¿Es posible el amor desinteresado?
Para esclarecer la esencia del amor, puede servir referirnos al “problema del amor puro” (así llamado por los especialistas), una de esas preguntas que muchos se hacen pero pocos se contestan.
Hace algunos meses me referí en este mismo lugar (TIGRIS, junio 2008) a la alegría que engendraba el amor vivido como donación. A raíz de esto, una lectora atenta me planteó que si esa actitud generaba alegría, entonces cómo evitar pensar que, en realidad, esos actos amorosos son “interesados” y “egoístas”, ya que nos brindan esa felicidad profunda. Quizás esa mujer no supiera que me estaba planteando una antigua y típica objeción que ha originado grandes polémicas a través de la historia del pensamiento. Todavía recuerdo un artículo de La Nación de octubre de 1992, donde el escritor Savater (con un argumento más bien sofístico) afirmaba que hasta san Francisco de Asís cuidando leprosos lo hacía “por egoísmo” porque así creía ganar el Cielo. Por lo tanto –concluía el autor muy suelto de cuerpo–, no se puede no ser egoísta y ese “egoísmo esencial” debe ser el fundamento de la ética (pagaría por ver a Savater lavar las llagas de leprosos como san Francisco y decir que eso es un acto egoísta).
El problema del “amor puro”
Pieper planteaba el problema de esta manera: “«¡Bueno es que existas!». Bueno, ¿para quién? Parece que hay una diferencia clara entre 1) que yo desee que la otra persona exista por mí, porque yo, por ejemplo, la necesito, y 2) que se lo desee por ella misma, porque quisiera verla feliz y que llegara a la plenitud a que está destinada. Y si es por mí por lo que yo digo eso, ¿puede seguir diciéndose que amo a la otra persona? ¿Es, en realidad, posible un amor plenamente desinteresado, que en nada mire por el bien del amante? Si la respuesta es afirmativa, entonces estamos obligados a sostener una teoría del amor puro, semejante a la de Fénelon, que llevaría entender el amor natural al propio bien como una tendencia perversa, en cuanto contraria al orden del verdadero amor. Y si la respuesta es negativa, es necesario aclarar de qué manera interviene el amor a uno mismo en el amor caritativo a Dios, para no caer en el error, aún más grave, de fundamentar la caridad en el amor a uno mismo.
El principio de solución se encuentra al tomar prestados dos términos de la filosofía antigua que –por distintos motivos– han cobrado renovado esplendor. Se trata de la supuesta oposición entre Eros y Ágape. La gran tradición católica jamás ha contrapuesto la forma del amor que busca la plena afirmación de sí (eros, y que no debe ser identificado necesariamente con el amor sexual) a aquella otra que, para afirmar al otro, acepta la plena renuncia a sí mismo (ágape). Como reafirma el papa Benedicto XVI en su primera encíclica Deus caritas est, por su misma naturaleza, el dinamismo interno del eros está orientado al ágape: “Si bien el eros inicialmente es, sobre todo, vehemente, ascendente –fascinación por la gran promesa de felicidad–, al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará ‘ser para’ el otro. Así, el momento del ágape se inserta en el eros inicial; de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza” (DCE 7). Con la inserción del ágape en el eros, éste es redimido de sus lacras; el ágape infunde al eros la fuerza necesaria para que no se desvirtúe y no pierda su verdadera naturaleza. Para vivir el verdadero amor, no hace falta renunciar al eros, basta –y es necesario – purificarlo, abrirlo progresivamente y sin rupturas a la donación gratuita. Este camino es el verdadero éxtasis, el salir de sí.
El ágape no puede prescindir del eros, porque el hombre no “puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don”.
Paradójicamente, quien pretende para el hombre una actuación totalmente desinteresada está basado en un enjuiciamiento falso del hombre real, y prepara el advenimiento de una falsificada divinización del hombre, como si éste se pudiera dirigir a su Creador y le dijera jactanciosamente: “no me acerco a Ti como mendigo, te amo sin interés alguno”.
Amor y recompensa
Muchas veces la mediocridad de los hombres tiende con facilidad a poner un manto de sospecha en los actos del bueno porque no se soporta su presencia cuestionante y comprometedora. Pero, como ya dijimos, la tradición cristiana ha reconocido hace tiempo la auténtica recompensa que el amor bueno encierra.
El amor, cuando es verdadero, no busca “su propio bien”. Pero, asimismo, el amante, supuesto ese desprendimiento que no sabe de cálculos, recibe en todo caso “su propio bien”, recibe el pago del amor (la “añadidura” y el ciento por uno evangélico). San Bernardo lo decía con una paradoja brillante: “Todo amor verdadero carece de cálculo y, sin embargo, tiene un pago; incluso únicamente puede recibir ese pago si no lo ha incluido en sus cálculos… Quien como pago del amor sólo piensa en la alegría del amor, recibe la alegría del amor. Pero el que en el amor busca otra cosa que el amor mismo, pierde el amor y también su alegría”.
La correcta relación entre eros y ágape da como fruto natural la alegría y la satisfacción y toda felicidad auténtica del hombre es, en el fondo, la felicidad del amor, llámese Eros o caritas o ágape, si se quiere, y sea dirigido al amigo, a la amada, al hijo, al prójimo (incluidos los enemigos) o al mismo Dios.
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PARA PENSAR
“La aparente paradoja que describe San Bernardo se repite en todo comportamiento existencial fundamental de cualquier hombre. Así son esos bienes irrenunciables de la vida que se nos dan por añadidura, y no los conseguimos cuando precisamente vamos tras ellos. Por ejemplo, una de las más importantes experiencias hechas por la psicoterapia moderna nos dice que para la consecución de la salud del alma nada hay tan contrario como la intención expresa o exclusivamente dirigida a «ponerse bueno» o a no perder la salud. Basta con desear ser una persona «normal» moral y espiritualmente, y la salud viene por sí sola” (J. Pieper). |
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El autor es Lic. en Filosofía. Profesor de Teología, Filosofía y Moral en la Universidad del Salvador y docente del Doctorado de Historia y Letras de la USAL.
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