inspirados
en oriente

Al revivir el recorrido de Patricia Palacios
Hardy y Guillermo Bierregaard, escuchando los detalles de cómo
llegaron a vivir en una minka (una casa de campo japonesa) pero
en San Isidro, se intuye que se está frente a un hecho de esos
que cada tanto confirman una sensación: más allá del proyecto
que se tenga en la vida, al desandarla, las oportunidades y
vivencias que se presentan desafían hasta al más ambicioso de
los planes.
Más de tres décadas
La casa en la que viven los Bierregaard viajó desde las laderas
de una montana en Ikeda-Cho -Japón-, a un terreno en Boulogne.
Es una casa de campo del siglo XVIII rearmada por los mismos
carpinteros que la desarmaron en esa aldea cercana a la prefectura
de Fukui. Hace treinta y cuatro anos, cuando apenas rozaban
los treinta, la pareja se embarcó hacia Tokio tentada por
la posibilidad de conocer una cultura milenaria, colmando
el equipaje con el impulso propio de un matrimonio recién
formado, con todo por construir a su manera.
Hoy, en el interior de su minka, obras, artesanías, grabados
y esculturas de los períodos moderno y contemporáneo japonés,
resultan en una propuesta cultural con proyección internacional.
Como tantos, planearon irse sólo unos anos, pero éstos se
fueron extendiendo, “pasaron rápido”. Al llegar al sexto,
decidieron que el remoto archipiélago del océano Pacífico
sería el lugar donde proyectarían sus próximas décadas.
En el ínterin, él aprendió a comunicarse en una lengua que
desconocía por completo; ella contaba con la ventaja de haber
pasado cuatro anos de su infancia en Japón, además de estar
habituada al idioma porque, al momento de partir, trabajaba
en una firma nipona. De hecho, el casamiento por civil se
hizo por poder: con la autorización de Patricia desde Japón,
fue su hermana quien dio el sí ante el juez en la Argentina.
En el nuevo país de residencia los esperaría la boda por Iglesia.
En esos primeros anos, sin hijos que educar, un hobby en común
se había afianzado con fuerza y los llevaba a dedicar todo
su tiempo libre a recorrer muestras, museos y casas de antigüedades
en busca de artesanías autóctonas de alto nivel artístico.
Así fue que se vincularon con artesanos y curadores de quienes
aprendieron mucho de lo que hoy transmiten mientras guían
una visita por el museo que alberga esta casa bien distinta
a todas las que la rodean. Ellos ocupan la parte superior,
que muy lejos está de lucir como cuando era utilizada de depósito
de cosechas para pasar el invierno japonés. Allí hay silencio
y espacios pensados para disfrutarlo. Los pocos adornos que
la decoran cambian con las estaciones, a la usanza japonesa,
explican sus duenos. “La casa debe elevar la vida de quienes
viven en ella. La filosofía, la religión, la educación de
los hijos, la posición del primogénito y la de la mujer en
la familia y el respeto a los antepasados, son conceptos que
en Japón se utilizaban para disenar el interior, del que resultaba
el exterior. Por eso no hay objetos innecesarios”.
Una minka
“Por el precio de este biombo usted se puede comprar una casa”,
cuenta Bierregaard que le respondió el dueno del negocio cuando
él le contó que esa pieza que quería comprar podría ser el
puntapié inicial de un proyecto cultural que por entonces
era sólo una idea. Vaya dato. Seducidos por semejante información,
con su mujer recorrieron los seiscientos kilómetros que los
separaban de Fukui donde les habían dicho que encontrarían
una casa venida a menos que una familia (34ta generación de
la familia Hashimoto) quería vender para construir otra en
el mismo predio, tal como ocurrió. Desde el puerto de Nagoya,
en 1984 y luego de permanecer 5 anos en un tinglado, la construcción
emprendió un largo viaje hacia Buenos Aires donde sería armada
nuevamente por carpinteros japoneses, no sin dificultades,
como la que concluyó el desmoronamiento de una viga y que
obligó a quitar por completo el techo de paja, luego reemplazado
por pizarra para hacer a la casa más segura frente al fuego.
La misma cosa
Cuál es la diferencia entre una obra de arte y una artesanía?
Guillermo Bierregaard dirá que el debate puede ser largo y
hasta espinoso en ciertos ámbitos artísticos locales. “La
diferenciación entre una y otra fue hecha por Occidente; en
Japón no existían dos clasificaciones, se trataba de lo mismo
hasta que comenzó la occidentalización en 1868”, explica.
Por eso, entre los primeros propósitos que persiguen con la
fundación que formaron en 1989 y que lleva su apellido, está
incluir la artesanía a nivel artístico dentro del estudio
de las Bellas Artes. Cuenta, además, que para armar el museo
buscaron las obras más representativas de las distintas épocas
de los períodos moderno y contemporáneo. El fin es hacerlas
llegar a un público que, de otro modo, no hubiera podido apreciarlas,
ya que sólo se exponen en los grandes museos de Europa, Asia
y los Estados Unidos, que son los que ofrecen las garantías
necesarias para que las muestras se lleven a cabo con total
seguridad. “Algunas obras son ejemplares únicos; de otras
hay dos, una acá y otra en el Museo Nacional de Arte Moderno
de Tokio. No hay fuera de Japón una colección de arte moderno
y contemporáneo como ésta”, asegura su dueno, que por estos
días trabaja en la formación de vínculos estratégicos con
personas que están en la materia, con el fin de divulgar y
acrecentar el conocimiento y, así, ampliar las posibilidades
que puedan surgir a partir de eso.
Junto a Patricia planean la llegada de artistas que detentan
el nombramiento de “tesoros nacionales vivientes” designados
por la Agencia Cultural de Japón, para que den charlas formativas
a los especialistas locales y participaron de talleres de
trabajo, donde muestren su técnica. En su minka reciben a
universidades y colegios interesados en incluir estas expresiones
de la cultura japonesa en sus planes de estudio, a delegaciones
y particulares que los contactan desde Suiza, Italia e Inglaterra,
entre otros países, y a todos aquellos que tienen genuino
interés por conocer personalmente de qué se trata esto de
lo que han escuchado hablar.
Los Bierregaard llevan a cabo esta tarea con la que se han
ido comprometiendo a lo largo de los anos, vinculados con
la Fundación Japón y auspiciados por la Embajada de ese país
en la Argentina, tal como ocurrió en la inauguración de “Minka,
la casa de Japón”, en octubre de 2006.
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MAS INFORMACIÓN:
Para visitar la casa se debe
concertar una entrevista con
anterioridad a los teléfonos
4737-9293/8110. El costo de la entrada es de $15 por persona.
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