ABRIL 2010







 

EDITORIAL

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Cuando éramos chicos, estábamos acostumbrados a las diferencias que cada una de ellas marcaban: en la blanca, los sándwiches que no tenían mayonesa; en la transparente, los que sí tenían mayonesa, pero no jamón; y, en la larga, la típica que trae el pan lactal, los completos, para los menos pretenciosos y de paladar amplio. Obvio, siempre había una de más, vacía, para ser destinataria de la basura generada por los comensales; y una que otra para llevar galletitas, servilletas o cubiertos. En definitiva, en un solo día, podíamos llegar a descartar hasta diez clásicas “bolsitas de plástico”, tal como las llamamos en el idioma cotidiano. En la época del colegio, no había día en que no lleváramos una en la mochila con alguna fruta de estación. Y pobres de quienes nos rodeaban cuando, al desatar el nudo, descubríamos la presencia de una mandarina (peor si eso sucedía a las diez de la mañana, en pleno invierno, en un aula con más de treinta personas y sin ventilación). A veces, cuando los más osados pretendían servirse el aperitivo durante la clase sin ser vistos por la docente de turno, el típico ruido al desanudarla los dejaba completamente en off side. Igual doy fe de que hasta en esa época primitiva algunos tenían internalizado el concepto de reciclado y, si por esas casualidades llegaba a llover en el momento de la salida, la misma “bolsita” que había trasladado a la mandarina aromática podía servir luego de sombrerito anti-humedad para protegerse de la tormenta.

Es más, no creo que exista una sola familia argentina que no tenga una anécdota sobre la típica pariente que siempre se trasladaba cargada hasta la medúla, con tres o cuatro bolsas en cada codo. Su contenido, una gran incógnita, porque así como había llegado a destino, volvía a partir hacia su hogar.

Las “bolsitas”, protagonistas de las mil y una situaciones, indispensables e irreemplazables durante años, han comenzado a escribir el principio de su fin. Para bien suyo, el nuestro, el de nuestros hijos y –sobre todo– en pos de la salud del planeta. Varias propuestas “pro ecología” tomarán su lugar. La iniciativa de descartarlas y reemplazarlas se ha vuelto masiva. Con suerte, en algunos años, podremos hablar de ellas como parte de nuestra historia. El primer paso está dado.

Rosario Lanusse
Directora
 

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