EDITORIAL: De Fiesta  
  En los pueblos, la iglesia está siempre frente a la plaza. Y, en la plaza están los juegos, los monumentos y algún kiosco. Generalmente, en los pueblos, todas las calles llevan a la plaza. Y, por decantación, a la iglesia, valga la redundancia. A una iglesia siempre atractiva y diferente, plagada de detalles, de colores y de llamativas imágenes y esculturas. A una iglesia que nunca perdió la costumbre de hacer sonar sus campanas para llamar a los fieles a las diferentes celebraciones. A una iglesia que, por sobre todo, siempre invita a entrar.
Pasar la Semana Santa en el campo y llegar al pueblo para los oficios religiosos era la forma más auténtica de vivir los días previos al domingo de Pascua. Quizás, porque en los pueblos la gente es más devota y uno siente desde el corazón que la fe sale por los poros. Quizás porque las senoras, siempre mayores y encargadas de dirigir cada ceremonia (y de marcar el ritmo en la vida de todos), nunca tenían vergüenza de ponerse frente a un micrófono y entonar cuanta canción se les ocurriera, sin importar la existencia o no de afinación alguna. Porque ellas sabían qué era lo realmente importante y cuál era el verdadero significado de nuestra presencia allí. Lo demás era meramente decorativo. Y esa era su ensenanza: la de la sencillez, la autenticidad y la transparencia. Ellas sabían vivir el recogimiento del Viernes Santo y de la fiesta de la Resurrección, luego de haberse preparado durante los días de Cuaresma.
Después de la representación del lavado de los pies, de la Última Cena o del Vía Crucis volvíamos más llenos, siempre sabiendo que regresaríamos al día siguiente. Y el domingo de Pascua era el más esperado. No por el hecho de los tradicionales huevitos (antes las costumbres eran más sencillas y no existían las excentricidades que hoy vemos en las vidrieras); sino por saber lo que venía: una fiesta con todas las letras. Todos, sin excepción alguna, venían emperifollados y perfumados hasta la médula. Ninos, grandes, paisanos y los infaltables scouts con sus uniformes recién lavados y planchados. Es que para la Fiesta más grande hay que estar mejor que nunca. Y ellos, desde su vida simple y casi virgen de superficialidades lo sabían mejor que nadie.
Rosario Lanusse
Directora
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