EDITORIAL: A paso de hombre  
  Entrar a Buenos Aires después de un fin de semana largo es toda una osadía. Es, también, un programa bien argentino: no creo que exista una sola persona nacida por estos pagos que nunca haya vivido semejante experiencia. No importan los esfuerzos que hagamos para evitar los embotellamientos, tarde o temprano sufrimos el privilegio de caer en sus garras. Y nos convertimos en víctimas de sus embrollos.

Andar a paso de hombre en una ruta cargada de autos es una excelente excusa para ver de qué está hecho el hombre. Bicicletas enganchadas detrás del baúl, sillas y sombrillas en los techos, valijas más modernas y otras atadas a la buena de Dios (que jamás contemplan la posibilidad de que un chaparrón moje su contenido en tan solo cinco minutos), cochecitos de bebes, tráilers con cuatriciclos... Y adentro, la jungla humana. De una variedad que divierte: familias tipo (padre, madre y dos hijos prolijamente sentados y con cinturón en el asiento trasero jugando al “veo veo”, por supuesto); una madre sola con tres hijos desaforados, asomados por la ventana intentando establecer comunicación con alguien de otro auto; una pareja, vidrios cerrados, un cigarrillo prendido y un perro que respira contra la ventanilla; mate, termo, bizcochitos y personas miles en un vehículo pensado para solamente cuatro; buzos, lonas, remeras y cuanto trapo exista convertidos en improvisadas cortinas para tapar el sol; pies descalzos sobre el tablero, de una copiloto que se lima las unas o que está en el séptimo sueno... Sin palabras.

Cargar gas es otra historia: filas interminables y familias enteras que se sientan tranquilamente sobre el pasto (porque la espera se convierte en parte del programa). Sea nafta o gas, encontrar un bano libre o llegar hasta el mostrador para comprar un sándwich se vuelven desafíos difíciles de consumar (si hay ninos pequenos y queremos evitar accidentes, es mejor optar por el pasto, cual animales). Y el peaje es un capítulo aparte. Interesante de contar, por cierto: los más impacientes y justicieros no dudan en tocar bocina (sin contemplar a quienes llevamos “angelitos” durmiendo). Lo más triste es que no se detienen hasta que alguien autorice levantar la barrera, porque se supone que la ley protege al consumidor...

Y así, después de que nos llevó ocho horas recorrer cuatrocientos kilómetros, Buenos Aires nos recibe con un atardecer anaranjado. Con filas de autos cansados, de semáforos siempre rojos y de barreras indefectiblemente cerradas. Salir de la ciudad fue, seguramente, una excusa para descansar y alejar el estrés de nuestra vida. Lo que nunca calculamos es la cuota extra que produce el regreso a casa. Pero, pase lo que pase, la experiencia valió la pena.

Rosario Lanusse
Directora
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