JULIO 2010






 

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      Texto: Pablo Marini* | IlustracióN : Gastón Lentini
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El valor de la palabra dada
Con la vigencia en estos últimos tiempos de lo que se ha dado en llamar “la dictadura del relativismo” no nos debe extrañar que se haya debilitado radicalmente el valor de la palabra empeñada.

Hay un episodio conocido de la Primera Guerra Púnica, entre romanos y cartagineses. En el año 255 a.C. el militar car taginés Jantipo marchó hacia campo abierto para hacer frente al enemigo –aun cuando sus fuerzas eran muy inferiores en número a los romanos– y derrotó completamente a las tropas de Marco Atilio Régulo en los llanos del Bagradas, y el mismo Régulo fue hecho prisionero; junto con quinientos más. En el año 250 a.C., cuando los cartagineses sufrieron algunos reveses militares, enviaron una embajada a Roma para solicitar la paz, o por lo menos un intercambio de prisioneros.

Como los car tagineses sabían que Atilio Régulo era un romano notable, le permitieron ir con ellos a Roma para negociar la paz, pero tenía que dar la palabra de volver en caso de que la propuesta fuera rechazada. La embajada de Régulo es uno de los relatos más célebres de la historia romana. Atilio va a Roma y habla en el Senado en contra del acuerdo por considerar que era contrario a los intereses de la República. El Senado sigue su consejo y vota negativamente, pero los amigos de Régulo trataron de persuadirlo de que se quedara para salvar su vida. Sin embargo, el noble romano dijo que no, él había dado su palabra de volver, y así lo hizo. Sabía que lo iban a torturar y matar, lo que efectivamente sucedió, pero mantuvo la palabra. “Mantener la palabra”, ser “fiel”, era una pieza esencial de la formación en las virtudes romanas.

Por supuesto que aquí no nos estamos refiriendo a la fides en tanto doctrina religiosa. Se trata de la persona fiel, aquella “que no falta a la palabra dada, que cumple sus compromisos, que es firme y constante en su afección; exacto, conforme a la verdad”, como señala el diccionario. Y aun así, tal virtud los paganos la referían a lo divino. De allí la expresión religiosa pro deum fidem (“por la fe de los dioses”) utilizada como fórmula de juramento.

Cuando damos la palabra a los demás, cuando somos fieles a ella, ésta tiene un doble efecto:

• ante todo, les tributa a los demás un honor, porque los consideramos personas de respeto.

• por otra par te, nos gana a nosotros su confianza, porque saben que pueden fiarse de nosotros, nos consideran íntegros, aceptan que nuestra palabra refleja nuestra integridad. Y esto es el gran promotor de la armonía, la claridad, la unión y la honra, hacia nosotros mismos y hacia los demás.

¿Qué pasa, entonces, cuando no somos fieles a nuestra palabra?

• el incumplimiento de la palabra es un acto de violencia, una desconsideración, una deshones tidad. Son ac tos hos tiles que resultan en una burla, una falta de respeto hacia los demás.

• automáticamente, se genera la desconfianza que fomenta el conflicto y la discordia. Siempre hallaremos la falta de integridad en la raíz del conflicto, los inconvenientes y la discordia en nuestras relaciones, incluyendo la relación que tenemos con nosotros mismos.

La palabra es la expresión cumplida de lo que somos. Es el único patrimonio que nos queda cuando no nos queda nada. Es la forma en que nos definimos y en la que nos entienden. Es la forma también en que definimos a las cosas, según las reglas de un sano realismo metafísico. Respetarla es respetarnos; desecharla es creer que no ser nada es mejor que ser lo que somos; es, en último término, aborrecernos.

La crisis de la palabra en el mundo moderno
Frente a la pretensión realista de que la palabra es un vehículo válido para acceder a lo real, los racionalismos e idealismos de toda laya, erróneamente, han afirmado que tal pretensión no sería legítima. De posturas como éstas se pasa insensiblemente al escepticismo y al relativismo moderno. Las consecuencias prácticas son desastrosas. ¿Y qué tienen que ver con la fidelidad? Muchísimo.

¿Cómo puedo ser fiel a algo, a mi palabra, si todas las cosas pueden ser interpretadas, reinterpretadas libremente, si las cosas no son inexorables, si en el fondo de todos mis empeños no hay verdad en las cosas? ¿Para qué voy a empeñar mi palabra si todo se puede modificar?

Creo que muchos no saben el valor que tienen y cuánto nos marcan nuestras propias palabras y promesas no cumplidas. “No doy mi palabra, no prometo nada” es algo que deberíamos tener siempre presente para que nuestra palabra no pierda valor. Hemos olvidado aquello del Evangelio según san Mateo (5, 37) cuando Jesús, hablando de los juramentos y de las promesas, enseñó: “Que vuestro decir sea sí, sí; no, no”. Y agregó, sugestivamente, una advertencia final: “Todo lo que excede a esto, viene del Maligno”.

 
Para pensar: Como se dice en el código samurai: “Las palabras de un hombre son como sus huellas; puedes seguirlas donde quiera que él vaya”.
 

* El autor es Lic. en Filosofía. Profesor de Teología, Filosofía y Moral , y docente del Doctorado de Historia de la Universidad del Salvador.

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