EXPEDICIÓN PINGÜINO

Tigris viajó a la punta norte de la Península Valdés, en Chubut, a la Estancia San Lorenzo. Sobre las aguas del Golfo San Matías, se preserva la colonia de pingüinos magallánicos de mayor crecimiento poblacional, con más de 200.000 ejemplares. Una especie de elegante belleza, que encierra muchos secretos y corre peligro de extinción.
Un horizonte azul y sin barreras, un viento salado que refresca los sentidos y una tranquera que se abre frente a un potrero seco. Arbustos por todos lados y tierra, mucha tierra. No llueve hace meses y no planea hacerlo con nosotros. Sólo unas pocas gotas al año calman la sed del lugar. El escenario bien podría pertenecer a las añosas tierras del norte.
“Ahí –dice Julián mientras apunta al costado de la tranquera–. Ya empiezan a aparecer los pingüinos”. Planchado en la tierra, bajo la sombra de un arbusto a 1 km del mar, un pingüino. De escasos 70 cm de altura, mira sin perturbarse, como esos viejitos que se saben dueños de su vereda. A unos pasos de allí, otros tres. Por la izquierda, uno sale de su nido; por la derecha, una alimenta a sus dos pichones. Más atrás, otros son testigo de la ruptura de un huevo, o se pelean a picotazos.
Es la Estancia San Lorenzo, a 160 km de Puerto Madryn, y su colonia de pingüinos de Magallanes. La camioneta que nos traslada avanza sigilosa y los petisos galanes del lugar se multiplican en cantidades. Son cientos de miles. Caminan graciosamente, como muñecos, hacia el este, donde un médano esconde al inmenso mar turquesa. Esta “ciudad pingüino”, dentro de la estancia, posee más de 5.000 ha y 4.600 m de costa. Su vista paradisíaca y sus playas vírgenes dejan más de una boca abierta. No hay rejas, no hay carteles, no hay basura, no hay ruidos más que el del viento o el de un macho llamando a su hembra. Se respira pura libertad. La naturaleza se luce en su máximo esplendor.
Un pingüino y yo
Los pingüinos del lugar son tan bien cuidados y tratados que no le temen al hombre; por el contrario, comparten una misma curiosidad.
Despacio, sin movimientos bruscos, me acerco a uno de ellos. La piel es asombrosamente hermética y oscura, las aletas van bordeadas por una delgada línea blanca que se expande hasta llegar al pecho y pintarlo de blanco, dejando dos franjas negras en el cuello. Los ojos oscuros no pueden enfocar al mismo tiempo, y por eso su carita se inclina y gira primero a la derecha, luego a la izquierda, para mirar con un ojo y luego con el otro.
Me agacho. El pingüino observa. Mis ojos y los suyos quedan a la misma altura, separados por apenas unos centímetros. Un pacto implícito permite el acercamiento, incluso la sutil entrada de la cámara de fotos, y me animo a expandir el lente. Quietito, pero sin modestia, el pingüino desfila y muestra su semblante.
Luego de varias placas y de un diálogo sin palabras, me levanto, le doy la espalda y comienzo a retirarme. “¿Dónde vas?” parece decirme segundos después. Al darme vuelta, noto que mi nuevo amigo me había seguido varios pasos, sin dejar de observarme. Su rostro intrigado e inocente dejó un ruego en el aire: “¿Me vas a cuidar?”.
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¿CÓMO PUEDEN TOMAR AGUA SALADA?
Los pingüinos tienen un sistema natural de desalinización del agua. Luego de ingerirla, logran largar la sal por medio de bolitas que expulsan por la nariz. El proceso está siendo estudiado por científicos. |
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El lugar que ellos eligen
“Desde hace varios años que a los pingüinos les gusta instalarse acá –explica Julián–, incluso dejan otras colonias, como la de Punta Tombo, considerada la más grande del mundo, pero que actualmente está en decrecimiento, al igual que muchas otras. A los pingüinos les agrada cada vez más este lugar y nosotros trabajamos a la par con investigadores para que todo esté al servicio de su cuidado”.
Entre otras cosas, realizan los senderos de manera circular para disminuir el tránsito de gente por un mismo lugar y que los pingüinos no se estresen. Junto con biólogos, estudian permanentemente el estado de los pingüinos.
Según el Dr. Alejandro Scolaro (investigador del Centro Nacional Patagónico, CENPAT, y pionero en esta investigación), la colonia habría comenzado a formarse en la década del 70. Anterior a eso, en los comienzos del siglo XX, allí mismo habitaban miles de lobos marinos, pero –cuando todavía nadie hablaba de conservación y protección de la fauna en el mundo– fueron cazados desenfrenadamente para producción de aceite mediante la extracción de la grasa. La vieja factoría, dos grandes calderas oxidadas en medio del campo, todavía recuerdan esos años.
Desde 2003 la Estancia San Lorenzo forma parte del Área Natural Protegida Península Valdés, y fue la primera de la península en obtener esta categorización. Quienes la visitan, además de recorrer la colonia de pingüinos, pueden disfrutar de un asado con corderito patagónico, y luego seguir conociendo la impresionante península que aloja ballenas, delfines, orcas, lobos y elefantes marinos. Muchos de ellos, en peligro de extinción.
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CURIOSIDADES
EL MACHO SE QUEDA EN CASA
Los pingüinos emprenden viajes largos para trasladarse de una colonia a otra, y es el macho quien llega antes que la hembra, aproximadamente con 20 días de diferencia. Al poner sus patas en la tierra, el macho tiene dos misiones: si es un “soltero juvenil”, debe correr a armar un nido lo mejor que pueda, imitando lo que hacen los demás pingüinos con experiencia, y así conquistar una hembra. Si es un macho con pareja, debe correr en busca del mismo nido de la temporada pasada (el pingüino tiene un sentido de la orientación similar a un “gps” incorporado en su organismo). En ambos casos, para cuidar el futuro hogar, el macho debe aguardar allí, sin comer durantes todos esos días, hasta que llegue la hembra y apruebe o desapruebe el nido.
Si es el primer nido que hace el pingüino, suele ser desastroso, sin protección ni reparo, y la hembra lo rechaza. Como no hay hembras para todos, los “solterones” pasan la temporada bajo un árbol o en la costa con los que quedaron en la misma condición.
Si el macho ya tenía pareja, cuando ésta llega se gritan desaforadamente, para reconocerse en la multitud (cada ejemplar tiene un timbre particular) y recién allí el macho puede dejar el nido y correr a la costa para alimentarse. A los dos días, la hembra pone los huevos –máximo dos–, y padre y madre se turnan para cuidar el nido y luego alimentar a los pichones. Los pingüinos pueden vivir unos 25 años.
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Agradecemos a "Sentir Valdés" por su inestimable colaboración en el armado de esta nota.
MÁS INFO
pinguinerasanlorenzo@argentinavision.com
www.pinguinospuntanorte.com.ar
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