Fin de febrero.
Principios de marzo. Buenos Aires pone primera y a pesar de
que -según el calendario- el ano nuevo comienza en enero, los
motores empiezan a rugir verdaderamente ahora. Horarios menos
flexibles. Entradas y salidas que nuevamente hay que respetar.
Chicos con uniformes relucientes, mochilas nuevas y sonrisas
plagadas de ansiedad y expectativa. Rutinas que marcan el ritmo
y que, poco a poco, se convierten en digitalizadoras de nuestros
días.
Después de un verano más, los días se acortan. Enero y febrero
son meses relajados en todo sentido, pero es inevitable dejarlos
ir. De aquí en más, y hasta julio, aquél que decida sacar la
pata del acelerador perderá el tren.
Otra vez, ponemos el despertador y ya no lo tocamos más. En
adelante, quedará fijo siempre en la misma hora. Las luces se
apagarán más temprano y el hogar volverá a la rutina nuestra
de cada día. Después de un primer día de clases inolvidable,
nuestros ninos se adaptarán a sus obligaciones. A su día a día.
A su nueva maestra, a su colegio, a sus companeros. Para ellos,
los cambios no son tan drásticos. Por algo dicen que los chicos
son más sabios que los adultos, se hacen menos problemas y saben
ocuparse sin pre-ocuparse innecesariamente.
Por nuestra parte, nos toca asumir lo propio y hacer un esfuerzo
por acompanarlos en su camino, pero sin interponernos. Y dejando
que sean ellos quienes tomen sus propias decisiones siempre
que los creamos capaces.
Marzo, listo y fuera. Y el ano comienza a correr. Otro más.
Diferente. Único. De nosotros depende ponernos en marcha. |