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| La noche anterior
era difícil dormir. Entre hermanos, nunca faltaba esa complicidad de saberse
juntos ante la espera. Y la expectativa generada con los preparativos
de los días previos nos salía por los poros. Todo estaba preparado para
el gran día: el uniforme, planchado; la mochila, repleta de cuadernos
recién forrados con papel arana; los zapatos, lustrados y las ganas de
empezar, a flor de piel. Más no podíamos pedir.
Esa manana, hasta el aire olía diferente. Y siempre hacía calor el primer día de clases. Éramos protagonistas pero también, espectadores. Entre la ansiedad y la excitación, absorbíamos cada detalle, sin perder uno solo. La clase nueva, los bancos, la bandera, las caras tan familiares de los maestros de anos anteriores, los amigos de siempre y los que estaban por comenzar a serlo, descubríamos novedades en escenarios ya conocidos, paredes recién pintadas, plantas recién plantadas y miles de carteles dándonos la bienvenida y alentándonos a comenzar un nuevo ano con ganas y alegría. Todo, todo entraba por los ojos y permanecía grabado en nosotros. Y la sensación de estreno duraba varias semanas, o quizás meses. Ser chico era lo más grande. Empezar las clases, era un hito que marcaba una nueva etapa y que se repetía ano tras ano sin perder nunca su encanto. Preparar a un hijo para su primer día es una excusa para revivir esas sensaciones e inflarnos de ansiedad de nuevo. Sentirnos protagonistas y testigos, esta vez con el valor agregado de los anos vividos. Y aspirar nuevamente cada detalle, sin perder ni uno, aunque sea por un día.
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