JULIO 2008







 

NOTA DEL MES
Texto: María Mullen Fotos: gentileza familias Collins, Doucet y Simphal
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Historias de amor a distancia
No eran amiguitos de la infancia ni del barrio. Nacieron en cunas muy lejanas entre sí, con idiomas y culturas diferentes, hasta que en un punto del planisferio, sus caminos se cruzaron: un tren, una biblioteca, un barco, un bar. Son encuentros de novela, relaciones que parecían imposibles, pero que a fuerza de grandes esperas, paciencia, perseverancia y mucho riesgo, se hicieron realidad.

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En el amor hay de todo y para todos: difícilmente pueda decirse que existe un solo camino o un “mejor” camino. Están los que se enamoran a los quince y después se casan. Los que tienen mil novias. Los que esperan y esperan al amor perfecto hasta que llega. Los que lo dejan pasar. Los que se conocieron y, al mes, se casan. Los que viven noviazgos largos. Los que van y vuelven, van y vuelven. Y también están los que se “enganchan” con alguien de afuera y llevan una relación a distancia. No es lo más común ni lo más sencillo, pero en estos tiempos no parece tan difícil como en otras épocas. Nada de esperar una carta, quedarse al lado del teléfono o hablar con una operadora… Con el chat, el e-mail, las llamadas vía Internet, el mundo está más cerca.

Y frente a relaciones que a veces exigen un amor “aquí y ahora” y, de ser posible, lo más similares a nuestro mundo, las siguientes historias revelan que existen otros caminos. Que esas personas diferentes pueden ser más parecidas de lo que se cree, y un amor auténtico, ya lejos de las ficciones y las novelas, puede ser viable. A continuación, cuatro casos que unieron a la Argentina con Irlanda, Australia, México y Francia.

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De la campiña francesa y peón, a cocinero en Palermo
SOFÍA MATIOLLI – CHARLES SIMPHAL



“Yo siempre quise enamorarme para toda la vida. No me interesaba probar con muchos chicos. Siempre fui un poco Susanita y de creer en el gran amor. Pero pensar así requería de mucha paciencia y de no conformarse”.

Así arranca Sofi el relato de su historia. Varias veces en su vida cayó en el amor platónico por alguien que poco conocía y en el que se cerraba a pesar de no ser correspondida. Cuando pensaba en un novio tenía que ser de un colegio conocido, una buena familia, educado, con un título y, más que nada, de su misma religión. Y pasó años sin ponerse de novia, saliendo, pero sin concretar. Un día, el patrón de una estancia al sur de Córdoba le dijo:
–Sofi, en el campo tengo un francés que se la pasa solo y aburrido. ¿Por qué no salís con él algún día, cuando venga a Buenos Aires?

Se llamaba Charles y era tres años menor. Estudiaba Agroalimentos y, lejos del título perfecto, le había ido mal en algunas materias. Su facultad lo había obligado a interrumpir sus estudios por un año “para que conociera la vida” y luego volver para recibirse. Y entre trabajar en Francia haciendo pizzas o ser peón en la Argentina, había elegido lo último.

“Un fin de semana apareció en Buenos Aires y salimos –cuenta Sofi–. Hubo buena onda, pero no amor a primera vista”.

Después comenzaron los e-mails, los llamados y el chat. “Fundamentales”, según Sofía. Salieron algunas veces más… Hablaban de todo, pero como amigos. Un día ella le contó que hacía ocho años iba a misionar con su parroquia a Santiago del Estero y él quiso ir con ella. “¡Curioso que ‘el franchute’ ya estaba conociendo mis lugares y mi gente! –comenta Sofía–. Más que nada, me estaba conociendo a mí en ese lugar donde no hay espejos ni agua corriente ni luz. En el colectivo de larga distancia, tuvimos las mejores charlas y me fue enamorando cuando me contaba de su familia, sus ideales… Era tan puro y tan sencillo”.

“Y ahí, en una noche de luna llena donde los pastitos hacían sombra, me invitó a caminar mientras nos lavábamos los dientes en el pozo de agua a la luz de un mechero a kerosén. Me dijo que me quería ¡pero yo no le respondí!”

