MARZO 2007




 

DE RAÍZ
Texto: Emilio Rojo* emiliorojo@caritassanisidro.com.ar / Foto: Inés Miguens
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La Pascua, un canto a la vida

a Pasión de Jesús, históricamente considerada, fue consecuencia de su mensaje de liberación de la vida. Su palabra y sus actitudes desestabilizaron el poder vigente de su tiempo. Su justicia y misericordia sembraban el Reino de Dios y los distintos poderes se confabularon para eliminar al Justo y Santo (Hechos 3,14). La vida pública nacía de su íntima comunión y fidelidad con el Padre. Su entrega era expresión de su libertad y su pasión.

Por su insurrección, Jesús fue condenado a muerte. Detrás de este drama estaba el pecado del mundo. La condición humana de iniquidad que rechaza la bondad y el bien.

“Por qué buscan entre los muertos al que está vivo, no está aquí, ha resucitado” (Lucas 24).

La resurrección del Crucificado revela plenamente la fidelidad de Dios a su plan universal de amor y de salvación. El rechazo es superado por el amor y la entrega. Dios no abandonó a Jesús en su Pasión.

Tres días después de su muerte Jesús irrumpió vivo a la plenitud de la vida humana y divina. Esta nueva luz todo lo aclara. El grano de trigo que cayó en tierra ahora es espiga y tierno pan en la mesa compartida de los hermanos. El Reino de Dios está entre nosotros y es vida celebrada y resucitada. Vida que alivia las humillaciones y cuida a los pequenos. Vida que venera a los ancianos y se encanta con los dones de la naturaleza. Vida que nos reúne en la palabra de Dios y nos convoca en los sacramentos que nos confían el cuidado de la comunidad. Vida que pasa por la muerte pero que no queda atrapada en ella. Por eso tiene sentido dar la vida por la justicia y vivir con generosidad. Las Bienaventuranzas recobran actualidad y son aliento para la esperanza.

La Pascua es la fiesta de los albores de la vida de la Gracia, en ella traspasamos la noche oscura de la historia con la luz de Cristo Resucitado. Las tinieblas se disipan y se pueden ver los rostros alegres y encendidos auténticamente humanos. En la noche esperamos la manana mientras nos reconocemos hermanos y hermanas, hijos de un Padre infinitamente bueno. Reconocemos todo el mundo como Don y el cosmos como la Casa Comunitaria de todas las criaturas.

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