Pieles frescas.
Que despiden aroma a bronceador. Ambientes oscuros durante el
día para dejar afuera el agobiante calor. Y ventanas abiertas
y mosquiteros al pie del canón por las tardes. Fragancia a jazmín
y a pasto recién regado.
En los ninos, ojos rojos por el cloro. Y dolor de oído la mayoría
de las veces. Botiquines con alcohol boricado en todas sus versiones
y cremas para picaduras. Siestas de sombras, de dibujos y de
crucigramas. Películas. Y noches de asados y de ventiladores
prendidos. El repelente, que de tan usado quizás ya no cumpla
su función. Porque los mosquitos forjaron su inmunidad.
Escapadas de fin de semana. Ansiedad y mucha expectativa por
ver a los abuelos y a los primos. Grandes preparativos y un
auto cargado para un viaje de solamente dos días. Y regresamos
como nuevos, con arena en los trajes de bano y varias fotos
de familia.
Pasó Navidad. Pasó Ano Nuevo. Después de Reyes y, contra la
voluntad de los más pequenos, hay que guardar el pesebre, el
árbol y todas las lucecitas. Dentro de un ano volverán a ser
protagonistas.
Con los ánimos más tranquilos y las ansiedades saciadas, encaramos
un largo verano en casa. El desafío mayor: hacer que los chicos
no se aburran y aprovechen sus horas. La imaginación, por demás
solicitada; y la buena predisposición y la voluntad, indispensables.
Después, si Dios quiere y nuestros ahorros lo permiten, nos
iremos en familia. El destino no importa. Lo esencial es cambiar
de aire. Y volver frescos y renovados para encarar lo que se
viene: un ano más, lleno de trescientos sesenta y cinco días,
plagados de obligaciones y de nuevos desafíos. |