Sólo un mes más tarde, Sofi asumió que estaba de novia. Muchos miedos. Nunca se había imaginado estar con alguien como él. Por unos meses, Charles pasó de ser peón a cocinero en Palermo Hollywood, para estar más cerca. Se volvió a Francia y después de cuatro meses sin verse, Sofi consiguió un trabajo allá y se fue. “Para muchos, yo estaba loca”, recuerda.

“Una noche me invitó a comer y luego me dijo de subir al último piso de la Torre Eiffel. Íbamos 40 minutos esperando en la fila, cuando anunciaron que lo cerraban. Charles se enojó muchísimo, yo le decía que no era tan grave… Entonces, improvisó y me llevó al techo de su edificio, desde donde se ve todo París, con Montmartre de fondo. Ahí, arrodillado, me preguntó si me quería casar con él”.

–¿Me estás cargando? –le respondió Sofi, con todo el romanticismo del mundo. Charles se puso todo colorado. Por dos segundos eternos, dudó. Cada uno lo había pensado por su cuenta, pero nunca en común. Por suerte, Sofi borró todas sus dudas y dio el “sí”.

Este mes se casan por civil en Francia y luego por Iglesia, en la Argentina.

“Me parece que no hay que imaginarse mucho el futuro, pero sí creer en lo que querés y dejarte llevar. La vida te da sorpresas en los momentos más inesperados.

Cuando Charles me vio por primera vez yo estaba hipotiroidíaca, con el pelo seco, ojos sin brillo y cansada. Él también había estado esperando el ‘gran amor’ y había perseguido a una persona durante muchos años sin ser correspondido. Sus amigos le decían que estaba perdiendo el tiempo, pero él no se vendió. Lo nuestro tuvo que ser y, como decimos entre nosotros, ‘paso a paso, se hizo camino al andar’”.

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ARGENTINA – IRLANDA
Los peores asientosdel barco
TERESA MENÉNDEZ Y LIAM COLLINS



Ésta es una historia que empezó con altura: a 3.800 metros sobre el nivel del mar. Él, irlandés, oriundo del pueblo de Bantry. Ella, porteña. ¿El lugar del cruce? La ciudad de Copacabana (Bolivia), frente al lago navegable más alto del mundo, el lago Titicaca. Justo frente a la Isla del Sol.

Liam, abogado, andaba con su “chapas” y una pinta de viajero total. Hacía ocho meses que había dejado la tierra de los acantilados y las gaitas, para irse de viaje por el mundo con un amigo, sin rumbo fijo. Rusia, Mongolia, China, Australia, Latinoamérica, entre otros tantos lugares.

Teresa, licenciada en Comunicación Social, a punto de cumplir los 26 años, disfrutaba sus vacaciones de invierno, luego de haber escalado el Machu Picchu con una amiga. Quería recorrer lo más posible antes de volver al subsuelo de la universidad en la que trabajaba. Casualidad o causalidad, ambos llegaron a Copacabana el mismo día.

“La primera vez que lo vi fue por la calle. Él y su amigo, los dos pelirrojos y con la piel rosa, eran inconfundibles entre la gente –cuenta Tere–. Después lo encontré arriba de un cerro, pero me dio vergüenza acercarme. Finalmente esa misma noche, entró al restaurante donde mi amiga y yo estábamos comiendo”.

–Si pasa cerca, lo invito a comer con nosotros –dijo Tere, ya un poco alarmada ante tanta casualidad. Pero los galanes no pasaron ni cerca y comieron solas.

“Me puse triste, pensé que se me había pasado la oportunidad de conocerlo y tal vez nunca más lo iba a ver. El pelirrojo me intrigaba”.

Al día siguiente ellas siguieron su viaje rumbo a la Isla del Sol. Mientras esperaban que el barco zarpara, se quejaban con el personal porque les habían dado los peores asientos.

“Eso les pasa por llegar tarde, señoritas”, argumentó el vendedor de boletos.

Un viaje por el inmenso lago y ellas con los peores asientos, sin vista ni ventanas.

