Trabajar menos. Organizar programas que nunca hacemos. Llevar a los chicos al teatro o al cine, de noche y sin apuros. Comer con ellos y acostarlos a medianoche. Dejarlos dormir hasta más tarde y que pasen toda la mañana en pijama. Se los ve relajados, distendidos, se nota que hasta ellos sienten la falta de presión, de horarios y de obligaciones.
Enero en Buenos Aires, con poco tránsito, poca gente y luego de un diciembre donde la figurita repetida fue una agenda súper poblada de eventos y compromisos, tiene un sabor diferente. Trabajar se vuelve un verdadero placer, un momento de escape, una recarga de energía para luego usarla en la familia. Horarios más cortos, menos reuniones, menos idas y venidas. Menos de todo. Y más para estar en casa y dedicarnos a los nuestros.
Es que veranear en enero es ir con el montón y no a todos nos gusta. Quedarse acá es andar de contramano, pero para respirar profundo, poner primera y vivir a cero velocidad. Después veremos qué hacemos.
Ésta es una oportunidad para aprovechar nuestro hogar y nuestras cosas. Mirarlas y valorarlas. Leer, dormir la siesta, sentarnos a contemplar las estrellas y tomar el té sin prisa pero con pausa. Estar afuera hasta tarde. Invitar amigos. Descansar.
Una perspectiva para disfrutar de estar en casa y de nuestro trabajo. Tomarnos tiempo para agradecer a Dios por lo que tenemos y pedirle por nuestra Argentina. Éste es nuestro lugar en el mundo y necesita de nuestra ayuda. Ojalá este tiempo de descanso traiga reflexión, humildad y consenso entre quienes toman decisiones por nosotros. Mientras tanto, desde el lugar que ocupamos, cada uno sabrá qué camino seguir.
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Rosario Lanusse
Directora |
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