Para nuestros hijos son lo más grande que existe. Porque estando con
ellos la vida les resulta más relajada. Con ellos, traspasar un límite
no es complicado, porque siempre están en situación de juego. Y, sobre
todo cuando no estamos, son los encargados de hacer más divertida la
vida. Y de dejar cada vez más en evidencia quién es la que lleva los
pantalones cuando de marcar límites se trata.
Meterse en la cama grande y luchar... Comer mirando televisión o quedarse
levantado hasta tarde no son moneda rara si la “jefa” no está. Para
ellos, ir al súper con papá es lo más parecido a llegar a Disneylandia:
compran todo lo que está en oferta y, si piden, saben que van a ser
consentidos. Lo peor de la historia es que, de la lista elaborada a
conciencia, solamente vuelve un veinte por ciento del total (ojo, eso
no significa que el baúl no venga rebasando igual... Rebasa, pero de
cosas que no necesariamente forman parte de la pirámide nutricional,
por decirlo de alguna manera). Acto seguido entran en la cocina, revisan
todas las bolsas hasta dar con el objetivo: el copetín (aclaración aparte:
son las siete y media de la tarde y en un rato nomás hay que comer).
Para los chicos ese momento es sublime y su papá se convierte en lo
más parecido a Dios... Después de cortar el queso, preparar el salamín
y ensuciar una cocina que hasta hace cinco minutos brillaba y estaba
acomodada para alimentar a la crianza, encaran el bano. Porque son muy
serviciales, es verdad. Y a los chicos la idea de banarse con ellos
les encanta. Claro, si pueden dejar todo el bano inundado, tirar las
toallas al piso, no usar jabón y salir de la ducha luego de haberse
dado –literalmente hablando– un remojón.
!Qué mejor para ellos que un papá de buen humor, cómplice y siempre
dispuesto a arrancarle una sonrisa a mamá en esos días en los que el
aire se corta con tijera! Ese ambiente tan familiar, tan casero y tan
personal les genera confianza. Y los ayuda a moverse como peces en el
agua, desinhibidos y, por sobre todo, felices.
La naturaleza es sabia y por algo será que Dios nos hizo varón y mujer.
Tremendamente distintos, de temperamentos opuestos; pero tan complementarios
a la vez. Este mes nos toca malcriarlos a ellos, porque festejamos su
día. Para un hijo no hay nada más grande que un padre. Y para un padre
no hay nada más gozoso que ser honrado por sus hijos, y mejor aún cuando
lo hacemos porque es su día, el día de todos los padres.