Lo
femenino y lo masculino
Con la aparición de la “Ideología de Género”
se pretende trastornar revolucionariamente todas las nociones
acerca del matrimonio, la familia, la distinción de sexos y
eliminar cualquier tipo de comprensión realista acerca de qué
es lo femenino y lo masculino.
En el marco de la celebración del Día Internacional de la
Mujer (8 de marzo) podría ser útil reflexionar un poco sobre
este tema. Primero se postuló la práctica de la sexualidad
sin matrimonio: el llamado amor libre. Después, la práctica
de la sexualidad sin la apertura al don de los hijos: la anticoncepción
y el aborto (sexo sin hijos). Luego, la práctica de la sexualidad
sin amor: “tener sexo“, pornografía, etc. Más tarde, la producción
de hijos sin relación sexual (hijos sin sexo): la mal llamada
reproducción asistida (en realidad, fecundación artificial).
Por último, con el anticipo que significó la cultura unisex
y la incorporación del pensamiento feminista radical, se separó
la sexualidad de la persona: ya no hay varón y mujer; el sexo
es un dato anatómico sin relevancia antropológica; el cuerpo
ya no habla de la persona, de la complementariedad sexual
que expresa la vocación a la donación, de la vocación al amor;
cada cual puede elegir configurarse sexualmente como desee:
varón, mujer, homosexual, lesbiana, bisexual, transexual.
Desde la ”Ideología de Género”, las diferencias entre varón
y mujer no corresponden a una naturaleza dada sino que cada
uno puede "inventarse" a sí mismo. Según esta perspectiva,
lo femenino y lo masculino son "roles socialmente construidos
y además sujetos a cambio permanente”.
Una unidad dual, no
una confusión
Cierto es que a lo largo del desarrollo, la
cultura en la que nos movemos nos va ofreciendo formas particulares
a través de las cuales expresamos nuestra femineidad o masculinidad
–y en este sentido– también puede favorecer (o no) nuestro
ser mujer o varón. Pero todos sabemos que previo a ello, en
nuestra misma estructura psicofísica, ya vienen sugeridas
las posibilidades y límites propios de cada sexo, ya está
preparado el terreno desde el cual ejerceremos nuestra vida.
Ambos, mujer y varón, están invitados a desplegar sus posibilidades
personales y las del mundo en el que viven, pero tanto uno
como el otro lo hacen de modos diferentes. Ambos están llamados
a ser fecundos, aunque según formas y órdenes diversos.
También una sana psicología, fundada a su vez en una antropología
realista, nos dice claramente que el hombre existe siempre
y únicamente como ser masculino o femenino. No existe hombre
alguno (ni mujer) que pueda ser sólo por sí mismo la totalidad
del Hombre. Esto se ha llamado en los últimos anos “la unidad
dual del hombre y la mujer” o unidualidad. El hombre no puede
existir “solo” (Gen 2, 18); únicamente puede existir solo
como “unidad de dos” y, por consiguiente, en relación con
otra persona humana.
Por lo tanto la diferencia sexual no puede reducirse puramente
a un problema de roles, sino que debe comprenderse en un plano
sustancial y no meramente accidental. Y esto implica una diferencia
que es una riqueza para la sociedad, ya que hombres y mujeres
están llamados a aportar lo suyo (lo que Juan Pablo II denominó
enfáticamente –en el caso de la mujer– “el genio femenino”).
Por ejemplo:
• El mundo de la mujer es aquel que está caracterizado por
la proximidad, la vecindad. Y aquello que aparece lejano lo
acerca y lo colorea con los tonos de lo conocido y familiar.
• La mujer es llamada a la gestación del mundo, pero no a
la manera del varón, que mira al futuro a fin de prever y
proveer a los suyos, sino la gestación de la vida en su vientre
y la que de continuo busca gestar en todo lo que la rodea,
en cada cosa que toca. El varón “está con las cosas”, la mujer
“dentro de las cosas”, nos dice López Ibor.
• Ella gesta un espacio distinto al del varón: concéntrico,
delimitado, aunque siempre renovado, en el cual, desde su
particular apertura, está dispuesta a recibir y cobijar. El
varón, más excéntrico, está abierto siempre a nuevas posibilidades.
• En la mujer, la sexualidad impregna más íntimamente la totalidad
de su ser gracias a lo cual –a diferencia del varón– ella
constituye un todo más unitario.
• En las mujeres hay una particular habilidad para la comprensión
intelecto-sensitiva concreta, es decir, para captar receptivamente
de modo cuasi-inmediato contenidos inteligibles en las situaciones
concretas de la vida cotidiana (lo que llamamos comúnmente
“intuición”).
• En ellas, la búsqueda y el encuentro de un significado unitario
de la existencia parece surgir de un modo más espontáneo y
concreto que en el varón, el cual aún cuando también vive
de modo dramático la búsqueda de sentido, suele tender a categorizarlo
de modo abstracto.
Pretender privilegiar una u otra dimensión necesariamente
acarreará importantes desórdenes personales y hasta serios
trastornos para toda la sociedad. Todo esfuerzo por reproponer
a la persona como principio y fundamento tiene que pasar necesariamente
por reproponer el valor de lo femenino y lo masculino, ambos
rostros recíprocos y complementarios de lo humano.
La americana Kate Milled, en su libro “Sexual Politics” afirma:
“La mujer aún es indispensable para la concepción, la gestación
y el nacimiento de un nino, pero no tiene otra atadura u obligación
especial con respecto a él”. Shulamith Firestone en “The Dialectic
Sex”, propone liberar a la mujer de la “tiranía de la procreación”[1],
a cualquier precio. “Lo quiero decir muy claramente: el embarazo
es una barbaridad”[2], senala.
A. Schwarzer sostiene que hay que luchar también contra el
propio marido[3]. Llama a todas las mujeres para que manifiesten
su poder y se nieguen a sus maridos, rehúsen “la heterosexualidad”
que ha pasado a ser “un dogma”[4] y se interesen por la bi-
y la homosexualidad. Critica también la “ideología del hijo
propio” y lucha contra todos los lazos existentes entre madre
e hijo. Según ella, tales lazos sirven únicamente para proteger
los últimos baluartes de una sociedad para varones.
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[1] Cfr. S. Firestone, The Dialectic
Sex, 1970; en alemán: Frauenbefreiung und sexuelle Revolution,
Frankfurt a. M., 1976, p. 191; cfr. también Beauvoir, Über
den Kampf... cit., p. 463.
[2] Firestone, ob. cit., p. 191.
[3] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied und seine großen
Folgen, Frankfurt a. M., 1975, pp. 208 y sgte.
[4] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied... cit., pp. 200.
*El autor es lic. en Filosofía. Profesor
de Teología, Filosofía y Moral en la Universidad del Salvador
y docente del Doctorado de Historia y Letras de la USAL.
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