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NOTA DEL MES
TEXTO: PILAR SANTILLÁN | FOTOS: SANTIAGO RODRÍGUEZ DEL POZO
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Cuando tejer es no olvidar
Belén y Santa María son dos ciudades del norte catamarqueño donde todavía se preserva la costumbre del tejido en telar. Familias, agrupaciones e iniciativas privadas se han convertido en los pilares de una tradición que pugna por no desaparecer.

Sería injusto darle nombre propio a los protagonistas de esta historia (real, por si alguno por “historia” entiende ficción) que, en realidad, involucra a familias enteras y a muchas personas que la tiranía del tiempo y el destino no nos ha permitido conocer en este viaje a Catamarca. Pero como los relatos exigen nombres y acciones, quedémonos con Rosita, Petrona, Guillermina, Demetrio, Susana, Antonio y demás personajes, como representantes de un grupo mucho más numeroso que, con su paciente labor, demuestra cómo puede persistir una tradición ancestral, aunque las circunstancias dictaminen lo contrario.
Las arañitas hilanderas
Detrás de la esquina pelada, se recortan los cerros catamarqueños, apenas visibles por la escasa luz del atardecer. Un cartel colgado sobre la puerta de hierro presenta al grupo de mujeres que en el interior de la casa conversan alborotadas mientras cada una realiza su tarea. El nombre de la cooperativa no puede ser más acertado: las “arañitas hilanderas” son incansables. Las 25 integrantes están bajo el mando de Rosita Usqueda, la mujer que allá por 2001 se propuso crear una actividad para que las mujeres de belén, una ciudad ubicada a 285 km de San Fernando del Valle de Catamarca, no sucumbieran ante la crisis económica y encontraran un espacio de contención social. Primero se dedicaron a cocinar masitas, que luego vendían, y más tarde, decidieron abocarse al tejido en telar. “Muchas no sabían nada sobre este arte. Entre lo que había aprendido yo de niña mirando a mi abuelita y mi tía, y lo que nos enseñó una mujer, pudimos defendernos bien”, explica la “arañita” fundadora. En la galería y el patio de tierra, las jóvenes se dedican a trabajar la lana, que luego de un proceso que consta de varias etapas (ver recuadro “Paso a paso”), se materializa en almohadones, caminitos de mesa, alfombras, individuales, bolsos y chalecos, productos que venden en ferias y a particulares.

Con el sello de la vicuña
Petrona Contreras (67) es mujer menudita y de contextura mínima. Sentada, apenas roza el suelo con sus pies. hace girar el huso con la velocidad que le da su experiencia. Puede mantener la mirada en su interlocutor, sin interrumpir su actividad. En el patio abierto de su casa, se reúne algunas tardes con otras mujeres (son 60 en total) y un puñado de hombres, que conforman la Asociación de Hilanderas y Tejedoras de vicuña de Belén, nacida en 2004 para revalorizar este arte y este material.
De hecho, si bien el aceite de oliva, las nueces, las pasas de uva sin semilla y el turismo minero conforman el listado de “orgullos catamarqueños”, al poncho de vicuña se lo considera la referencia provincial más importante, al menos en belén, ciudad que sus habitantes denominan la “cuna del poncho”. A diferencia de la prenda salteña, el poncho de aquí se caracteriza por sus tonos marrones y beige, y su contextura fina que la suavidad de la vicuña le otorga.
Las hilanderas y tejedoras también confeccionan mantas, chalinas, ruanas, corbatines, y chales. Trabajan con fibra de vicuña legal procedente de la esquila de la Reserva de Laguna blanca, de 770.000 has, la más grande de las únicas dos reservas de Argentina (la segunda se ubica en Abra Pampa, jujuy).
“A los jóvenes no les interesa el telar”, se lamenta Antonio Carrizo, uno de los pocos hombres que integran el grupo. La razón principal de la lenta renovación generacional es que este trabajo ofrece resultados económicos a largo plazo, que no todos pueden ni están dispuestos esperar: “Por ejemplo, esta manta de vicuña está formada por 1400 hebras. Esto signif ica un trabajo de 15 jornadas de 8 horas de trabajo de dos personas. Después hay que salir a vender”, explica Petrona, mientras extiende la manta de 2,10 m x 1,40 m.
En otra época, en cambio, ya de niños se los acostumbraba a andar con el huso y participar de la labor familiar. Guillermina Zárate, oriunda de La Tercena (Fray Mamerto Esquiú) y hoy referente indiscutido en el tejido de vicuña, rememora aquellos días en que jugando a la mancha le quedaban “los bolsillos tirados” y la consecuente necesidad de zurcir el daño. “Así aprendí a hilar”, resume.

