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Texto: Gonzalo Lanusse
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Yerba
buena nunca muere
Los recitales que brindaron los Rolling Stones en el estadio Monumental
a fines de febrero demostraron que los anos, las canas y las arrugas
no siempre significan descanso o retiro. Ante un público apasionadamente
stone como pocos, el show que ofrecieron se sintió, y su música
sonó como en la época en la que tenían cuerpo y cara de adolescentes.

Una definición de diccionario de la palabra jubilación dice que
es el “momento en la vida de una persona en que cesa de trabajar
y comienza a percibir una pensión. El cese de la actividad laboral
o empresarial puede deberse a la edad o imposibilidad física del
trabajador. En la mayoría de los países, la edad de jubilación es
de 65 anos. Sin embargo, en los países más industrializados se tiende
cada vez más a anticipar la edad de jubilación.”
Pero parece ser que, como lo hicieron a lo largo de su carrera con
tantas otras reglas y esquemas de la sociedad contemporánea, los
Rolling Stones no se adaptan a esta definición. Porque los cuatro
integrantes actuales superan los sesenta anos y -si bien hay muchos
que se animan a afirmar, como tantas otras veces, que la banda está
cerca del retiro- la intensidad y el nivel de los shows de su gira
mundial “A bigger bang” pareciera confirmar la presunción de que,
mientras sigan vivos o disfrutando de sus facultades físicas y mentales,
ellos seguirán rodando. Para los ingleses Mick Jagger, Keith Richards,
Ron Wood y Charlie Watts es como si el tiempo y los anos no pasaran
o como si hubiesen adquirido la fórmula mágica de juventud eterna
que Oscar Wilde supo entregarle a su vanidoso Dorian Grey.
Más de cuarenta anos pasaron desde que Jagger y Richards aceptaran
la oferta de Brian Jones de conformar su propia banda, junto al
bajista Bill Wayman y al talentoso y ya maduro Watts, y así empezaran
a tocar covers de rythm & blues en el Marquee Club de Londres.
En 1964 salió su primer disco, titulado con el mismo nombre de la
banda y, desde entonces, su carrera de éxitos y escándalos fue en
constante crecimiento. Porque si los Beatles representaban la figura
de los “chicos buenos” del rock, los Stones se convirtieron por
excelencia en los “chicos malos”. Etiqueta que con gran habilidad
y mucho marketing, su joven representante de tan sólo 20 anos, Andrew
Loog Oldham, supo imprimirles.
Pero, más allá de su fama de rebeldes y controvertidos, lo que hizo
grande a los Rolling fue su música que, tal como sucedió con su
formación en estos cuarenta anos, fue sufriendo mutaciones. Después
de la misteriosa muerte de Jones en el ‘69 y de que Wayman decidiera
bajarse del agotador tren rodante en el ‘93, Jagger, Richards y
Watts son los únicos “sobrevivientes originales”. Y aunque Ron Wood
se haya sumado recién en el ‘75 como reemplazante del menos famoso
y duradero stone (Mick Taylor), los cuatro sexagenarios se ocupan
de mantener vivo el espíritu de sus comienzos, que ni los cambios,
los anos o las arrugas fueron capaces de amedrentar.
Un amor antiguo,
difícil e inolvidable
Como un viejo amor (intenso y apasionado, complicado y poco sano)
que -a pesar de mutar y transformarse con el paso del tiempo- su
esencia mantiene vivos el recuerdo y el sentimiento, lo mismo pasa
con la música de los Stones. A lo largo de cuatro décadas su música
cambió, es cierto, y ni hablar de la fisonomía de sus integrantes,
pero la esencia de su rock con raíces bluseras, de su ritmo y voces
entrecortadas, y de sus recitales imponentes y electrizantes sigue
siendo la misma. Y eso es lo que se ocuparon de demostrar en Buenos
Aires, cuando ante 75.000 personas cada día, el 21 y 23 de febrero
deslumbraron al que quizás sea su público más joven y apasionado.
Las setenta y cinco mil almas que saltaron, bailaron, cantaron,
transpiraron, se empaparon y se emocionaron en cada una de las funciones,
fue la más fiel y fervorosa respuesta que los ingleses pudieran
recibir. Y durante las dos horas de recital, los secuaces de sir
Mick Jagger, con temas tan viejos como “Get off my cloud” o tan
nuevos como “Rain fall down” (más apropiado imposible), se ocuparon
de devolverle a cada una de esas personas cada muestra de carino
y cada centavo de la jugosa entrada. Porque la entrega fue mutua,
y si el jueves no dejó de llover por un segundo, Jagger tampoco
paró de bailar y moverse por el escenario, mientras Richards imprimía
con su prodigiosa mano derecha los inconfundibles acordes de su
guitarra, acompanados y complementados por Ronnie Wood, por el bajo
de Darryl Jones y por la batería del gentleman Charlie Watts. Todo
mientras los más jóvenes y fanáticos saltaban sin parar, mojados
de pies a cabeza por la lluvia o la transpiración, y los de más
edad y los más tranquilos repetían las letras de las canciones desde
el fondo del campo o en las tribunas. Pero todos, los adolescentes
amantes de esa rebeldía originaria del planeta stone, los jóvenes
un poco más maduros y los adultos en companía de sus hijos, todos
se exaltaron con los temas más rockeros, se emocionaron con los
clásicos y a cada uno se le erizó la piel cuando sonó el primer
acorde de “Jumpin´ Jack Flash” o el último de “Satisfaction”. Porque,
en definitiva, lo que hicieron los Stones en Buenos Aires, fue mucho
más que tan sólo rock and roll.
Las fotos e ilustraciones de esta nota pertenecen a los cd´s de
música "Bridges to Babylon" y "Forty Licks",
al libro de Stephen Davis "Rolling Stones, Los Viejos Dioses
Nunca Mueren", y a la "Edición Especial, 40 anos de los
Rolling Stones" de la revista Rolling Stone, julio de 2002.
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