: el edén del Cabo.

Sin safari, no hay Sudáfrica
El ritual de visita a este país exige un safari para poder decir “estuvimos en África”, antes de emprender la vuelta. En Aquila Game Reserve, los big five (el león, el elefante, el rinoceronte, el búfalo y el leopardo) no se hacen esperar. El guía dice que tuvimos suerte, que a veces los leones no aparecen. Están echados, somnolientos y no se inmutan cuando el vehículo 4 x 4 estaciona.

En una semana, hemos conocido Sudáfrica. Tiempo suficiente para llevarse impresiones de un país que en este mes mundialista recibirá a más de 450 mil visitantes y que se prepara para ofrecerles lo mejor.

 


Datos que no estan en la guía de viajes

  • Del 1º al 4 de julio de este año, Stellenbosch celebra su Wine Festival.

  • El free shop del aeropuerto de Johannesburgo no acepta dólares americanos.

  • Viajar en auto por las rutas sudafricanas completa su exotismo si se escucha The best of Mahiathini and the Mahotella Queens a todo volumen.

  • El aeropuerto de Johannesburgo y Ezeiza tienen algo en común: riesgo de sabotaje de valijas. Candado o envoltura con papel film son imprescindibles.

  • En Ceres, hay una casa funeraria bastante particular: su dueño, Match Jantjies, es un personaje muy simpático coleccionista de autitos de juguete. Detrás del mostrador, se apilan los cajones; a un costado, y ocultas por una cortina, las vitrinas protegen la inmensa colección de más de 5000 autos.

  • Koos y Mandy Möller forman un joven matrimonio que ha convertido su granja en un establecimiento turístico de lujo. Las cabañas de Arum Lily Cottage, a cuyas espaldas se extienden los viñedos, están decoradas con un gusto exquisito. A la hora de la cena (siete de la tarde a más tardar), reciben cálidamente a los turistas a compartir un rico asado con familia y amigos.

  • En Ciudad del Cabo es frecuente ver pequeños grupos de personas en las esquinas, en actitud de espera. Son inmigrantes de Zimbabwe, Mozambique, Angola, que aguardan una “changa” por el día. No siempre tienen suerte.
 

Un paseo por las bodegas
Sudáfrica es el noveno productor de vinos del mundo, que exporta a Gran Bretaña, Alemania, Países Bajos, Suecia, sudeste asiático, Estados Unidos, entre otros. La región de Cape Winelands concentra los mejores sabores para una degustación completa.

  • Asara Wine Estate (Stellenbosch)
    Establecida en 1691, es una de las bodegas más antiguas del lugar. En su nombre se conjugan los dioses africanos de la Tierra, el Sol y el Cielo –Astar, Asis & Asase–, armonía de elementos que se traducen en sus vinos.
    www.asara.co.za

  • Rijk’s (Tulbagh)
    Además de casa de campo, Rijk’s tiene una bodega privada, caracterizada por sus blends. “Mezclar te da la oportunidad de ser creativo”, afirma su winemaker, Pierre Wahl. ¿Su preferido? El Fascination 2008, una combinación de semillón y sauvignon blanc.
    www.rijks.co.za

  • The House of Krone (Tulbagh)
    Una bodega familiar nacida en 1710, caracterizada por sus espumantes. Hoy, 300 años después, Nicky Krone y dos de sus hijos llevan el legado. Desde la recolección de las uvas hasta el etiquetado, todo está hecho a mano.
    www.houseofkrone.co.za

  • Saronsberg (Tulbagh)
    Esta bodega tiene varios distintivos: es moderna (fue construida en 2003), ofrece colecciones de arte y su winemaker es el más joven de la zona (Tulbagh). Desde la sala de degustaciones, se puede apreciar la montaña Saronsberg reflejada en una laguna.
    www.saronsberg.com

  • Waverley Hills (entre Tulbagh y Ceres)
    Ubicada en la cuenca de dos ríos, el Breed y el Berg, esta bodega familiar se especializa en vinos orgánicos (sin conservantes), cuya suavidad es muy bien aceptada en el mercado asiático, y aceite de oliva.
    www.waverleyhills.co.za

  • KWV Wine Emporium (en Paarl)
    Uno de los productores más importantes del país: 30 millones de litros de brandy por año (la degustación se acompaña de delicioso chocolate belga) y 8 millones de litros de vino tinto, que se almacenan en toneles.
    www.kwvwineemporium.co.za
 


Para agendar

  1. Viajar en
    Southafrican Airways (tres vuelos semanales a Sudáfrica): www.flysaa.com


  2. Dormir en
    Spier Hotel: www.spier.co.za
    Devon Valley Hotel: www.devonvalleyhotel.com
    Rijk’s: www.rijks.co.za
    Arum Lily Cottage: www.arumlilycottage.co.za
    Cabañas de Aquila Game Reserve: www.aquilasafari.com


  3. Comer en
    Moyo Restaurante: www.moyo.co.za
    Readers: www.tulbagh.net/readers_restaurant.htm
    Paddagang: www.tulbagh.net/paddagang.htm
    Baba: www.babasjem.co.za
    Waverley Hills: www.waverleyhills.co.za

  4. Más info en: www.southafrica.net

 

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