En eso, vieron que los dos irlandeses llegaban al barco a último minuto. ¿A dónde los mandaron? Al banquito, justo frente a ella…

Y así comenzó una historia que duró dos años y medio. Visitas entre Irlanda y la Argentina, interminables charlas por teléfono y cataratas de e-mails. Cartas, flores en la oficina, bombones por correo, alegría en los encuentros y despedidas llenas de lágrimas. “Liam fue mi primer novio –confiesa Tere–. Y un noviazgo a la distancia no es fácil. Conlleva una numerosa lista de dificultades, de dudas y de angustias. En cada despedida, no sabíamos cuándo íbamos a volver a vernos. El futuro estaba lleno de incertidumbres, pero a pesar de esto, yo veía que este chico realmente valía la pena. Y eso me mantenía a flote”.

Y luego de varios meses de noviazgo sin verse, Tere tomó una decisión. “Si iba a apostar por este hombre para toda la vida, tenía que conocerlo. No bastaba con viajes de dos semanas”. Renunció a su trabajo y se fue a hacer un máster a Dublín. “Tenía que arriesgarme”.

Un día de julio de 2007, en Irlanda, Liam la llevó a conocer Mizen Head, el extremo de una península en el sur de Irlanda. “El mar golpeaba fortísimo contra las rocas y el viento me enredaba todo el pelo –recuerda Tere–. Yo me asomé por una baranda a imaginar que del otro lado del mar estaría Buenos Aires. Cuando me di vuelta para mirar a Liam, me quedé boquiabierta. Debajo del pantalón y de la campera que venía usando desde la mañana, había escondido un elegante smoking. Estaba arrodillado, con un anillo en la mano”.

–Tere, éste es el punto de Irlanda que queda más cerca de la Argentina y por eso te traje acá. Quiero hacerte una pregunta muy importante–le dijo Liam–. ¿Querés casarte conmigo?

En marzo de 2008, tres años después de ese primer encuentro, Tere y Liam se casaron. “Parecía imposible, pero valió la pena haberse arriesgado, haber apostado. Ahora, aunque el corazón se haya desgarrado por lo que dejé atrás, también desborda de alegría”, confiesa Tere. Están recién llegados a Irlanda, empezando su vida juntos.

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ARGENTINA – AUSTRALIA
Un tren a New York
SOFÍA Y ROD



En 1996 dos hermanas se fueron a recorrer los Estados Unidos y pasaron gran parte del viaje arriba del “Amtrak”, un tren que recorre todo el país.

Esperaban en Salt Lake City cuando, cinco minutos antes de subirse al tren, las hermanas decidieron cambiar de itinerario. “Eran las cinco de la mañana –cuenta Sofía, argentina, que en ese entonces tenía 23 años–. Subimos al tren agotadas porque esa noche habíamos dormido en la estación, y de repente un chico se sienta justo atrás de nosotras”.

Rod, australiano, tomó asiento sin tener la menor idea de que una de esas hermanas ya lo había “mirado”. Él estaba haciendo el mismo viaje y se pusieron a hablar. Y hablar y hablar y hablar… “Estuvimos casi cuatro días de viaje, ya que íbamos a New York –cuenta Sofía–, y luego nos reencontramos en el Central Park”.

Recorrimos la ciudad junto con mi hermana, a la noche intercambiamos direcciones y adiós. Rod se volvía a Australia y Sofía a la Argentina. Una linda amistad y no más que eso.

Pero gracias a que intercambiaron direcciones, durante los siguientes seis años, ambos se mantuvieron al día. Primero por carta y, después, por e-mail. Cada uno siguió con su vida. En ese tiempo, él casi se casa, ella estuvo de novia… sus vidas seguían, ellos se las iban contando.

En 2002 llegó la revolución del chat: se sumaron y empezaron a contarse todo, al punto de que hablaban tres horas por día. “La tecnología fue imprescindible –cuenta Sofía–, ya que chateamos desde febrero hasta julio”. Porque en julio, seis años después, Rod por fin dijo: “me voy para allá”. Y voló a Buenos Aires para quedarse tres meses.

“Hasta que llegó y nos vimos en persona, Rod era sólo un amigo con el que podía pasar algo “Mi noviazgo con Rod, en persona, fue sólo de dos meses, a seis años de habernos conocido en un tren. Seis años en los que nunca nos vimos”. –recuerda Sofía–, pero yo tenía demasiados interrogantes, entre ellos ¿compartiría mis principios? Cuando lo vi, fue un flash total. Hasta mamá y papá, que sabían lo que se podía venir, estaban felices de verme tan contenta, y Rod les cayó bárbaro”.

