Auténticos Decadentes
Desde hace un tiempo, encontramos en los medios personas que muestran sin pudores sus intimidades o expresan la defensa ampulosa de antivalores, motivando el aplauso de algunos confundidos por la supuesta “autenticidad” de este tipo de actitudes.
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Durante todo el año, y con mayor frecuencia en el verano, al encender la televisión uno se topa con el muestrario inacabable de miserias humanas en que se han convertido los programas de chimentos de nuestra retroalimentada programación televisiva. Vivimos en una sociedad en donde los “mass-media” frecuentemente elogian a estas personas por su supuesta o real autenticidad, aun cuando estas actitudes están fundadas en una demolición radical de los mismos principios morales, basados en el relativismo dominante. Pero si todo es relativo, las cosas, entonces, no son deseadas porque son buenas, sino que son buenas porque son deseadas. y entonces la famosa “autenticidad” no es tan meritoria como se cree.
Lo que no parece advertirse es que si para la sociedad actual “ser auténtico” es obrar siempre de acuerdo con sus convicciones más íntimas y sus más básicos principios, aunque estos principios sean profundamente degradantes y lesivos de la dignidad de la persona (y, especialmente, de esa misma persona que aparece en los medios “enorgulleciéndose” de encarnarlos), la misma sociedad se queda sin criterios objetivos para poder distinguir lo que es verdaderamente auténtico de lo que no lo es.
El inauténtico Felipe II y el auténtico Enrique VIII
Un excelente artículo de hace casi 40 años del filósofo Jacinto Choza nos recordaba esto claramente: comparaba al inauténtico Felipe ii con el supuestamente auténtico Enrique VIII.
Es cierto, nos dice Choza, que Felipe ii no actuaba siempre de acuerdo con sus convicciones cristianas más básicas. Con frecuencia no era auténtico, pero sometía estas incoherencias al juicio y a las amonestaciones de un sencillo fraile frente al cual se arrepentía.
Su colega Enrique VIII , “el bueno de Enrique”, no quiso obrar en contra de sus más íntimas convicciones y de sus más básicos principios, y en aras de la “autenticidad”, para evitar que sus deseos hacia Ana bolena fueran deshonestos, convirtió en honesto lo que deseaba. Como dice Choza, para ello tuvo que hacer pasar “por entre las dos sábanas de su lecho las conciencias de todos sus compatriotas (excepto –agregamos nosotros– la de todos los már tires católicos ejecutados que se negaron a firmar el Acta de Supremacía, entre ellos santo Tomás Moro y el santo obispo Fisher). Enrique no quiso ser un “sinvergüenza inauténtico”, y se convirtió en un auténtico sinvergüenza. Cuando los dirigentes actúan como Enrique es cuando los pueblos pierden la brújula.
Que un hombre abandone sus principios básicos por una mujer, dejando los principios básicos donde estaban, es reprobable, pero dice algo a favor de ese hombre, el cual podrá volver a sus principios cuando quiera, porque seguirán estando donde los había dejado.
Que un hombre lleve consigo sus principios, haciéndolos cambiar con sus deseos no habla bien de ese hombre: porque el que se lleva consigo sus propios principios, en lugar de abandonarlos, nunca podrá volver a donde los había dejado, sencillamente, porque ya no están en ninguna parte. y encima, se corta a sí mismo la retirada hacia el arrepentimiento.
Por una mujer hermosa se explican muchas locuras, pero no todas: hace comprensible que un hombre abandone sus principios, pero no que los borre. La supresión de los principios tiene la ventaja de que ya no es posible hacer el mal, pero tiene el inconveniente de que tampoco se puede hacer el bien. Si ninguna acción es reprobable, por el mismo motivo ninguna es enaltecible. La supresión de los principios es la supresión de las lealtades, y si nada se prescribe, ni siquiera el amor es meritorio. Sólo puede haber traición donde también hay juramento, sólo puede haber fariseísmo donde también hay auténtica religiosidad. Por eso los incoherentes, los inauténticos, paradójicamente, contribuyen a mantener la salud psíquica de los pueblos. Porque han dejado los principios en su lugar, su autenticidad es virtud; su inautenticidad, pasión; sus amoríos, pecados; su arrepentimiento, salvación; y su vida difícilmente deje resquicios para el hastío y la indiferencia.
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Para pensar
“La verdadera autenticidad consiste, ante todo, en obrar cada ser de acuerdo con su naturaleza. Los animales son auténticos con sólo ser tales animales y vivir según su instinto se lo imponga. Pero el hombre que alega autenticidad para entregarse a sus aberraciones, desconoce que su propio instinto, imperfecto y falible, sólo puede obrar en sujeción a los dictados de la razón.
no tiene por qué confundirse autenticidad con rebeldía sino solamente en tanto ésta se manifieste como reacción contra lo inauténtico, y que esa manifestación no sea estallido brutal o estúpido, sino oposición racional y de la que pueda esperarse fruto”.
Guillermo Gallardo
(Académico Nacional de Historia y miembro de la
Junta de Historia Eclesiástica Argentina) |
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