La familia sea unida
Cuando Demetrio Istaniz Gómez (73) era pequeño, entre belén y barranca Larga (su pueblo de origen) había que “echar” más de 20 días en burro para desandar los 100 km de distancia. hoy ya no tiene que realizar semejante tramo, simplemente porque desde 1983 está instalado junto con su mujer y sus seis hijos en la cuna del poncho. En belén, todos conocen al hombre de bigotes e infaltable sombrero. Dentro de su casa, uno puede intuir por qué. En un ambiente oscuro y pequeño, se distribuyen vellones sueltos, artesanías en cuero, ponchos que cuelgan de las paredes, cestos y mantas apiladas, que resumen sus largos años de trabajo. A un costado, un libro de visitas revela que en la casa-taller “Chango real” hubo personas de todo el mundo. “Los cuatro ponchos de dos haces, para los que trabajó toda mi familia, hoy están en japón, Alemania, Mar ruecos y la provincia de Córdoba”, explica el dicharachero Demetrio y despliega uno para mostrar cuál es la particularidad de estos ponchos: no tienen revés, cada costado tiene un color diferente y se teje todo junto. Su mujer, Susana, también comenta por lo bajo. “Todo hacimos (sic) entre los dos. nos ayudamos mucho”, cuenta Demetrio, mientras le da una palmadita.
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Tintes naturales
Tiñendo la lana con repollo morado, yerba mate, hojas de eucalipto, cáscara de cebolla, cáscara de nuez, flores, frutos y raíces, las tejedoras obtienen tonalidades verdosas, amarillentas, anaranjadas y violáceas, entre otras posibilidades. Según lo que explican, no es posible lograr el mismo color en procesos de tintura diferentes. El clima, el estado de ánimo y hasta el tiempo que la lana permanece sumergida afectan al resultado. |
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Paso a paso
- Primero se esquila la oveja / llama / vicuña.
- Se limpia el vellón y se le saca las durezas.
- Con el huso, se hilan los cadejos.
- Después de hilar, se unen dos hebras para torcer.
- Una vez torcidas, se hacen madejas para lavar los hilos.
- Cuando están secos, se ovillan para hacer la urdimbre.
- Luego se enliza con ocho palos finos con hilos enlazando el urdido hebra por hebra.
- Una vez enlizado, se lleva al telar y se teje la prenda.
Otro emblema de esta ciudad es “Regionales Los Antonitos”, un emprendimiento familiar que nació “bien de abajo”, de la mano de Antonio Gutiérrez (74), un hombre que no alcanzó el tercer grado de colegio, pero sí llegó a montar un pequeño negocio que fue creciendo con el paso del tiempo y que hoy se traduce en un inmenso galpón de varios ambientes donde se despliegan todo tipo de tejidos y productos artesanales. “Todo lo que tengo, fue hecho a pul-món. A mí no me han dado nada”, masculla. Sus hijos heredaron lo que él supo construir a fuerza de paciencia, tezón y constancia, y hoy son quienes sacan adelante la empresa. A la mañana atienden el local y al mediodía parten para la finca, donde crían llamas y ovejas, cuya lana utilizan luego como materia prima para sus productos. La madre y la hija son las encargadas del broche final, ellas hacen las terminaciones de los tejidos. “no por rústico, desprolijo, siempre nos lo ha dicho mi padre”, aclara Daniel, el hijo mayor.
Santa María teje
La ciudad de Santa María, asentada en los Valles Calchaquíes, que habitaron importantes culturas aborígenes (la incaica y la Santa María), también tiene una gran influencia en la transmisión de este legado artesanal, ya que allí se pueden encontrar historias muy parecidas, con alguna u otra variante, a las que transcurren en belén.
Suena la caja chayera y una copla del altiplano. La veintena de mujeres de Lampacito (a 173 km de belén) que forman “Tinku Kamayu” (en quechua, “reunidas para trabajar”) se han reunido para cantar y darnos la bienvenida. La que lidera el grupo es Margarita Ramírez de Moreno, una señora simpática que no pierde el tiempo y larga a borbotones la explicación de cómo lograron llegar hasta acá. nombra a Dios, a la Virgencita del Valle y al movimiento de los focolares como inspiración y motor. no es extraño, entonces, que los vaivenes del proyecto no la hayan amedrentado. En 2001, se propuso crear una cooperativa basada en la confección de prendas hechas en telar, cuya venta sería el principal sustento económico de aquellas ocho mujeres que formaban el grupo inicial. Eran casi todas analfabetas, apenas sabían hilar y estaban insertas en una sociedad que mira mal el trabajo femenino.
Hoy su modelo fue replicado en varias partes del mundo, sus productos se exportan y, lo más importante, el trabajo de estas mujeres les permitió recuperar su autoestima.
La ruta del tejido
En apenas tres días, Catamarca nos ha sumergido en su ruta del tejido y en la experiencia de su lucha. Con la calidez de anfitriones, los artesanos del telar abrieron sus puertas para mostrar su trabajo paciente y meticuloso. En todos prima el orgullo de saberse transmisores de una costumbre antiquísima. Lo han aprendido de niños y se resisten a perder ese ar te que sus abuelos les enseñaron. Trabajan con ahínco para devolver el verdadero valor que el tejido para ellos merece. Es la historia de muchos nombres que se entrelazan para poder vivir del tejido. Porque, tal como diría Demetrio: “Si todavía no nos hemos muerto de hambre, es porque hay un futuro en esto”.
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Recuperando la memoria
El programa Recuperando la Memoria es una iniciativa de la Universidad Nacional de Catamarca y la Secretaría de Estado de Cultura. Cuenta con siete proyectos. El de Animación de Artesanías Tradicionales y Protección al Artesano de Catamarca busca “animar”, es decir, devolver el “ánima” a las artesanías tradicionales de Catamarca que, arrinconadas por la globalización de los mercados y el menosprecio por las formas culturales autóctonas, corren riesgo de desaparecer. “Es necesario conocer el proceso para valorar”, resume Mercedes Díaz, directora del programa. |
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Glosario
- Vellón: Conjunto de la lana de un carnero u oveja
que se esquila.
- Huso: Instrumento, algo más grueso y más largo
que el de hilar, que sirve para unir y retorcer dos
o más hilos.
- Cadejo: Madeja pequeña de hilo o seda.
- Enlizar: Entre tejedores, añadir lizos al telar
- Urdimbre: Conjunto de hilos que se colocan en
el telar paralelamente unos a otros para formar
una tela.
- Fuente: Diccionario de la Real Academia Española
Más información
www.turismocatamarca.gov.ar
Para obtener todos los datos de las tejedoras,
escribinos un e-mail con título “Catamarca” a
revista@eidico.com.ar
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