A pesar de no haberse visto durante tantos años, enseguida hubo “chispa” y se pusieron de novios. Fueron unos días a esquiar con amigos a Las Leñas y en medio de la pista, Rod le pidió a Sofía que frenara. “Se sacó el esquí, se arrodilló y, con un anillo que había comprado en Perú, me dijo: “Sofia, ¿will you marry me?”.

Ella se cayó al piso de los nervios, pero dijo que sí. A los dos días, él tuvo que pegar la vuelta y recién volvió a Buenos Aires cinco días antes de su casamiento. Por temas de visa, Sofía no pudo entrar en Australia y los primeros dos meses los pasaron separados, en dos extremos del mundo.

Hoy tienen dos hijos, Benjamin Patrick y María, y un tercero en camino.

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ARGENTINA - MÉXICO
La historia de dos historiadores
LOURDES LASCURAIN Y GASTÓN DOUCET



Lourdes, mexicana, licenciada en Historia. Estaba de novia hacía nueve años con un hombre que era “todo lo que una madre podía querer para su hija” y el casamiento era inminente.

Gastón, argentino –para ser más precisos, cordobés–, era abogado y tenía una pasión: la Historia.

Lourdes consiguió una beca para seguir sus estudios en España, y él, otra para investigar en ese mismo país.

Desde dos extremos muy distantes en el mapa, despegaron sus aviones y una tarde de estudio, en el Archivo de Indias, se conocieron por casualidad. Con una pasión en común, compartieron largas charlas y llegaron a ser muy buenos amigos. En el interín, Lourdes cortó su noviazgo.

Menos de dos meses después de conocerse, su beca terminó y debió regresar a México. Fue recién allí cuando se dio cuenta de que estaba perdidamente enamorada de su amigo argentino. Así que, ni bien llegó, se dedicó a extrañarlo. “Lloraba por él todo el tiempo”, confiesa.

Él continuaba becado en España, todavía le quedaban dos años más. Se escribían asiduamente, pero Lourdes estaba mal: no comía, no dormía... Al punto de que sus padres se preocuparon por el efecto que ese argentino (que ni conocían) estaba teniendo sobre su hija, la veían demasiado triste...

Ella esperaba ansiosa cada correo, cada llamado. Y así siguieron durante meses. “Una amistad muy linda, pero nada más que eso… Ninguna declaración, ningún indicio de volver a encontrarnos”, cuenta Lourdes. Hasta que un buen día ella tomó fuerzas y sobre una hoja en blanco le dijo: “Gastón, no me escribas más. Me hace mal, tengo que olvidarte”.

“Ésa era mi última carta –cuenta Lourdes–. No podía dejar de pensar en este argentino, yo tan mal mientras él ¡sólo me trataba como amiga y colega!”. Así que dejó la carta en el buzón, y regresó a su casa. Pasó el tiempo y un día, sonó el teléfono.

–¿Está Lourdes? –preguntó Gastón desde España. –No, Lourdes está de vacaciones en Acapulco con sus padres –respondió la empleada. Y al cabo de unos minutos, terminó la comunicación.

“Un noviazgo de nueve años que no funcionó, un argentino en otro continente que me considera solamente una buena amiga”. Con ese pasado fresquito en la mente, Lourdes descansaba en una pileta de Acapulco, sin ganas de ser interrumpida.

–¿Lourdes Lascurain? –le preguntó un empleado de hotel.
–Sí, soy yo.
–La llaman por teléfono desde España, un tal Gastón.

Lourdes salió a toda velocidad de la pileta y atendió el teléfono. Sin vueltas, Gastón dejó escapar un “¿te querés casar conmigo?”.

Ella no lo dudó. Gastón, sorprendido, le pidió que lo pensara tranquila, que no se apresurara.

–Lo tengo pensado y decidido desde que te conocí –le respondió ella.

Se casaron en México y se radicaron en Buenos Aires, donde viven actualmente con sus cuatro hijos. “Fue difícil dejar a mi familia, a mi queridísimo México y a todos mis afectos para vivir en un lugar que desconocía por completo –cuenta Lourdes–, pero con un amor así ¿cómo no hacerlo?”.

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